EL RECHAZO DE DAVID HUME EN INGLATERRA
Rosa Mª Rodriguez Ladreda*
ABSTRACT
En contra del tópico generalizado de que el empirismo es la filosofía inglesa por excelencia, este trabajo trae a la memoria las circunstancias adversas y la incomprensión que encontró en Inglaterra el pensador escocés David Hume. El que, sin duda, fue el principal exponente del empirismo inglés, no consiguió, aunque lo intentó en dos ocasiones, una plaza de profesor en su país y sólo el apoyo de los ilustrados franceses le dio ánimos para seguir. Conviene en este sentido valorar el papel que respecto del reconocimiento e influencia del pensamiento de D. Hume tuvieron tres figuras muy importantes de su tiempo, T. Reid, E. Kant e I. Newton. Es preciso reconocer que, de los tres, sólo el pensador alemán comprendió y efectuó una crítica de la altura que Hume se merecía. Su consideración sería vital para el reconocimiento filosófico de Hume. La influencia de la filosofía de T. Reid y sus seguidores, por el contrario, sería nefasta para la aceptación de la filosofía de Hume en Inglaterra. En último término, puestos a considerar la influencia de Hume en su propio país, es ineludible sopesar la influencia paradójica del pensamiento de Newton en Hume, y el antagonismo subyacente a las posiciones de ambos.
I
En efecto, existen abundantes argumentos y datos históricos que avalan el tópico. La filosofía empirista constituye un pensamiento que se ha gestado en la modernidad europea, en estrecha relación con la ciencia y con la práctica experimental, es decir, con lo que ha venido a denominarse método empírico. La Modernidad en Inglaterra nos deja tres legados fundamentales para entender el mundo contemporáneo, a saber, la Mecánica newtoniana, el liberalismo económico y la filosofía empirista. Es en estos dos últimos campos donde tenemos las notables figuras de dos ilustrados escoceses, Adam Smith y David Hume.
El pensamiento empirista de los siglos XVII y XVIII, aunque recibe un apoyo fundamental del método experimental de la ciencia de la época, en particular de los Principia de Newton, no se restringe a ese tema sino que amplía sus reflexiones a los ámbitos de la antropología, la moral, la sociedad y la política.
Habitualmente se asocia el Empirismo a la cultura anglosajona, se considera como la expresión más característica de la filosofía inglesa, de modo que Empirismo y filosofía inglesa llegan a confundirse, del mismo modo que se suele asociar el racionalismo a la filosofía francesa y el idealismo a la filosofía alemana del XIX. Sin duda, se trata de tópicos que, como tales, contienen parte de verdad y parte de deformación.
A favor del tópico viene a concurrir el hecho de que el Empirismo, ligado a la cultura anglosajona, es una tradición filosófica que hunde sus raíces en la edad media en Inglaterra. Si seguimos siglo a siglo las figuras que jalonan la historia de la filosofía empirista europea hasta el presente comprobamos que desde el siglo XIV, cuando se inicia el Nominalismo representado por G. d'Ockham, o incluso antes, desde la llegada de los franciscanos a Oxford, con el escocés J. Duns Escoto, podemos seguir hasta la actualidad el rastro de pensadores, todos ingleses, a los que cabe colocar bajo el rótulo de empiristas, aunque existan diferencias, a veces notables, entre sus teorías, pues todos prestan, desde una u otra óptica, una especial atención a la inducción y al papel de la experiencia sensible en el conocimiento en general.
En los siglos XVI, XVII y XVIII, respectivamente, encontramos las formulaciones clásicas del empirismo inglés en filósofos como Bacon, Locke, Berkeley y Hume, pese a que existen importantes diferencias entre sus teorías.
En sus variantes logicista y utilitarista el empirismo recibe un empujón en el XIX por pensadores como Jeremy Bentham y J. S. Mill.
La tradición empirista ya en nuestro siglo forma una gruesa corriente de pensamiento, de enorme trascendencia, que bajo el nombre de empirismo lógico aglutina un abanico de pensadores que desborda el ámbito estrictamente nacional, pues surgió en torno al Círculo de Viena pero estuvo muy vinculada al pensador inglés B. Russell y a Wittgenstein, quien tuvo una fuerte relación con Russell y con las Universidades inglesas, siendo estudiante en Manchester y en Cambridge con Russell y, posteriormente, profesor en Cambridge, ocupando como titular la cátedra de G. E. Moore en 1939 hasta que en 1947 renunció a ella. Esta corriente que ha ido aglutinando a un nutrido grupo de intelectuales europeos y americanos tuvo también momentos puntuales de esplendor en la filosofía analítica de la Escuela de Cambridge y en la filosofía del lenguaje ordinario desarrollada por el grupo de Oxford.
