Emilio Martínez Navarro, Ética para el Desarrollo de los pueblos, Ed. Trotta, Madrid 2000, 223 pp.
Este es un libro escrito por un filósofo preocupado por las cuestiones éticas, que vive de cerca la problemática del Desarrollo de los pueblos. Se presenta en un estilo claro y directo, alejado del discurso oscuro al que es muy dada la discusión puramente académica. En mi opinión, el estilo del libro refleja la intención de fondo de salir del ámbito académicista en que ha estado recluido el profesional de la Ética. Esta opción implica el compromiso por “bajar” el lenguaje técnico de la filosofía al hombre no especialista pero comprometido con el problema del Desarrollo, para “elevar” su acción al nivel de la claridad racional. Es un libro recomendable especialmente para la persona comprometida con el Desarrollo de los pueblos, pues aclara los conceptos básicos que entraña esta realidad, sintetiza las cuestiones fundamentales que debe afrontar, y fundamenta una postura ética de actuación ante el problema.
El libro que presentamos deja traslucir unas influencias filosóficas directas, desde las que podemos reconstruir su marco filosófico. Algunas de las tradiciones filosóficas que le sirven de fuentes son: la tradición personalista, la fenomenológica, y la hermenéutica crítica. Sigue una determinada tradición personalista, aquella que tiene en su origen la tradición judeo-cristiana, cuya raíz fue recuperada posteriormente por Kant y traspuesta al orden racional, y que ha sido actualizada en nuestra época por la teoría de la acción comunicativa. De la tradición fenomenológica recoge la “vuelta a las cosas”, “la escucha de la realidad”; primero es la vida, luego la filosofía. Por eso escucha primero a los agentes del desarrollos, personas y organismos que ya tienen una moral, que ya tienen valoraciones y toman decisiones antes que surja una disciplina. De la hermenéutica crítica recoge el compromiso por “decir algo” que pueda ser orientativo de la acción, unido al esfuerzo que requiere el concepto, la delimitación de criterios, el descubrimiento de supuestos. De la hermenéutica crítica recoge también el ideal de la “humildad”, en el sentido de saberse en un “humus”, en un suelo que nos constituye, en una tradición que nos ha sido legada, y que sabe que todo pensamiento, si quiere ser creativo, debe partir del caudal de riqueza de su tradición.
El marco teórico referencial de su reflexión práctica es la Ética universalista, expresada en los términos de la Ética del discurso, pero, a la vez, recogiendo las aportaciones del liberalismo político y del comunitarismo, así como de la tradición ética hispana, fraguando en una postura personal propia. La tradición inmediata que sirve de horizonte y dirección de su planteamiento ético es la tradición socialdemócrata europea, que propone un modelo de sociedad más igualitario, solidario y equitativo, frente al individualismo posesivo.
El libro está dividido en ocho capítulos. El primero («La Ética para el Desarrollo como ética aplicada») está dedicado a aclarar los conceptos básicos relativos a la Ética. Sitúa la Ética para el Desarrollo (en adelante, EpD) como parte de la Ética aplicada, y señala las disciplinas que involucra la EpD: la Filosofía Moral, las Ciencias Sociales, la Filosofía, el Derecho, y la Religión.
En el capítulo segundo («Métodos y propuestas de la Ética para el Desarrollo») el autor apuesta por la “hermenéutica crítica” como método más apropiado para la EpD. Este método apuesta por un proceso circular, compuesto por 1) la ética discursiva como trasfondo, 2) las aportaciones de las diferentes tradiciones (utilitarismo, eudemonismo, kantismo), y 3) la articulación de los principios propios de cada actividad social (bienes internos y externos al Desarrollo de los pueblos; valores, principios y actitudes para promover esos bienes internos; ética cívica común; datos de la situación). Expone a continuación el modelo de Denis Goulet, el fundador, según Martínez Navarro, de la EpD.
El capítulo tercero («La noción de desarrollo y algunas de sus implicaciones éticas») afronta la cuestión de los fines del desarrollo, de las estrategias y de los agentes. En un primer momento, supera la noción de desarrollo como “crecimiento económico”, cambiándola por una noción más adecuada: “desarrollo social” o “desarrollo humano”. Su tesis es que el desarrollo depende, más que del crecimiento económico, de la distribución equitativa: «Nunca debe confundirse el desarrollo con el crecimiento económico; el desarrollo debe entenderse como un proceso multilineal en el que es obligado tener en cuenta el despliegue de las capacidades humanas de toda la población, la equitativa distribución de la riqueza socialmente producida y el respeto o restablecimiento del equilibrio ecológico.» (pg. 55).
