INTERPRETACION DE ANDALUCIA
Alfonso Lázaro Paniagua*
NUESTRO RENACIMIENTO
JOSE BIEDMA LOPEZ
Gráficas Minerva. Ubeda, 1.998
No es escaso el valor de quienes se atreven a entrar en el recinto de un tópico con el propósito de hacer valer lo que vale y servir de freno al naufragio en que todo lo noble se anega, confundido y reducido. El fenómeno de la banalización - de tantos recursos hoy- destruye lo que, sin embargo, está en boca de todos. Una ironía diabólica teje su lógica, redondeando y limpiando de aristas lo que de suyo es aristado, difícil de tratar, complejo. Por obra del tópico todo se nivela, es decir, se pierde lo valioso porque se exhibe privado de su valor; apto, pues, para el consumo. Rescatar lo auténtico del tópico es disciplina del pensamiento. Acaso, devuelto algo a su valor originario se parezca al tópico, pero ya no lo es. Es, más bien, todo lo contrario. Del tópico, exprimido por el pensamiento, obtenemos lo que hay de verdad en él -recuerda Biedma de la mano de Juan de Mairena-. Y a veces, éste es el caso, ¡cuánta verdad!
Afrontar una interpretación de Andalucía es batirse con tópicos cuando no recaer en ellos, en parte porque es la imagen que se ha erigido de ella y en parte también porque es una imagen seductora que ¿quién no la retendría para sí? Pero hacer caer el tópico es conservar lo que hay de verdad en él: ir de lo pintado a lo vivo. Entiendo que esto es lo que ha hecho José Biedma en su Interpretación, en lo que abarca la primera parte del libro.
Cabe hablar de identidad andaluza, pero en cambio, es inadecuado hablar de esencia de lo andaluz. Sin duda, es de agradecer que este punto se perfile claramente. Es lo que nos permite distinguir la `identidad' de lo `identitario', de cuya confusión nace el peligro de los nacionalismos emergentes, que buscan su razón de ser en un narcisismo totémico que excluye antes que integrar y anatematiza antes que entender. Sin embargo, la identidad andaluza es la mejor vacuna ante toda tentación identitaria: fuerte antropocentrismo, puesto de manifiesto en la estima y valor conferido a la persona, a lo que sigue de forma consecuente un acentuado igualitarismo (nadie es más que nadie) y una visión relativista y suavemente escéptica -entiendo- frente al mundo y las ideas.
El libro de Biedma pasa revista a algunos de estos rasgos de la identidad andaluza, vistos como claves culturales: Dificultad ante el hecho de liberar a Andalucía de una imagen estereotipada -Andalucía es así la cantera del exotismo español. Imagen alimentada por los viajeros románticos que buscaban en el sur de España lo que la Europa septentrional iba desterrando: misterio, aventura, fuerza de la sangre. Quizá España dejó de ser temida en Europa para empezar a ser objeto de curiosidad en todos sus rincones y debilidades: no la menor, su incapacidad para involucrarse en los tiempos modernos. España ha sido en su historia más reciente un difícil ajuste con la modernidad y de ahí ese lastre de estereotipo complaciente, pero paralizante.
No obstante, si el estereotipo andaluz comienza con la derrota de las tropas de Napoleón, Andalucía tiene antigüedad para sacar fuerzas de flaqueza y remontar su identidad más allá del estereotipo. Parece estar fuera de toda duda que Andalucía consolidó su identidad por asimilación de las distintas civilizaciones que recorrieron y poblaron sus tierras, pero que ninguna se impuso a otra; antes bien, fueron cediendo su vigencia a las que se iban imponiendo por diversas razones, conservándose en lo esencial. Muy expresivamente lo recuerda Biedma: "A pesar de los avatares y transmutaciones operadas por los siglos, hay visos de continuidad, incluso en la gastronomía, entre las viejas culturas ibéricas o los asentamientos fenicios y la Andalucía actual". Margarite Yourcenar también lo recordó en un texto muy querido por Biedma: " ... la cocina con su fritos y salazones, con sus ensaladas y su predominio de lentejas y habas, al igual que en un menú de Marcial o de Horacio".