Pese a que estos datos vienen a apoyar el tópico de que el empirismo es la filosofía inglesa por excelencia, sin embargo, el empirismo no ha sido la única filosofía inglesa e, incluso, el desarrollo de las ideas empiristas no estuvo exento de conflictos y polémicas, ideológicas o sociales.
La tradición platónica e idealista en Inglaterra tuvo también mucha fuerza, especialmente, en los siglos XVII, XVIII y XIX. La Escuela platónica de Cambridge tuvo en el siglo XVII notables representantes, contra los que atacó J.Locke, entre los cuales cabe citar a Nathaniel Culverwel, Richard Cumberland, John Smith, Ralph Cudworth y Henry More. Esta Escuela estuvo en el centro de la polémica filosófica de los siglos XVII y XVIII, en los temas del deismo, el antimaterialismo de Clarke, la moral del sentimiento de Shaftesbury.
Los puritanos de esta Escuela influyeron, a su vez, en la filosofía de Nueva Inglaterra y proporcionaron la base intelectual del espíritu filosófico puritano en Norteamérica.
David Hume, el pensador empirista de más trascendencia tanto fuera como dentro de Inglaterra, fue recibido en su país, primero, con indiferencia y, luego, suscitó tal polémica que la Escuela escocesa del sentido común y el movimiento idealista posterior surgieron casi como reacción en contra de su filosofía.1 Personajes como Thomas Reid (1710-1796), filósofo escocés iniciador de la llamada "Escuela escocesa" del sentido común o su seguidor James Beattie (1735-1803) desarrollaron dicha filosofía casi como respuesta al escepticismo de Hume, y su notoriedad y trascendencia parece haber consistido en oponerse y criticar con dureza el Treatise of Human Nature de Hume.
En la Universidad de Oxford se desarrolla en el siglo XIX un pensamiento neoidealista de fuerte influencia hegeliana. Entre sus principales exponentes cabe citar a Samuel Tylor Coleridge, poeta idealista, John Grote, F. Ferrier, James Hutchison Stirling, John Caird y Edward Caird. Thomas Hill Green, profesor de filosofía moral en Oxford desde 1878 hasta 1882 en su Introductions to Hume's Treatise of Human Nature, publicada en una edición de la obra de Hume de 1874, desarrolló un extenso ataque contra el empirismo británico y en especial contra Hume, aunque también lo hace contra los filósofos escoceses del sentido común por haber vuelto a adentrarse en la maleza acrítica; no hay que olvidar que la Escuela Escocesa había copado las Universidades inglesas durante la primera mitad del XIX.
El Idealismo absoluto tiene a finales de siglo y principios de éste, en Oxford, a importantes exponentes como Francis Herbert Bradley (1846-1924) y a Bernard Bosanquet (1848-1923) quien después de estudiar en Oxford y ser elegido fellow del University College de Oxford, en 1871 se trasladó a Londres y fue profesor de filosofía moral en la Universidad de St. Andrews de 1903 a 1908. El Idealismo ocupó una posición dominante en las universidades británicas, especialmente en Oxford, durante la segunda mitad del XIX y principios del XX. La corriente idealista llega también en Cambridge hasta finales de siglo, en que es reemplazada por posturas neorrealistas.
La rebelión contra el Idealismo partió, dejando aparte algunas figuras de menor trascendencia, de los filósofos de Cambridge G. E. Moore y B. Russell, iniciadores del movimiento analítico que tuvo sus orígenes en Cambridge y que, a la larga, se afianzó en Oxford y otras Universidades, hasta el punto de que la filosofía analítica inglesa ha llegado a reconocerse como "Escuela de Oxford".
II
Será, precisamente, a través de B. Russell y del Empirismo lógico como la influencia de Hume llega a nuestros días, por lo que la importancia de Hume va más allá de la mera representatividad de la filosofía empirista inglesa, pues el Empirismo o Positivismo lógico se desarrolló, en principio, en Centro Europa y ha aglutinado a intelectuales de diversas nacionalidades y, después de la segunda guerra mundial, muchos de ellos emigraron a EEUU y sería desde Universidades americanas desde donde ejercerían su enseñanza e influencia. Este hecho unido a la importancia intelectual de Russell en los comienzos de esta corriente, especialmente, a través de Wittgenstein, hace que el empirismo, en su versión neopositivista, siga en nuestro siglo vinculado a la filosofía anglosajona.
Hay varios puntos en que tanto los positivistas lógicos del Círculo de Viena como el propio Russell se consideraron deudores de Hume:
- La distinción analítico-sintético.
- La eliminación de la metafísica.
- La tarea filosófica como análisis.
Comprobar hasta qué punto estas tesis de la filosofía analítica se basaban justamente en Hume no es asunto de este trabajo pero voy a localizar brevemente las propuestas humeanas en las que se inspiraron. En primer lugar, la distinción entre proposiciones analíticas, propias de las matemáticas, y sintéticas, propias de las ciencias empíricas se inspira en la distinción de Hume entre ideas acerca de relaciones entre ideas e ideas acerca de cuestiones de hecho.
