LA REFORMA EDUCATIVA, UN DEBATE PENDIENTE

Acaba de celebrarse en Madrid -primera semana de diciembre de este año saliente- un congreso nacional sobre ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria). Convocado por el Ministerio de Educación y Ciencia, han asistido al mismo alrededor de 500 profesores. A su término, los congresistas han elaborado un documento de conclusiones en que se plantean diversas propuestas para la reforma de esa Reforma que este mismo curso acaba de implantarse oficialmente en toda España y que incluye la ESO. Inmediatamente, algunos sindicatos y la oposición política del actual Gobierno han contestado enérgica y públicamente dichas propuestas de contrarreforma, mientras que diferentes asociaciones de padres valoraban el documento de modo no diferente sino opuesto.

En el medio profesional afectado por la ESO –Institutos de Secundaria- es constatable que "ESO" es una entidad pedagógica fantasmal y terrorífica: enmascarada tras largas sábanas blancas de celulosa oficial y oficialista (véanse "Proyectos educativos de Centro", "programaciones curriculares de etapa", "programaciones de área"; diríase –por prolijas, complejas y exhaustivas- que prometeicos remedos del genoma humano; pobres bosques del planeta), sus actores secundarios (los profesores: antiguos dictadores derrocados por la cruzada reformista, devenidos ex-protagonistas del proceso de enseñanza) eluden dar la cara sobre los documentos con que se cubren ante una Inspección no menos fantasma, huyendo como almas en pena por las paredes o ventanas de los recintos claustrales cuando alguien propone la confrontación o el debate sobre lo escrito y firmado. Sus gemidos estertóreos, no obstante, atronan por los pasillos, donde, confundidos entre el griterío protagonista de los nuevos dueños del castillo –alumnos de especies varias liberados y crecidos al calor de la Reforma-, entonan lamentos indiscernibles por una identidad postergada y una presencia condenada a lo fantasmal.

Es sabido que esta Reforma fantasma, implantada en los papeles pero no realizada en los centros (entre todo, por una falta fatal: la nutrición económica materno-estatal), contestada antes, en y después de su no se sabe aún si parto o aborto, es una reforma padecida (y no sería exageración llevar el símil hasta la figura de la violación, si no fuera por el simulacro formal de la tantas veces pantomima parlamentaria en que deriva una democracia delegada en una partidocracia). Hay que tener paciencia con todo lo nuevo y vivo, es verdad, pero en este caso la impaciencia de los pacientes podría estar más que justificada: no se les consultó sobre la presunta enfermedad del organismo educativo o, mejor dicho, se les trató como enfermos dementes, si es que no como a agentes patógenos.

Sin embargo, la libertad y responsabilidad de lo que Kant llamara "uso público" de la razón (dado que el uso "privado" o funcionarial se cumple, como hemos apuntado, celosa y/o celulosamente) es una tarea y un deber ineludible para los profesionales de la enseñanza. Una tarea que supone otra previa: la meditación reposada y rigurosa, el diálogo y el contraste de pareceres serio más allá de la impresión inopinada, la queja apresurada, la crítica precipitada, la reforma de urgencia o, en suma, el mero comentario de café. No hace falta insistir en la importancia fundamental y decisiva de la educación para la formación del hombre y el progreso social; la educación lo es todo para la cultura humana. Y no cabe duda de que una situación como la actual es sumamente crítica. Pero crisis, como dicen los chinos, significa tanto oportunidad como problema. Ahora tenemos –todavía: "hoy es siempre todavía", como dijera A. Machado- la oportunidad, perentoria, de examinar lo que se juega en cada opción educativa, en cada decisión u orientación pedagógica, de repensar sus supuestos antropológicos, sus consecuencias éticas, sus implicaciones políticas, la filosofía toda de nuevo. Todo está siempre por hacer en la medida en que ejerzamos plenamente nuestra responsabilidad ("Los tiempos están como tú estás", decía san Agustín), pero la oportunidad es mucho mayor en el marco democrático de que disfrutamos y cuya plenaria realización nos compete como sujetos y ciudadanos. Y pensar, examinar, criticar a fondo la L.O.G.S.E. o, más genérica y libremente, la reforma educativa, como problema crucial en nuestro particular momento histórico, nos parece que es una tarea tan instranferible como aún pendiente en el colectivo del que mayoritariamente formamos parte.

Un ejemplo, que merece señalamiento, de lo que sería ofrecer una reflexión ponderada a la consideración pública respecto de este tema lo tenemos en la obra de Fernando Savater El valor de educar. Pero sin público -en el sentido preciso de la comunidad de los afectados, estudiosos y avezados en el tema-, un discurso no se cumple; sin examen y crítica o réplica resulta ineficaz. Desde estas páginas tenemos que atrevernos a proponer y urgir colaboraciones y voces –que no ecos- en torno a este debate pendiente, que encierra como nunca todas las problemáticas de la tarea educativa (la calidad educativa, el modelo de hombre y ciudadano, la enseñanza de las Humanidades, igualdad y diversidad, la enseñanza de la religión, el problema de la disciplina -¿la "rebelión de las masas"?-...; etc., etc., etc.). De otro modo, creemos que nuestro estudio y reflexión, del que ALFA quiere ser escaparate y estímulo, quedarían anclados en abstracciones academicistas y gremiales y no alcanzaríamos a estar a la altura ni responder al tema de nuestro tiempo.

Es ocasión y momento oportuno también de recordar que este año nos hemos propuesto realizar nuestro congreso bianual, allá por septiembre de 2000, sobre la temática "Ética, derechos y responsabilidad". Animémonos a participar activamente en esta empresa que, como esta revista, no se ha de llevar a cabo para nosotros sino antes bien por nosotros mismos.

 


Asociación Andaluza de Filosofía.