EDITORIAL


 
Sócrates sigue importunando por las calles y callejas de la aldea global. El zumbido impertinente de su opinar fundado salta por Internet. Como tábano que es, suele molestar a los bueyes de la administración, esos mismos que si supieran dibujar pintarían a sus dioses con cara de buey y careto reglamentario.
"¿Quién se creerá éste que es?" -se preguntan las moscardas, y apenas murmuran sus reproches a la vez, vuelven a la teta fértil por perpetuar su Estado o por mantener prietas las filas del rebaño. Allí se entretienen haciendo méritos y jugando con barbarismos inútiles. Les importa sobre todo el lenguaje por no quedarse solos.
A veces convocan a Sócrates a la plaza pública y allí le exhiben junto a una puta y a un mangante, como si fuera un lujo o un fauno... un abducido, eso, un viajero astral parece Sócrates, desaliñado, ensimismado y huraño. -"Aquí madama, aquí el vidente, aquí el filósofo".
¿No se muestra torpe y balbuceante, feo, enrevesado y hasta iracundo este Sócrates mediático? ¡Pobre sileno! Las cámaras le desfiguran más que sus ojos saltones de bibliófilo, los labios parecen gruesos de lascivia, la nariz chata de beodo. Las cámaras no reconocen su 'deus absconditus' pero sí las refinadas perversidades que mantiene a raya, las pérfidas inclinaciones de su corazón intacto. Cuando parece un buen animal, resulta un mal civil: un animal enfermizo, cuando pacífico ciudadano. A todo esto, el público aplaude cuando se lo ordenan al son del lema mediocrático: "Todas las opiniones valen lo mismo, ninguna opinión de verdad importa un rábano".
Sócrates frunce el entrecejo; le hiere íntimamente ese desprecio por los rábanos que los demás, por lo demás, sólo conocen por las hojas. Ya no afecta modestia porque usa máscara. Se disfraza de ácrata mendicante para gritar contra el Poder y el Dinero en mitad de la plaza del Becerro Dorado. Huye del establo nacional y reconoce que lo propio del pueblo soberano -como dijo un bandolero catalán- es no tener patria.
Sócrates se viste de materialista mientras vigila y organiza que la filosofía se haga pura luz, pura formalidad informática. Anda a gusto entre jóvenes y adolescentes, cuchicheando. Allí donde los demás temen, desdeñan o maldicen la oscuridad, él enciende una vela mientras adivina un hermoso futuro que, ¡ay!, tal vez ya no será el suyo. Pero él no cree que sus tiempos fueran otros, por eso como el eleata exclama: "todo el tiempo es este tiempo mío".
Pero Sócrates se jubila a destiempo, quiere seguir en sus labores de esperanzas, reclama honores cuando los demás humillaciones, lengua universal cuando los demás Babel, y muere sin morir por fin cuando todo el mundo tiembla y calla. Habla con jovenzuelas de lo que a nadie urge y a todos importa, de la amistad, del valor, de la belleza, de lo difícil que resulta cercar con palabras el objeto de nuestro amor, de la caza...
Como de paso y distraído, para relajarse y purificarse arremete contra el bable y el euskera. Llama necio al necio y ejecución sumaria al suicidio del idiota; o sea, Sócrates llama al agua vino y al vino, agua. Opina así contracorriente, entusiasmado por Dionisio, y vela mientras duermen los demás. A veces, incluso en pleno día, sueña, en paz con su conciencia, que la musa Erato le canta.
En realidad Sócrates no nada ni nadea para nada, más bien embiste afirmándose en su fuerte ethos con sus patas de cabra, ¿o son de negro toro?... pues procesar procesa o hace procesar admirables y olvidados textos sobre la idea de España, de Fernán Pérez de Oliva, de Ángel Ganivet, de Manuel García Morente. Clama que la historia de la filosofía moderna no hubiera sido posible sin el imperial español ni sin el latín del imperio cristiano, que la historia de la filosofía no es de "ciencias" ni de "letras", sino de una cosa y de la otra: morada en que algunos quieren habitar decente y críticamente, y otros pacer roncando. Y por fin afirma -¡vaya misterio!- que la Ética es filosofía moral, filosofía práctica, formación del carácter, arte de prudencia, y no tiene nada que ver con la urbanidad de psicopedagogos y exmarxistas colegialas del niño jesús de Praga.
Y ahora la última, la más escandalosa metamorfosis del hijo de la comadrona... Es tremendo tener que advertir que Sócrates se ha travestido de papa. De tal guisa nos recuerda el valor de la filosofía, el interés de la intelectualizada espiritualidad medieval, la posibilidad de la armonía entre razones y creencias, el aliento universalizador de la razón, lo que de común descubrió la lechuza de Minerva en el largo vuelo occidental de la noche oscura del alma.
Habrá sofistas y politicastros que se rasguen las enaguas mascullando que un papa al admitir el principio de no-contradicción como verdad universal ni es papa ni es nada. Pero he aquí que Juan Pablo II ha puesto su flamante encíclica Fides et Ratio bajo el mismo dictado "pagano" que Sócrates puso su cháchara: "Conócete a ti mismo".
¿Habrá inteligencia que no reclame la herencia socrática? Incluso la de Galileo -a quien cita- reclama el papa. De nada parece haber servido que el tribunal de la historia concediera la primogenitura a un soñador de razones, a un razonador de sueños, a un visionario de la ciudad insoleada que desdeñaba hablar de dios porque "descubrir al hacedor y padre de este universo es difícil, pero... comunicárselo a todos es imposible" (Timeo, 28c).
Congratulémonos y abracémonos virtualmente, amad@s herman@s: Sócrates sigue vivo, su picadura infecta, su silbido arrastra, su impostura molesta, su fe en la educación exalta: saber qué hacer con el saber es lo que importa... ¡Lástima de malvados!, ni siquiera pueden serlo auténticamente, no son más que ignorantes vanidosos o esclavos de su gana.


Asociación Andaluza de Filosofía.