En segundo lugar, la tesis de la eliminación de la metafísica es una propuesta programática de la filosofía analítica que se inspira en Hume de un modo indirecto. La crítica a la metafísica en Hume es una consecuencia de aplicar la tesis empirista de que el conocimiento acerca de cuestiones de hecho se deriva de impresiones, pues toda idea es copia de una impresión. Este principio, aplicado rigurosamente al análisis de las ideas conduce a Hume a una duda razonable acerca de la certeza de las ideas metafísicas pero también de las ideas científicas que pretendieran ir mucho más allá de las impresiones. El Positivismo lógico convirtió estas consecuencias en postulado fundamental de su programa y se dedicó afanosamente a la búsqueda de un criterio de demarcación entre ciencia y metafísica, olvidando que el escepticismo de Hume abarcaba también a la ciencia.
En tercer lugar, entender la tarea filosófica como análisis se inspira más en el espíritu que en la letra de la filosofía de Hume. La filosofía como crítica aparece explícita en Kant pero no en Hume. Ahora bien, la práctica filosófica de Hume es analítica en el sentido de que es análisis minucioso del conocimiento, lo que, sin duda, fue percibido por Kant,2 e influyó poderosamente en él, de modo que plantea su proyecto de hacer filosofía precisamente como crítica, si bien, es más crítica la filosofía de Hume que la de Kant.
III
La crítica contundente de Hume a la metafísica racionalista y sus análisis aún más definitivos a la causalidad tal como la entendía la ciencia de la época, resultan áun hoy insuperables. Pero, precisamente, en estos puntos cruciales de su pensamiento, que traen su impronta hasta la filosofía contemporánea, no fue bien recibido por los pensadores contemporáneos ingleses. En ese momento el pensamiento inglés era mucho más racionalista y conservador que el continental, en particular que el pensamiento ilustrado francés. Fueron, precisamente, los ilustrados franceses los que le prestaron una buena acogida y le devolvieron la confianza en sí mismo después del, según él, escaso éxito de la publicación de su Tratado.3
El empirismo inglés, de larga y nacional tradición, fue siempre confiado en el valor de la experiencia como base del conocimiento racional. Sin embargo, las dudas acerca del alcance racional de la experiencia había sido sembrada por Locke, especialmente en su análisis del concepto de sustancia, en quien Hume se inspira, desde luego, de un modo muy fuerte, como se percibe en la 1ª parte del Tratado. Pero los análisis de Hume son mucho más concluyentes acerca del alcance del conocimiento humano. El origen del conocimiento humano está en la experiencia, en las impresiones y sobre la base de las mismas sólo cabe una creencia, con un grado mayor o menor de probabilidad, acerca de las cuestiones de hecho pero no un conocimiento cierto. Esta afirmación es general y afecta a todo conocimiento humano; sin duda, también al newtoniano y, desde luego, al metafísico. Esto era demasiado por ambos lados, el científico y el metafísico, para los ilustrados ingleses, sus contemporáneos. No es de extrañar que viajara a Francia, tal vez con deseos de respirar aire fresco, más crítico y novedoso.
Hume es representante del empirismo inglés y de la Ilustración y en ambas representaciones lo es de forma polémica. Como empirista no está dispuesto a retocar sus conclusiones y traicionar a la crítica y al análisis para salvar el escepticismo respecto a la razón al que le conduce su empirismo, y como ilustrado tampoco está dispuesto a probar una increíble fe en la razón.
Por alabar el espíritu inglés podríamos caer en la siguiente justificación: en Hume encontramos ese espíritu escéptico, irónico, atento a la observación que veía con ojos sagaces las desmedidas ilusiones de los ilustrados franceses. Pero estas alabanzas tendrían poco fundamento, pues el único inglés con semejante sagacidad, en su época, debió de de ser D. Hume, pues en su país tuvo bastante incomprensión y rechazo y sólo entre los ilustrados franceses encontró el ambiente como para escribir su Treatise of human nature. Como él mismo nos cuenta: "Fue durante mi retiro en Francia- primero en Reims, pero principalmente en La Fléche, Anjou- cuando compuse mi Tratado, e inmediatamente después me fuí a a vivir con mi madre y mi hermano, que vivían en su casa de campo.."4
El poco éxito que sus obras tuvieron en su país, especialmente el Tratado debieron producirle mucha amargura, pues en su Autobiografía se refiere repetidamente a ello. A continuación de la cita anterior leemos: "Jamás intento literario alguno fue más desgraciado que mi Tratado de la naturaleza humana. Ya salió muerto de las prensas, sin alcanzar siquiera la distinción de provocar murmullos entre los fanáticos".5
Realmente su obra sí iba provocando murmullos y no siempre de los más deseables, hasta el punto de que en 1756 se llegó a pedir la excomunión para Hume6 que, aunque no llegó a prosperar, era ya el colmo de las tensiones que venía soportando desde que en 1744 había optado a la cátedra de Etica y Filosofía del Espíritu de la Universidad de Edimburgo y en 1752 por segunda y última a la de Lógica de la Universidad de Glasgow, que había dejado vacante su amigo A. Smith, al pasar a ocupar éste la de Moral que anteriormente había sido ocupada por Hutcheson.