Posteriormente, analiza las estrategias del Desarrollo. Defiende la integración de las tres posibilidades de actuación: 1) a nivel de comunidades locales, 2) de Estado-nación, 3) y de sistema-mundo. Para no incurrir en paternalismos, manipulaciones o desprecios, apuesta por un modelo de planificación en el que intervengan todos los agentes (expertos y planificadores, gobernantes y responsables políticos, intelectuales, ciudadanos de países ricos, y ciudadanos de países pobres), con especial atención a la participación efectiva de los destinatarios últimos y a las expectativas legítimas de las generaciones venideras.
En tercer lugar, expone las metas y objetivos de la EpD. Cuatro son las metas que debe perseguir: bienestar, seguridad, libertad e identidad. Cada una de estas metas (o “bienes internos” de la tarea del Desarrollo) tienen cuatro niveles: nivel personal, social, mundial, y ecológico. Los siguientes cuatro capítulos están dedicados al análisis de cada uno de estos objetivos.
El capítulo cuarto («Desarrollo económico como parte del desarrollo») analiza el objetivo del “bienestar” como bien interno al Desarrollo. En primer lugar, somete al concepto de “bienestar” a una profunda revisión, distinguiéndolo de “felicidad” y de “necesidad básica”; distingue “necesidad” de “deseo”. Esta distinción le sirve para criticar a la corriente neoliberal que, sirviéndose de la crisis del Estado de bienestar, pretende negar el derecho a satisfacción de las necesidades básicas. Una cosa es, pues, la “exigencia del bienestar” y otra las “exigencias de justicia”. Una vez subrayada la prioridad ética y política de las necesidades básicas, se plantea el problema de hacer un listado de tales necesidades. La dificultad principal de esta tarea es que muchas “necesidades básicas” se satisfacen a través de mediaciones culturales establecidas por pautas condicionadas por el clima, creencias, ideologías. El principal problema de Occidente, o Norte rico, es, según el autor, nuestra forma consumista de vida, y analiza con cierto detalle la base de esta forma de vida: la propaganda comercial o, en otra terminología, “industria cultural”, que consiste en fomentar los deseos. De ahí surge la formulación del principio ético: «Sólo puede haber desarrollo humano sostenible para todos en la medida en que vayamos cambiando la mentalidad que identifica las necesidades básicas con “poseer y consumir” y la sustituyamos por una nueva mentalidad en la que signifiquen sobre todo “relacionarse y compartir”». (pg. 74).
Después de este análisis, aplica el objetivo de las “necesidades básicas” al nivel personal, social, mundial y ecológico del Desarrollo. El bien interno del Desarrollo personal es la “integridad personal”, que consiste en una madurez moral que consta de dos polos: 1) sentido de justicia, y 2) interiorización de un proyecto concreto de vida buena. «Sin personas moralmente desarrolladas, íntegras, altas de moral, no puede haber ningún otro tipo de desarrollo. Esto significa que la educación moral es en gran medida la clave de todos los procesos de desarrollo. (...) En este entido, todas las tareas del desarrollo han de tomar en serio la vertiente educativa de su labor» (pg. 83).
La meta del Desarrollo social es “una sociedad justa”. Pero la cuestión, según el autor, no es tanto el “crecimiento económico” como la “equidad”. “Crecimiento económico” no implica necesariamente la distribución de la riqueza, y, además, existe el límite del agotamiento de los recursos naturales. La clave de la “sociedad justa” está, pues, en los criterios adecuados para alcanzar la equidad. Según el autor, los criterios deben surgir de las siguientes pautas: 1) marco del diálogo argumentativo; 2) teorías contemporáneas sobre la equidad (Rawls, Walzer, Barry); 3) consideración de unos criterios mínimos de justicia (Derechos Humanos); 4) conservar lo mejor de las tradiciones autóctonas de justicia distributiva.