Parece haberse consolidado la cultura andaluza de superposiciones históricas en la que la más nueva vencía convenciendo, es decir, asimilaba a las anteriores sin someterlas. Más allá del esquematismo de las etapas históricas y de algunas excepciones en que el conquistador ha impuesto el punto cero de sus proyectos y ambiciones, aquí la realidad ha sido muy otra, al menos hasta que comienza la Edad Moderna. La profunda significación que aquí en Andalucía adquiere lo mestizo y mudejar es fundamental. Volviendo a Margarite Yourcenar podemos rescatar este extremo: "El arte gótico andaluz sigue siendo un arte militar implantado por la Reconquista, importado del Norte, suerte de monje armado. Cuando se convierte en indígena lleva inmediatamente el sello de manos mudéjares. Más liberal que la religión y las costumbres, acepta las uniones mixtas y los secretos adulterios. La Catedral de Sevilla, enorme fortaleza de la fe católica, instala sus campanas en la Giralda musulmana y conserva, en lo más recóndito de sí misma, su patio árabe de los Naranjos". En este contexto de asimilación no parece que pueda sostenerse el criterio que justifica hablar de Re-conquista, sino más bien de "fusión de tradiciones culturales: la andalusí y la cristiana", como afirma Biedma del arte mudejar, que sin dificultad podemos extender a todos los dominios de la cultura. De este modo, más que de Re-conquista hemos de hablar de re-cristianización. En efecto, no puede reconquistarse lo que ya no es tal y como se había perdido, suponiendo que alguna vez en sentido estricto, se perdiera. A este respecto el apoyo que busca Biedma es fundamental: "Antonio Machado Nuñez, fundador de la Sociedad Antropológica Sevillana, ya sostenía en 1869 que cuando se produjo la conquista de la Baja Andalucía sólo existía en ella un pueblo desde siglos antes, fruto de la fusión biológica y cultural entre béticos (hispanorromanos) y árabes. Testimonio que completa con otro de Antonio Gala que radicaliza la afirmación anterior: "aplicado a Andalucía -el término reconquista- como liberación es un error histórico o una mera idiotez". Pero ¿qué ocurre después de la toma de Granada en 1492? ¿Hubo dominación en el sentido más escueto del término y, en consecuencia, decadencia? Hoy está fuera de duda que la conquista de Granada arrastró un larguísimo período de dominación y persecución, que la suerte que corrieron los últimos musulmanes de la Península Ibérica en el último rincón de la tierra hispana en que resistían no fue la misma, ni remotamente, que la que habían corrido los sometidos por la conquista de Toledo o Sevilla. Si en estos últimos reinos las capitulaciones se cumplieron y fue posible la convivencia, no ocurrió lo mismo en el reino de Granada. La abundante documentación y los juicios certerísimos de Julio Caro Baroja al respecto, bastarían para tener una imagen muy sombría de ese puente con que España pasa a la modernidad. La misma Yourcenar en el ensayo ya citado apunta a estos extremos con la luz que arroja su frondosísima pluma. Y apunta más allá de lo que estamos tratando, instalándonos pues, en el Renacimiento y Barroco, y a lo antes dicho del gótico andaluz, objeta del siguiente modo: "Pero el gótico sevillano no es más que la excepción que confirma la regla: casi por todas parte, el arte renacentista (que los manuales españoles califican sistemáticamente de grecorromano) y sus sucedáneos barrocos, son los que proclaman, en Andalucía, el triunfo definitivo de Occidente". Pero esta última expresión no está exenta de melancolía y afina después con algo muy importante: "En unos decorados de Estilo Renacimiento o barroco fue donde se desarrollaron, hasta en pleno siglo XVIII, los procesos de la Inquisición. En una capilla de estilo Renacimiento es donde reposa Isabel la Católica, tras sus frenesís de cruzada. Pero este Renacimiento, este barroco, no son como en Italia la afirmación de una nueva y laica voluntad de vivir, un grito de orgullo papal o principesco". Después de leer esto cabe formularse una pregunta, ¿qué fue lo que ensombreció nuestro Renacimiento? La respuesta la ofrece Biedma en El fin del mestizaje: la persecución de judios y moriscos. Ya nadie duda que hubo Renacimiento en España. Hubo, por tanto, triunfo definitivo de occidente, mas ensombrecido. La clave no creo que sea otra que eso mismo que afirma Biedma y que desarrolla espléndidamente: el fin del mestizaje, con todas las gravísimas consecuencias que supuso la segregación y persecución de conversos; quedamos, pues , abandonados de esa fórmula de Yourcenar: `la afirmación de una nueva y laica voluntad de vivir'.
Las páginas que dedica Biedma al Renacimiento español, preferentemente el vinculado a Andalucía, y a su continuación en todos los movimientos reformistas y europeístas: Ilustración y Krausismo, creo que se ajustan a lo que es debido. Son abundantes los juicios atinados y las perplejidades que saca a flote. La selección de los protagonistas que salen a escena es suficientemente representativa. Alguno de ellos, como el caso de doña Oliva Sabuco de Nantes contiene sorpresas y aciertos de recuperación. Más allá de la disputa ya zanjada de si hay o no Renacimiento y en general, tradición de pensamiento que pueda entroncar con las corrientes filosóficas europeas -lo cual parece más que probado-, lo que importa en estas páginas, a mi entender, es que esa tradición y ese entronque existe, pues se siente vivamente. Nos falta, pues, haber profundizado en nuestra propia tradición, poniendo de relieve las conexiones oportunas y, en su caso, las originalidades con respecto a las grandes corrientes de pensamiento. Si el libro de Biedma no indaga minuciosamente en los autores, sí lo hace con profundidad, destacando el rasgo más importante por el que justamente merecen consideración. Desde luego, tiene el mérito de situar a los alumnos en el punto justo para que afronten su tradición, conectando en la última parte del libro con una reflexión viva, apremiante, incluso. Sostenida por una buena prosa en que Biedma se debate en medio de la crisis que afrontamos. Crisis por deserción en todos los frentes, que el signo de la post-modernidad ni siquiera siente como deserción, como abandono. Tengo la impresión de que el último tramo del libro de Biedma es una buena guía para orientarse en el laberinto de la perplejidad. Deshace el nudo de la confusión y afronta la crisis con decisiones. De sus propias palabras extraigo la virtud que le atribuyo: "La historia no es un mecanismo de relojería tan exacto y fatal que no podamos intervenir en él, voluntariamente, desde la conciencia reflexiva y la imaginación creadora". Sendas virtudes, estas últimas, muy presentes en estas páginas, que no rehuyen el justo dramatismo que las anima.