En ambas ocasiones tuvo que sufrir hirientes e injustificadas críticas de sus obras. Para defenderse en la primera ocasión escribió de forma anónima la Carta de un caballero a su amigo de Edimburgo7 pero no sirvió de nada y quizá fuera mejor así porque "La Universidad de Edimburgo estaba manipulada por altos cargos de la Iglesia Evangélica Escocesa y dirigida por fanáticos religiosos".8 Pero las cosas no debían ser tan sencillas cuando por segunda vez y ocho años después la historia se repite y esta vez en Glasgow. Como leemos en Mossner, op. cit., pag. 249: "of Certain it is, therefore that the clergy of Glasgow, like their brethren Edimburgh, had given formal advice against the election of David Hume as Professor of Logic. So the academic infatuation with respectable mediocrity once more triumphed; and while Professor Clo of Glasgow remains as insignificant as Professor Cleghorn of Edinburgh, Scotland's most distinguished philosopher never held a philosophy chair".9
Después de estas tensiones y las polémicas que sufrió con las publicaciones y escaso éxito de sus obras, Francia de nuevo le confortó. A propósito de la invitación que recibe en 1763 por parte del Conde de Hertford, para acompañarle en su embajada en París con la perspectiva de ser nombrado secretario de embajada, la exitosa acogida que recibió en Francia: "Quienes no hayan experimentado el extraño efecto que tienen las modas no podrán imaginarse nunca la acogida que se me dispensó en París, por parte de hombres y mujeres de todo rango y condición. Cuanto más me apartaba de sus excesivas cortesías, tanto más me abrumaban con ellas. Sin embargo, es realmente agradable vivir en París, dado el gran número de personas sensibles, cultas y educadas en que abunda esa ciudad, por encima de cualquier otro lugar del mundo. Llegué a pensar en quedarme a vivir allí el resto de mis días."10
En 1765 fue nombrado secretario de embajada con unos honorarios altísimos, 1.200 libras al año más gastos de representación y Hume podía sentirse satisfecho como para escribir: "So that in spite of Atheism & Deism, of Whiggism & Torism, of Scoticism & Philosophy, I am no possess'd of an Office of Credit, and of 1200 Pounds a Year; without Dedication or Application, from the Favour alone of a Person, whom I can perfectly love & respect."11
Pero, mientras esto sucedía en Francia, por primera vez se publicaba en Inglaterra una obra que filosóficamente criticaba el sistema de Hume: la Inquiry into the human Mind (1764) de Thomas Reid "que ha venido suministrando desde entonces las armas para la interpretación (que hoy llamaríamos "vulgar", por ser la que aparece en los manuales) del empirista que destruye desde dentro el propio sistema al llevar al extremo las consecuencias que Locke apuntaba y Berkeley desarrolló".12
En realidad, las refutaciones de las publicaciones de Hume habían empezado a apilarse durante la década de 1750. En 1757 informó al Abad le Blanc: "Me encontré con muchos contestadores en este país; algunos de los cuales me trataron con educación, otros con el usual estilo de controversia."13 En 1776 le decía a Turgot: "Podría cubrir el suelo de una amplia habitación con libros y panfletos escritos contra mí, a ninguno de los cuales nunca hice la menor réplica, no por desdén (pues los autores de algunos de ellos, yo los respeto) sino por mi deseo de comodidad y tranquilidad".13 Las respuestas a los dos Inquiries sumaron dieciseis, entre 1751 y 1755. La obrita que suscitó este repentino interés por Hume fue su Of Miracles, que había aparecido en 1748 como sección X de los Philosophical Essays concerning Human Understanding, donde iba seguido por la sección XI, De las consecuencias prácticas de la religión natural.
Los teólogos se alarmaron contra el ataque a la religión natural que suponían los escritos de Hume. En 1749 apareció un panfleto anónimo titulado A familiar Epistle to the most imprudent man living. Otra serie de ataques le vinieron de los warburtianos, aunque el propio W. Warburton no publicó nada, al parecer, para no extender sus ideas.
Entre los primeros en contestar a Hume estuvieron personajes representativos de las dos Universidades inglesas, los reverendos Tomas Rutherford de Cambridge, y William Adams de Oxford. En 1751 aparecieron los Credibility of miracles defended against the author of Philosophical Essays de Rutherford y los Essays on Mr. Hume Essay on Miracles de Adams. Ambos trataban a Hume como un filósofo serio.