La finalidad del Desarrollo mundial es el “desarrollo global”, mediante la superación de la desigualdad. Lo que impide que se alcance esta meta es un doble fenómeno: 1) estructuras injustas en las relaciones internacionales, y 2) estructuras de exclusión en el interior de los países desarrollados económicamente. En cuanto al Desarrollo de la naturaleza, la meta es un “desarrollo ecoglobal”. El punto de partida es la crisis ecológica, y las áreas de actuación prioritarias son: cambio climático, agujero de la capa de ozono, y la pérdida de la biodiversidad.
En el capítulo quinto («El desarrollo como superación de la inseguridad») elabora los objetivos del Desarrollo desde la noción de “seguridad”. En el nivel personal, el bien interno es la “No-violencia”, la resolución de conflictos sin violencia. No obstante, Martínez Navarro sostiene que «está justificado hacer uso de ella (la violencia) para evitar males mayores.»; sin embargo, «hay que contar con que la espiral de la violencia puede ser muy difícil de detener.» (pg. 197). A nivel social, el bien interno del desarrollo es la “cooperación social”. Expone el autor este concepto siguiendo la teoría de Rawls. En este sentido, la base del desarrollo social reside en una estructura social cada vez más justa, puesto que la mejor prevención de la violencia es organizar la convivencia para evitar la exclusión. Y una parte importante de esa estructura social es el correcto funcionamiento de las instituciones (Estado, empresas, sindicados, organizaciones cívicas, iglesias, universidades).
A nivel mundial, la meta del Desarrollo como seguridad es la paz justa. El punto de partida es que la guerra está omnipresente a nivel mundial. A continuación analiza el autor las aportaciones más relevantes llevadas a cabo en las investigaciones sobre la Paz. Y concluye que el desarrollo a nivel mundial implica una seguridad internacional basada en la justicia global como “convivencia justa”, que tenga en cuenta las diferencias legítimas entre países, grupos socio-culturales, géneros personas individuales, pero elimine al mismo tiempo las desigualdades injustas y las prácticas bélicas y violentas mediante nuevos mecanismos de resolución de conflictos. A nivel ecológico, la seguridad implica dos ámbitos: uno preventivo (evitación de nuevos daños) y otro de reparación (recomponer el equilibrio ecológico).
En el capítulo sexto («La libertad como desarrollo y el desarrollo como libertad») sostiene que el compromiso por la libertad constituye una meta del desarrollo. A nivel personal implica un compromiso con la libertad en todas sus dimensiones. Primero, la libertad como estructura antropobiológica, siguiendo a Aranguren (“moral como estructura”) o Diego Gracia (“protomoral”). Segundo, la libertad como participación; la “libertad de los antiguos”, según Constant. Tercero, libertad como independencia ; la “libertad de los modernos”, según Constant. Cuarto, libertad como autonomía, según la tradición de Kant. Con esta noción de libertad (libertad compleja) Martínez Navarro recoge la aportación de la crítica de los comunitaristas al “individualismo posesivo” de la corriente liberal, y, a la vez, pretende superar la crítica comunitarista. En conclusión, opta por el liberalismo político, un concepto de libertad que va más allá del individualismo posesivo.
En cuanto al Desarrollo social, la libertad implica el compromiso por la “democracia”. No obstante, el autor señala que no todo régimen es democrático por tener ese nombre, sino que debe cumplir unas características éticas; es decir, es preferible aquel régimen que reconoce la igualdad intrínseca, la autonomía personal y el desarrollo de la equidad. Seguidamente, expone los criterios éticos que justifican la democracia: participación efectiva, igualdad de votos en la etapa decisoria, comprensión esclarecida, control de programa de acción, criterio de inclusión.
A nivel mundial, el Desarrollo implica “solidaridad”, como exigencia de justicia universal. Los medios para realizar la solidaridad universal los proporciona la Ayuda internacional (Ayuda Humanitaria de Emergencia y Cooperación al desarrollo). En el nivel ecológico, la responsabilidad ecológica es una meta del desarrollo. Esto implica previsión del impacto ecológico de las decisiones; establecer prioridades ante el conflicto entre necesidades y deterioro ecológico; y una urgente reforma del sistema de comercio mundial.
