LA CONSOLACIÓN DE LA FILOSOFÍA
“Filosofía en el hiper”. Lou Marinoff. Más Platón y menos Prozac (Barcelona, 2001, 9ª ed.), por J. Biedma.
Profesores como el noruego Jostein Gaarder o el norteamericano Lou Marinoff han conseguido devolver la filosofía al mercado. A favor de sus obras, pueden recordar el hecho de que fue en el mercado donde la filosofía nació, del comprometedor preguntar de Sócrates, aunque el siglo XIX la acabase confinando en las torres de marfil de las academias o en un ala esotérica de las universidades.
Jostein Gaarder consiguió empaquetar la historia de la filosofía en un didáctico relato para adolescentes con su archifamoso El Mundo de Sofía. Lou Marinoff, profesor del departamento del City College de Nueva York, recupera la filosofía para la orientación de la vida cotidiana, reinterpretándola prácticamente como una terapéutica de patologías individuales y sociales. Marinoff ha fundado la APPA (American Philosophical Practitioners Association), que opera a lo largo y ancho de los Estados Unidos y que ya se extiende también por otros países, con el objetivo de formar a asesores filosóficos, especializados en resolver los conflictos de su clientela. Sabe que entra en competencia con psicólogos y psiquiatras, asesores matrimoniales, escritores de manuales de autoayuda, médicos de cabecera y pastores religiosos. Pretende triunfar donde ésos fracasan. Y ofrece diálogo constructivo, en sustitución de los antidepresivos de moda (como el prozac), la teletienda, la culpa o el victimismo, la dependencia y el escapismo, la pedantería clínica y la superstición.
El asesor filosófico no ve en la persona perpleja, angustiada o desesperada un potencial enfermo mental (“la vida no es una enfermedad”) ni a un pecador, sino a alguien capaz de usar por sí mismo las herramientas filosóficas: la lógica y el análisis sereno de los problemas, para aclarar los problemas vitales y tomar decisiones correctas. Marinoff se dirige a gentes con la vida económica solucionada, gentes a las que sin embargo amarga un cáncer de mama, un conflicto matrimonial, la muerte de un ser querido o una vida sin propósito aparente... gentes a quienes embrutece su propia opulencia, tal vez porque nuestra evolución natural nos ha hecho necesarios también el obstáculo y el sufrimiento para poder experimentar auténtico placer o satisfacción:
“Es peligroso poseer todo lo que se necesita (e incluso es más peligroso poseer todo cuanto se desea). Si su meta son los bienes materiales y ya dispone de todos ellos, el sentimiento de no tener más montañas que escalar es desesperante. Dicen que Alejandro Magno lloró por no tener más mundos que conquistar” (295).
Sentir que la vida carece de sentido es, por supuesto, un lujo. Los existencialistas dieron un toque romántico y una escenografía comm’il faut a la muerte de Dios, haraganeando en los cafés de la rive gauche. Reconocer la superfluidad de la alta especulación puede hacernos más tolerantes y ayudarnos a recuperar la conexión con el mundo natural, donde hay que luchar a muerte para mantenerse vivo y caliente, o impulsarnos a ayudar a los demás, que es una forma extraordinaria de ayudarse a sí mismo (pg. 297), pues somos animales sociales y el yo se nutre del efecto de nuestro cuerpo en los demás. Incluso si Dios no existe, podemos otorgar significado a nuestros actos y dar propósitos enriquecedores a nuestra existencia. “Son pocas las personas que aprecian la vida como se debe” (303).
La filosofía no tiene por qué resultar intimidante, aburrida, inútil o incomprensible. Además, la tradición filosófica ofrece un legado de ideas y directrices que cabe aprovechar personalmente. Pero “no es preciso que se haya doctorado en filosofía para tener experiencias y pensar por sí mismo. Las personas que no hacen más que citar a otros o que tratan de impresionar a los demás con su erudición, no han comprendido lo que es un debate” (330).
“En la mayor parte de los casos, la infelicidad personal, los conflictos de grupo, la descortesía imperante, la promiscuidad descarada, las olas de crímenes y las orgías de violencia no son producto de una sociedad mentalmente enferma, sino de un sistema que (al carecer de un gobierno visionario y de la virtud filosófica) ha permitido e incluso fomentado que la sociedad terminara padeciendo un trastorno moral” (pg 39).
El autor señala que la psicología y la filosofía se necesitan mutuamente:
“Cualquier filosofía de la humanidad estaría incompleta sin un punto de vista psicológico. La psicología, a su vez, fracasa cuando está desprovista de un punto de vista filosófico, y ambas disciplinas no han hecho sino empobrecerse como resultado de su bifurcación.”