Of Miracles atrajo la atención sobre las otras obras de Hume y en 1751 aparecía en Edimburgo anónimamente Essays on the Principles of Morality and natural Religion, escrito por la pluma de su amigo y abogado Henry Home como refutación del Tratado de Hume, quien se lo había dado a leer doce años antes.
En 1753 se publicaba en Edimburgo como anónimo Delineación de la naturaleza y obligación de la moralidad, con reflexiones sobre el libro de Mr. Hume, titulado An Inquiry concerning the Principles of Morals que trajo consigo un nuevo intercambio de cartas entre Hume y uno de sus antagonistas.
Pero la obra que marcaría un hito en los ataques y la reacción contra la obra de Hume fue Inquiry into the Human Mind, on the Principles of common sense de Thomas Reid, que aparecía veinticinco años después de la publicación del Treatise of Human Nature.
El reverendo Thomas Reid había sido profesor de Filosofía en el King's College, Aberdeen, desde 1751 y en 1764 llegó a profesor de Filosofía Moral en Glasgow University, en sucesión de Adam Smith. Reid solicitó a Hugh Blair que indujera a Hume a leer su manuscrito. Esto irritó a Hume, pero acabó leyendo algunas secciones y le escribió directamente a Reid de quien, a su vez, recibió respuesta; mantuvieron una correspondencia cortés. En la Introducción a su obra Reid muestra cómo su pensamiento arranca de la obra de Hume: "The ingenious author of that Treatise, upon the principles of Locke, ho has no sceptic, hath built a system of scepticism, wich leaves no ground to believe any one thing rather than its contrary. His reasoning appeared to me to be just: there was therefore a necessity to call in question the principles upon wich it was founded, or to admit the conclusion."14
Poner en cuestión los principios significaba para Reid reclamar el valor del sentido comun acrítico, lo que daría lugar a una escuela de inusitado peso en las Universidades inglesas a finales del XVIII Y principios del XIX, la Escuela escocesa del sentido común. De la cual Kant comentaría que inventaron un medio cómodo para presumir sin fundamento alguno, a saber: la apelación al sentido común humano mientras que "Hume podía presumir de un entendimiento tan sano como Beattie, y, además de lo que éste ciertamente no poseía, a saber; de una razón crítica, la cual contiene al sentido común".15
La reacción más desagradable que acompañó los últimos días de D. Hume vino provocada por los términos insultantes con que James Beattie, un seguidor de Reid, arremetió contra él, en 1767 con una alegoría en prosa titulada The Castle of Scepticism. En 1770 se publicó An Essay on the Nature and Inmutbility of Truth, in opposition to Sophistry and Scepticism que, hasta la muerte de Hume en 1776, alcanzó las cinco ediciones.
Beattie tuvo el rechazo de personalidades de la época, especialmente escocesas, que apoyaban a Hume más que por el fondo de su filosofía, pues el escepticismo no parece que fuera compartido por ninguno, por su bondad y talante humano. Pese a todo, la obra de Beattie alcanzó un inusitado éxito, especialmente en Inglaterra. Cuando en 1772 lord Hailes, un antiguo enemigo de Hume intentó llevar a Beattie a la Universidad de Edimburgo, los amigos de Hume, ya entonces numerosos, lo impidieron, hasta el punto de que el Dr. Gregory, no precisamente un amigo de Hume, profesor de Física práctica en Edimburgo informaría a Beattie de que "Edimburgh is perhaps the only spot in Britain here you might be said to be in an enemy's country.16
Del enorme éxito alcanzado por Beattie fuera de Edimburgo Mossner afirma que era un síntoma de los tiempos :"Beattie's extraordinary succes, outside Edimburgh, as a symptom of the times. It as due not to the Minstrel, but to this constructive side for a complete sceptic, anxious only to subvert Christianity, the age ould have reforced to see him demolished by any means".17
El grado de tensión que Hume tuvo que soportar en sus últimos días, ya enfermo, puede percibirse en la carta escrita por Thomas Gray, personaje con quien Hume había tenido algunos contactos, a Wiliam Mason y que fue publicada en 1775: "I have always thought David Hume a pernicious writer, and believe he has done as much mischief here as he has in his on country. A turbid and shallow stream often appears to our apprehensions very deep. A professed sceptic can be guided by nothing but his present passions (if he has any) and interests; and to be masters of his philosophy we need not his books or advice, for every child is capable of the same thing, without any study at all. Is not that naiveté and good humour, wich his admirers celebrate in him, owing to this, that he has continued all his days an infant, but one that unhappily has been taught to read and write? That childish nation, The French, have given him vogue and fashion, and we, as usual, have learned from them to admire him at second hand."18