En el capítulo séptimo («Bienes internos en el desarrollo de la identidad») el punto de partida es la preservación de la identidad cultural como uno de los bienes internos en las tareas del Desarrollo. A nivel personal, parte de un dato universal: que toda persona nace y se socializa en un determinado grupo. Las diferencias culturas son afrontadas desde una perspectiva intercultural. Y opta, como bien interno de la identidad personal, por el etnodesarrollo o integración plena en la propia cultura, siempre que se entienda como un proceso consciente, abierto, dinámico y revisable. Esta apuesta implica el compromiso por hacer frente a la alienación cultural.
A nivel social, frente a los patrones de desarrollo colonialistas que han primado el último medio siglo, la meta del Desarrollo debe ser la autoconfianza. A nivel mundial, es necesario un Nuevo Modelo de Desarrollo, que apueste por la preservación de la diversidad, frente a la homogeneización o uniformización, entendido en términos occidentalizantes. Pero no se trata tanto de mantener a toda costa una mística y estática identidad cultural, cuanto de reforzar el poder y la autoconfianza de las comunidades dotándose de medios, con tal de que el control de dichos medios esté en manos de la correspondiente comunidad. A nivel ecológico, el objetivo es recuperar y aplicar la sabiduría ecológica acumulada en las tradiciones de los pueblos. Esta sabiduría constituye un “patrimonio” de la humanidad, que varios siglos de colonialismo ha eliminado.
En el capítulo octavo («Actitudes éticas en las tareas del desarrollo») expone, en primer lugar, las actitudes éticas de personas e instituciones ligadas a los Estados. Sintetiza en un cuadro las actitudes éticas que corresponde a cada agente (políticos, funcionarios, ciudadanos del norte, ciudadanos del sur), y analiza con más detalle algunas actitudes como: solidaridad compasiva, disponibilidad al diálogo, esfuerzo de adaptación a la mentalidad, convicción responsable, visión a largo plazo, transparencia y rendición de cuentas, coherencia, gestión eficaz, excelencia profesional, consumo justo, exigencia política, pago de impuestos. En segundo lugar, expone las actitudes éticas para personas e instituciones de la sociedad civil (organismos en la órbita del mercado, movimientos sociales y otras instituciones).
En definitiva, se trata de un libro que presenta de forma sintética las grandes cuestión del Desarrollo de los pueblos. Esto, junto con su estilo claro y no academicista, constituye el gran valor del libro. No obstante, no deja de suscitarme una pregunta: el grueso del análisis que el autor lleva a cabo en el libro ¿no va dirigido casi en su mayor parte al enjuiciamiento crítico de la realidad, y no tanto a la aplicación de los principios éticos? ¿Al hombre que está ya comprometido en el Desarrollo de los pueblos no le quedará todavía oscura la posibilidad de aplicación a la realidad concreta? Es cierto que la “Ética aplicada” debe alejarse tanto de la pura reflexión especulativa, como del “manual de recetas”, pero ¿queda resuelto el problema de ese “justo intermedio” entre ambas posturas?
Para alcanzar el objetivo que, en mi opinión, se ha propuesto el autor en este libro, las siguientes publicaciones relativas a esta temática deberían seguir tres líneas: primero, la profundización en aquellas cuestiones que, si bien quedan apuntadas e integradas en una síntesis, requieren de mayor desarrollo; así, por ejemplo, la relación institución/individuo, la relación justicia/convicción, etc. Segundo, pasar, más allá de la aclaración de conceptos y de la fundamentación ética, a un mayor nivel de aplicación. Y tercero, se necesitan también libros divulgativos que acerquen esta problemática a aquellas personas que no trabajan a fondo a nivel de movimientos sociales, ni a nivel político, pero sí son simpatizantes de esta tarea y, en el fondo, necesitan que se les acerque esta realidad. Es decir, no sólo pueden hacer un gran bien aquellas personas que están comprometidas en cuerpo y alma en la tarea del Desarrollo, sino también aquellas otras, que constituyen la gran masa social, que pueden colaborar en la medida de sus posibilidades (por ejemplo, en un consumo justo) con la condición de que previamente tengan conciencia de lo que está en juego. En suma, pues, las publicaciones de la EpD debería ir encaminada a la investigación especializada, la aplicación efectiva, y la concienciación social.
JOSÉ PENALVA BUITRAGO