Asimismo, es muy interesante la defensa que hace Marinoff de la filosofía educacional, en contra del pedagogismo formalista o el psicologismo clínico (cómplice de los intereses de las industrias químicas y farmacéuticas por extender la dependencia de sus productos):
“¿Por qué hay niños normales, sanos, curiosos (y a veces revoltosos) que tienen dificultades para prestar atención en clase)? El TFAH (Trastorno de falta de atención por hiperactividad) es tan sólo una posibilidad. También podría deberse a la falta de motivación o de disciplina, a que no tengan que estudiar en casa, a que no se les exija un nivel razonable de aprendizaje, a que no pasan exámenes para evaluar sus conocimientos, a la incompetencia de los maestros y a la indiferencia de los padres. Podría deberse a que los mínimos obligatorios se han sustituido por eslóganes estúpidos, y a que no haya ninguna autoridad moral en casa ni en el colegio que inculque las virtudes en estos niños. El sistema educativo se ha transformado y ha pasado de ser un camino de aprendizaje a un campo abonado para la estulticia, con la psicología y la psiquiatría como cómplices bien dispuestos. Estos mismos cómplices también se han infiltrado en el sistema judicial, en la esfera militar y en el gobierno. ¿Acaso debe sorprendernos que las personas vuelvan a echar mano de la filosofía?” (pg. 51).
A pesar de su orientación universalista, la visión crítica respecto de la sociedad americana puede espigarse en las páginas de este libro en alusiones contundentes: “En este momento, los estadounidenses están llevando a cabo el experimento de Rousseau: nos hemos incivilizado por completo. ¿Eso hace a la gente mejor?” (201). “Platón creía firmemente que la educación ética era indispensable para obtener un comportamiento moral. Hacía hincapié en que la capacidad de pensar con actitud crítica (en sus tiempos, esto aludía a la geometría euclidiana) era un requisito previo de todo razonamiento moral... Si Platón tuviera que juzgar el sistema educativo estadounidense contemporáneo en su conjunto, lo encontraría éticamente empobrecido y moralmente fallido” (241).
Si la filosofía no cura a las personas de sus males, puede ofrecerles un lúcido y digno consuelo y, por lo menos, no les intoxica con drogas ni los cosifica bajo la etiqueta de un síndrome clínico. Con Maquiavelo, es preciso reconocer que de Fortuna dependen mucho nuestros actos, pero que la misma diosa nos permite poder controlar la otra mitad. La mente no es ni una máquina ni una madeja física de reacciones condicionadas. Marinoff saca provecho (como J. A. Marina) de la antigua Oración de la Serenidad: dame, Dios mío, serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, coraje para modificar las que sí puedo, y sabiduría para discernir entre unas y otras.
Lou Marinoff ha definido un método aplicado para el uso práctico de la filosofía con el acrónimo PEACE: problema, emoción, análisis, contemplación y equilibrio. El término es adecuado porque se trata de alcanzar un estado de paz duradero, libre de culpa, remordimientos, drogas o fármacos.
El humanismo es útil para conservar la dignidad mientras llegan o nos gobiernan los bárbaros. Su fórmula, de probado éxito: recetas fáciles para aplicar y ejercitarse en un egoísmo constructivo y lúcido, que nazca de un inteligente amor propio y no de la vanidad, no del egocentrismo o el narcisismo, que son destructivos. Para mantenernos en equilibrio vale una síntesis ecléctica que combine fórmulas budistas con la fuerza moral del héroe Arjuna, la resignación de Marco Aurelio y el realismo de Hobbes con el juego especular que nos ofrece el Yijing (o Libro de las mutaciones). Así, por citar un caso, el Zen nos enseña que el trabajo rutinario es un valor en y por sí mismo, pues cualquier tarea que uno haga con sumo cuidado puede ser una poderosa forma de meditación. Ningún trabajo es servil porque lo que hacemos no es lo que somos.
El eticismo helenístico en sus metamorfosis contemporáneas o postmodernas ha comenzado. Una última palabra de Marinoff: “El vivir bien (es decir, vivir con atención, con nobleza, con virtud, con alegría y con amor) depende tanto de nuestra filosofía como de nuestro modo de aplicarla a todo lo demás. Una vida examinada es una vida mejor, y le aseguro que está a su alcance. ¡Deje el Prozac y pruebe con Platón!”.
Descendemos del etéreo reino de las teorías hacia la trivialidad cotidiana y necesaria, tan cotidiana y necesaria como nuestro deseo de felicidad. La nuestra –escribe Pascal Bruckner- “es la primera sociedad que ha hecho a la gente infeliz por ser feliz” (La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz, Tusquets, 2001). La obligación de ser feliz empiedra las calles de angustiados, de desdichados. Pero la felicidad es más bien un “arte de lo indirecto”, no se puede comprar, no es sólo poder, dinero y sexo... Como intuyó Aristóteles o afirmaron los cristianos, es también una suerte y una gracia.
En cualquier caso, frente a la obligación de ser feliz habrá que reivindicar la libertad de ser feliz, de hacerse encontradizo con la felicidad[1].
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[1] Otras obras sobre el mismo tema de reciente publicación: El mito de Ícaro: Tratado de la desesperanza y de la felicidad. André Comte-Sponville. Antonio Machado, 2001. La felicidad desesperadamente. Del mismo autor, Paidós, 2001. Las consolaciones de la filosofía. Alain de Botton, Taurus, 2001. Nuestra felicidad, Luis Rojas Marcos, Espasa, 2000. El contenido de la felicidad. Fernano Savater, Punto de Lectura, 2000. De la felicidad. Agustín García Calvo, Lucina, 2000.