No es de extrañar que todo ello llevara a Hume a repudiar el Tratado, por ser una obra de juventud y estar mal escrita, en un "Advertissement" al segundo volumen de todas las ediciones futuras de Essays and Treatises: "Most of the principles, and reasonings, contained in this volume, were published in a work of three volumes, called A Treatise of Human Nature: A work wich the Author had projected before he left College, and wich he wrote and published not long after. But not finding it successful, he was sensible of his error in going to the press too early, and he cast the whole anew in the following pieces,where some negligences in his former reasoning and more in the expression, are, he hopes, corrected. Yet several writers, who have honoured the Author's Philosophy with answers, have taken care to direct all their batteries against that juvenile work, wich the Author never acknowledged, and have affected to triumph in any advantages, wich, they imagined, they had obtained over it: A practice very contrary to all rules of andour and fair-dealing, and a strong instance of those polemical artifices, wich a bigotted zeal thinks itsel authorized to employ. Henceforth, the Author desires, that the following Pieces may alone be regarded as containing his philosophical sentiments and principles."18
En realidad la idea de que el Tratado estaba mal escrito y que debería haber esperado un poco más para publicarlo la había expresado mucho antes, en 1745 en A letter from a gentleman, ante las primeras polémicas: "I am indeed of Opinion, that the Author had better delayed the publishing of that book, not on account of any dangerous Principles contained in it, but because on more mature consideration he might have rendered it much less imperfect by further Corrections and Revisals."19
IV
El desencanto de Hume por las controversias suscitadas por sus obras y el escaso éxito de la publicación de las mismas queda de manifiesto en las breves páginas de su Autobiografía, donde nos narra pocos aspectos personales, salvo los relativos a las publicaciones de sus obras y a la decepción por no obtener la fama y eco literarios que tan vivamente deseaba, desde su juventud. Así, por ejemplo, obvia narrar episodios para él tan dolorosos como los de la muerte de su madre o su aspiración a las cátedras de Edimburgo y Glasgow.
Los únicos eventos personales nos los cuenta al principio. Nació el 26 de abril de 1711 en Edimburgo, de buena familia tanto por vía paterna como materna. Huérfano por parte de padre de niño, quedó junto con sus hermanos al cuidado de su madre, a quien le dedica frases de admiración. Aunque parecía destinado de joven a la carrera de leyes, sentía desde joven una gran pasión por la literatura y cuestiones de filosofía e instrucción general. Sin embargo, pese a que su patrimonio no era tan abundante como para dedicarse a las letras comprendió pronto que ese había de ser su camino.
De 1734 a 1737 estuvo en Francia donde redactó el Tratado. Después de su publicación en 1739 se retiró al campo donde vivían su madre y su hermano. Del fracaso de la publicación del Tratado se hace eco en su Autobiografía, al menos, tres veces. La obra la publicó anónima como también el Abstract que escribio en 1740. La decepción nos cuenta que la superó volviendo a escribir y, en 1742, se publicó en Edimburgo la primera parte de sus Ensayos.
De lo que él consideró un fracaso por la publicación del Tratado se hace eco, por segunda vez, en su Autobiografía: "Siempre tuve la idea de que mi fracaso al publicar el Tratado de la Naturaleza humana se había debido más a la exposición que al contenido, y de que había cometido la indiscreción, bien usual, de haberlo llevado demasiado pronto a la imprenta".20 A consecuencia de ello hizo una refundición de la primera parte de esa obra, que sería la Investigación sobre el entendimiento humano. De nuevo se lamenta de la falta de éxito: "Pero esta obra no tuvo mucho más éxito" y "una nueva edición de mis Ensayos morales y políticos, publicados ahora en Londres, no encontró mucho mejor recibimiento". De regreso a Escocia compuso la segunda parte de los Ensayos: Discursos políticos y la Investigación sobre los Principios de la moral.
A partir de entonces "las ventas se iban incrementando poco a poco y se pedían nuevas ediciones" y, por tercera vez, se lamenta en su Autobiografía: "todas ellas menos el desgraciado Tratado".
En 1752 se publicaron Discursos políticos, "la única de mis obras que ha tenido éxito desde su primera aparición", fueron inmediatamente publicados en Francia con gran éxito, y la Investigación sobre los Principios de la moral que él considera el mejor de sus escritos pero que "sin embargo a la gente le pasó inadvertida la obra". En este mismo año optó por la plaza de Lógica de Glasgow, fracaso que no nos cuenta en su Autobiografía y a raíz del cual le proporcionaron la plaza de Bibliotecario de la Facultad de Abogados, donde encontraría el material adecuado para escribir la Historia de Inglaterra. De nuevo el fracaso, "Pero mi desengaño resultó bien doloroso. Me vi asaltado por un griterío de reproches, censuras e, incluso, odio: ingleses, escoceses e irlandeses, higs y tories, eclesiásticos y sectarios, librepensadores y partidarios de la religión, patriotas y palaciegos se unieron en su rabia contra el hombre que se había atrevido a derramar una lágrima generosa por el destino de Carlos I y el Conde de Strafford". Después el libro pareció caer en un completo olvido y confiesa que sí estaba desanimado y que le daban ganas de retirarse a Francia si no fuera porque Francia e Inglaterra habían entrado en guerra.
A continuación, publicaría su Historia natural de la religión que fue criticada, lo cual le produjo "cierto consuelo, dada la indiferencia con que, con la petulancia antiliberal, arrogancia y desvergüenza propias de la escuela warburtoniana fue acogida la obra". En 1756, época en la que se llegaría a pedir la excomunión para Hume, publicaría la segunda parte de Historia de Inglaterra y en 1759 Historia de la Casa de Tudor, que levantó las iras del público. En 1762 publicó los dos últimos volúmenes de la Historia de Inglaterra con un éxito solamente tolerable. A partir de ese momento las ventas empezaron a subir y se fue satisfecho y rico, según él, a Escocia, una vez más, con el propósito de retirarse allí. Sin embargo, por una extraña ocasión, vuelve a Francia y saborea el éxito, período del que hemos hablado más arriba. En 1769 se retira definitivamente a Edimburgo "satisfecho de ver como se iba incrementando su reputación".
V
En cuanto al papel de representante de la Ilustración inglesa (Enlightenment), cabría decir que si atendemos a la trascendencia de la obra de otro inglés, a saber, de Sir Isaac Newton en la Ilustración, y a la fe que el pensamiento ilustrado tuvo en ella, como ha quedado expuesta en la filosofía del ilustrado alemán, E. Kant, cabría decir que Newton representa el as y Hume representa el revés de la misma moneda. Hume vino a hacer de abogado del diablo en un momento de euforia acerca del alcance ilimitado de la razón humana, debido a los logros científicos y técnicos, y sólo explicable entonces desde la fundamentación nomológica y, en último término, teológica de la naturaleza y de la razón.
Los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Newton fue la obra realmente paradigmática de la Ilustración y en especial de la Ilustración inglesa. La obra de Newton que, en principio, no trata ni expone nada relativo a la teología fue interpretada por algunos de sus contemporáneos e, incluso, por el propio Newton como la justificación última y definitiva de la obra del creador. Para el pensamiento de la época, la mecánica newtoniana significaba la prueba última de la existencia de Dios como artífice de una naturaleza perfectamente mecánica, regida por leyes matemáticas.
Es cierto que el propio Newton tuvo que defender su sistema, en particular los conceptos de gravedad y fuerza de las críticas de los mecanicistas. Estos conceptos venían a romper el ideal mecanicista de ciencia y de naturaleza, si no se asumía, al mismo tiempo, que la gravedad o fuerza era una especie de poder de la propia materia. Pero asumir esto, salvando el mecanicismo, conducía a la negación de la hipótesis teológica.
La hipótesis teológica explicaba teleológicamente el plan de la naturaleza como un plan racional impulsado por el creador como causa primera. Newton salió al paso de las acusaciones de que su sistema no era mecanicista, por un lado, y de que cuestionaba la hipótesis teleológica, por otro. Para ello, Newton justificaba sus conclusiones por medio del método experimental. Consideraba que él no fingía hipótesis sino que las causas, hasta, incluso, la causa primera, podían ser descubiertas por medio de la observación y de la experiencia.
Es en este punto donde incide el pensamiento de Hume poniendo de relieve la contradicción entre el método y las conclusiones de la obra newtoniana. En principio Hume trata de emular el método de Newton, el subtítulo del Tratado así lo indica: A Treatise of Human Nature: Being an attempt to introduce the experimental method of reasoning into moral subjects. En este sentido, John Passmore ha entendido que Hume aspiraba a ser el Newton de las ciencias morales.
Por una parte, Hume trata de emular el método newtoniano:"Y como la ciencia del hombre es la única fundamentación sólida de todas las demás, es claro que la única fundamentación sólida que podemos dar a esa misma ciencia deberá estar en la experiencia y en la observación".21 Toda idea se obtiene a partir de las impresiones correspondientes por medio de la asociación o analogía. Ahora bien, este método sólo nos permite llegar a ideas probables acerca de cuestiones de hecho, y, por supuesto, no nos permite hacer inferencias ni siquiera probables si no contamos con las correspondientes impresiones de la experiencia pasada.
La aplicación del método experimental al conocimiento humano llevaba, por otra parte, a la fatal consecuencia de que la ciencia newtoniana no nos proporciona una certeza absoluta para nuestras predicciones acerca de la naturaleza. Era la conclusión inevitable de colocar la ciencia física en el marco de la naturaleza humana, lo que indica que el proyecto de Hume era más ambicioso que ser el newton de las ciencias morales. "Es evidente que todas las ciencias se relacionan en mayor o menor grado con la naturaleza humana, y que aunque algunas parezcan desenvolverse a gran distancia de ésta regresan finalmente a ella por una u otra vía. Incluso las matemáticas, la filosofía natural y la religión natural dependen de algún modo de la ciencia del hombre pues están bajo la comprensión de los hombres y son juzgadas según las capacidades y facultades de éstos". 22
En la primera edición de los Principia no se reflejan las convicciones religiosas de Newton y su segunda obra, la Opticks era igualmente discreta, pero su silencio sobre las causas últimas daba la impresión de que presentaba la gravedad como una propiedad esencial e inherente a la materia que no era preciso derivar de ninguna otra causa. Newton reacciona contra esta interpretación en algunas de sus cartas a Bentley.23 En otros textos Newton deja la causa de la gravedad como algo que aún no ha podido descubrir.
Sin embargo, los amigos de Newton, tal vez como él mismo, tenían mucho interés en encontrar una síntesis entre su filosofía mecánica y la tesis teleológica de la causa última. Hume mostró preocupación bastante directa por el argumento teleológico en varios de sus escritos, especialmente en The Natural History of Religion y en Dialogues Concerning Natural Religion. Como afirma James Noxon, el argumento teleológico constituía el nervio lógico central de la religión natural que florecía en tiempos de Hume.
Newton pretendía que su teología reflejase la gloria del método científico, razonando a partir de los fenómenos sin inventar hipótesis y deduciendo las causas de los efectos hasta llegar a la verdadera causa primera. Y Hume vendría a poner de relieve que el razonamiento analógico empleado en el argumento teleológico era claramente engañoso.
Que la cuestión newtoniana estaba de fondo en las controversias en que Hume se vió envuelto repetidamente se puede ver al leer las respuestas de Hume en A letter from a gentleman24 a la suma de cargos, en especial a la acusación de que sus teorías cuestionaban la hipótesis teleológica: "Sir Isaac Newton (pese a que algunos de sus seguidores han tomado un giro diferente de sus pensamientos) claramente la rechaza, sustituyendo la hipótesis de un fluído etéreo no por la inmediata volición de la Deidad sino por la Causa de Atracción. Y, en resumen, ésta ha sido una disputa dejada enteramente a los argumentos de filósofos y en la que jamás se ha supuesto que estaba implicada la religión".25 Hume trata de desmarcar lo que es filosofía de lo que es religión y le parece increíble que en su país se discutan esas cuestiones tan bizantinas que no son propias de un "país de libertad, donde los delatores e Inquisidores son tan merecida y universalmente detestados, donde la libertad de la filosofía es tan altamente valorada y estimada"26.
Hume, pese a todo, no parecía sentirse contracorriente o en una posición minoritaria, sus pensamientos le parecían descubrimientos tan obvios como si de ciencias experimentales se tratase y prefería pensar que los había expuesto mal en sus obras, especialmente en el Tratado, que tantas críticas había recibido. Le parecía que el razonamiento con que le acusaban de ateísmo "sólo podría estar justificado ante la Universidad de Salamanca, o una Inquisición española".27
Sin embargo, en las Universidades inglesas, dominadas por la Escuela del Common sense, su filosofía no sería recuperada hasta finales del siglo XIX, pese a que el espaldarazo a su filosofía como un peldaño enexcusable en la historia de la filosofía moderna se lo había dado Kant en su Introducción a los Prolegómenos a toda Metafísica futura, publicados en 1783, dedicada a posicionar su filosofía respecto de la Hume. Ha sido esta interpretación de Hume como despertador de Kant la que aún prevalece en las historias de la filosofía.
Pero, como hemos mostrado más arriba, la influencia de Hume salta por encima de Kant y nutre la filosofía contemporánea. Los devotos del pensamiento de Hume somos los amantes de la auténtica filosofía, la de la aplicación crítica del análisis racional. Lo más perdurable del pensamiento kantiano se inspiró directamente en esta actitud crítica y analítica del pensador inglés, aunque Hume nunca se considerara tal ni definiera la filosofía como analítica. Lo más perecero, en cambio, del pensamiento de Kant fue precisamente la fórmula, con la que Kant quiso salir del escepticismo no amargo sino resignado al que abocaba el análisis de Hume.
Pero Kant no pudo refutar los análisis de Hume, no pudo demoler las críticas con las mismas armas, a saber con la crítica, pese a que denominó así su propia filosofía. Kant sólo pudo mostrar respecto de Hume su disconformidad con las conclusiones, ofreciendo una respuesta diferente pero no rebatir los argumentos que conducen a las mismas. La crítica de Hume a la causalidad resulta, aún hoy, insuperable.
Doctora en Filosofía.
C/ J.P. Gutierrez Higueras, 10, 1º-A
23006 JAEN
Jaén, Julio de 1997
NOTAS
BIBLIOGRAFIA