EL PENSAMIENTO AFORISTICO DE JOSE BERGAMIN

Alfonso Lázaro Paniagua

Resumen: El presente Artículo aspira a situar el aforismo de José Bergamín en la médula de su estilo y a relacionar su pensamiento aforístico (de sustancia poética) por lo fragmentario y antidogmático, con el carácter cerrado del pensamiento sistemático.

Efecto nunca visto y peregrino,
enloquecer de puro entendimiento
un sujeto incapaz del escarmiento,
ciego por voluntad y por destino.
Villamediana

Estás a tiempo, si tú quieres,
grita que le crucifiquen de nuevo
y deshazte de Él. Mas si le sigues
¿adónde irías? Ni Él lo sabe.
Hacia la muerte, hacia el infierno,
hacia lo amargo, hacia la nada.
Pero besa su irrisión, no puedes
sino arrojarte a su dolor tan vano.
El Cristo sentado de Durero
José Jiménez Lozano

Cuando Bergamín publicó La claridad desierta – título tomado de Mallarmé, La clarete deserte.- el poeta contaba 78 años de edad. Corría el año 1973. Las fechas aquí no son irrelevantes. Bergamín regresaba de un largo silencio como poeta. Desde 1963 en que publica Rimas y sonetos rezagados y Duendecitos y coplas era imposible seguir su voz de cerca, aunque sí sabemos por las fechas en que reúne sus poemas, el margen de la publicación, que su producción fue fluida e ininterrumpida. Por eso lo más importante de este dato, de esta cifra, lo que apunta a una consideración esencial del escritor José Bergamín, es el hecho de que se hubiera prodigado tan poco hasta entonces como poeta, al menos en la forma en que el poeta concentra y disciplina su abundancia, en el verso. Quien fue muy próximo y privilegiado interprete, el pintor escritor y poeta Ramón Gaya entiende esa cautela de Bergamín por el verso remontándose hasta sus primeras publicaciones, allá por el año 1923, cuando se publica la colección de aforismos bajo el título El cohete y la estrella. Gaya estima esa cuantela de Bergamín por el verso en consonancia con la poesía misma que en la juventud del poeta se estilaba. Al margen de las figuras que habían encontrado su voz personal en conjunción equidistante de la tradición y la vanguardia, proliferaba –siempre según Gaya- la versificación fácil, musical, gratuita, cantarina, pero vacua. Proliferaban movimientos y vanguardias, "pero no la creación artística verdadera, pues ésta fluye siempre igual y muy silenciosamente"1. La distancia con los tres mayores –Unamuno, Machado y Juan Ramón- aún no la había acortado Bergamín. "Y, sin embargo, no se trataba más que de un poeta" –afirma Gaya con rotundidad-. "Era, pues, como un poeta ...<<interrotto>>, como un poeta que se interrumpe a sí mismo, que se detiene, que se detiene a pensar –pensar es siempre detenerse-, que se detiene a pensar lo poético, no a decir en prosa lo poético de la realidad –eso es lo que hacía Ramón Gómez de la Serna-, sino a pensar y a decir en una especie de prosa que era como verso lo poético de la poesía"2.

Importa mucho reconocer en Bergamín ante todo al poeta, de él saldrá el hilo de pensamiento que el sentimiento inspira. En Bergamín, pensamiento y poesía, inteligencia y pasión, pasión y conocimiento se apoyan entre sí y, aún más, se justifican mutuamente. Dice uno de sus aforismos: "Por la pasión, la inteligencia. Pasión no quita conocimiento; al contrario, lo da". Y en otro: "La inteligencia es el precipitado de la pasión". Y aun otro más: "Sé apasionado hasta la inteligencia"3. La pasión llena de contenido la inteligencia; ésta le ofrece a aquélla cauce, sentido y meta.

Volveremos sobre este asunto, no más que insinuado hasta ahora, pero antes es preciso concretar aún más el centro de gravedad bergaminiano en la poesía. Antonio espina, que reseñó para la Revista de occidente, El Cohete y la Estrella, nada más irrumpir en la escena literaria del momento (1924), hizo juicios muy certeros acerca del libro y el autor, pero lo que más interesa aquí es ver cómo equilibraba el joven Bergamín inteligencia y razón, sentimiento y pasión. Dice mucho Espina en pocos renglones, con esa agudeza y fineza que caracteriza siempre al gran escritor que fue: "A través de El Cohete y la Estrella –bello título- se manifiesta con preclara unidad, a pesar de la fragmentación ideativa que impone el pensamiento suelto, un espíritu sagaz y lleno de escepticismo. No agnóstico, como parece por el brillo. Y para no dejar de ser muy español, socarrón. La inteligencia parece gozarse en el gusto morboso por la paradoja, especie de combustión horrible de toda fe, de toda serenidad, de todo asidero. Si no fuese por sus fáciles revuelos de poeta y de soñador desinteresado, &iexcl;qué apretado resultaría en su razón escrupulosa el contorno de este José Bergamín que debuta en nuestra literatura tan victoriosamente!"4Espina vio admirablemente esa compensación que se da entre la escrupulosa razón y el vuelo del soñador en nuestro poeta, pero no debe entenderse esa compensación o equilibrio en meros términos de dosificación –Bergamín fue en todo extremado-, sino en la complementariedad que una a otra, pasión y razón, se exigen. Y se exigen tanto que el poeta puede fundir las dos en el mismo molde sin esfuerzo, en un brillante malabarismo de palabras: "Razón es pasión y pasión es conocimiento", pero el poeta afina más lidiando la lógica: "No es la idea la que apasiona, sino la pasión la que idealiza"5. Bergamín, así, fundió en su `razón poética’ razón y pasión, puso su poética a los cuatro vientos y perfiló en el aforismo, a una, flecha y diana, instinto y razón, haciendo rodar, como ruedan los vientos, los matices del Espíritu: "Los cuatro vientos del Espíritu. El viento del Norte dice: piensa; el del Sur, dice: mira. Escucha, dice el del Este; y el del Oeste dice: sueña:

Spinoza
N

Shakespeare O

E Mussorgsky

S
Goya 6



Demasiado escéptico y sagaz Bergamín como para desatender una dimensión del juego de la vida, pero nada agnóstico, como subraya con aplomo Espina, como para que pueda suspender el juicio y moverse con indiferencia entre cosas e ideas. En Bergamín, raro entre los raros, la fe, la fe religiosa es una combustión que todo lo ilumina, cámara oscura en donde la luz se revela y que está en el aforismo como estrella, en medio del fulgurante estallido del cohete.

Razón poética la de Bergamín que mira, sueña, escucha y piensa en la rosa de los vientos del Espíritu. Entre la veleta y el gallo se dibuja el número aureo de Bergamín. La veleta es sensible al viento que sopla y rueda, muda su posición, pero está fija. El gallo que corona la veleta es una afirmación ante el cielo, es –lo dice con rotundidad Bergamín- una acto de fe: "Cristo dio a su grito celeste la afirmación eterna: fue la señal divina: después de haber cantado el gallo no se le podía negar"7.Y por lo mismo, por ser un acto de fe, es pura inteligencia: "El gallo canta gozosamente la pasión de la inteligencia"8. Y no podía estar el gallo ausente de la gran pasión, fe y claridad de Bergamín por la República: "Contra la corona del pavo real alza su creta el gallo republicano"9. La veleta y el gallo se complementan como el cohete y la estrella: la trayectoria inesperada, la fulgurante quietud. El simbolismo bergaminiano de las corrientes del Espíritu se ajusta con precisión en la sucesión de aforismos que cito a continuación: "La veleta es signo indicador de todas las rutas volanderas: guía la circulación de los cometas y los pájaros". "La veleta es reloj de viento: el gallo en la veleta canta, y cuenta la eternidad". "Mi razón de ser –dijo la veleta- es pasión divina: si el viento no se fija en mí, yo estoy fija en el viento". "En la variación está el gusto de la eternidad -piensa la veleta"10. Lejos del pensamiento como género y de la máxima moral; el aforismo no es un apunte que se entrega al discurrir; aspira, más bien, a imponerse como una iluminación súbita. Tampoco pretende adoctrinar. Más cerca del `aviso’ en este punto, quiere provocar y afectar a la inteligencia para que se mantenga prevenida, pero lo quiere hacer por sorpresa, desbancando de un trazo todo supuesto dogmático –en efecto, el estilo aforístico es por definición antidogmático- y aún más, afirmando una verdad que despista al sentido común: "lo razonado nada tiene que ver con lo razonable"11, Bergamín apunta siempre desde un extremo para iluminar el aforismo, para revelarlo en un fogonazo. Es como una ofrenda que nos brinda a los lectores, fruto de esos detenimientos de poeta "interrotto-". En Pascal y Nietzsche están los extremos ardientes de su inspiración: "Pascal: la inteligencia de la pasión". "Nietzsche: la pasión de la inteligencia"12. El aforismo basa su virtud en lo certero de

Su expresión. La pasión y la razón aunando esfuerzos se lanzan a la diana y ya todo depende del tino del que partió. En el aforismo cuenta el tino, lo certero de su disparo, por eso "ni una palabra más: aforismo perfecto"13.

A veces, el aforismo puede confundirse con la greguería, no en vano Bergamín –frecuentador de Pombo- consideró a Ramón Gómez de la Serna como su maestro. En algunos, muy pocos de sus aforismos, habría lugar para esa confusión, como éste que destaco por su parecido: "El instinto es la puntería de la naturaleza: por eso la naturaleza tira siempre con perdigones"14. Pero sobre toda incipiente confusión, el conceptismo de Bergamín no deja lugar a dudas. Por otra parte la greguería es un género que nace y muere con su autor, Gómez de la Serna, a diferencia del aforismo, que cultivado de modo muy distinto por los autores que en él encontraron cauce y expresión, a todos ellos se ofrece como género.

Tres breves apuntes tomados de Luis Cernuda, Cansinos-Assens y el propio Ramón G. de la Serna nos pondrán a salvo de cualquier confusión y nos ayudarán a delinear mejor el carácter del aforismo bergaminiano. Para Cernuda "la greguería se integra en una imagen o una metáfora", y la facultad que la crea es el ingenio, la facultad por excelencia para sorprender con asociaciones o disociaciones. "En la imagen –afirma Cernuda- hay mayor creación poética que en la metáfora. En la primera interviene más la imaginación que el ingenio; en la segunda más el ingenio que la imaginación"15. Creo imprescindible esta afirmación de Cernuda por la rápida y certera conexión que se establece entre la greguería y el lenguaje poético. Cernuda vio en la greguería una de las más intensas revoluciones de ese lenguaje, de importantes consecuencias, a propósito de lo cual espigó abundantes ejemplos de metáforas de los poetas de su generación, comprobando así hasta dónde llegó la influencia de la greguería. Mas de ese carácter simbólico o metafórico participa de lleno el aforismo bergaminiano. Hay, sin embargo, una propiedad en el aforismo que no podríamos reconocer en la greguería y es esa propiedad el uso de la ironía, mejor, el uso diverso que de la ironía se hace en la greguería y en el aforismo. La greguería conserva siempre su valor festivo, fijándose en el detalle para realzar su carácter circunstancial, fragmentario e inconcluso. Es ajena a toda pretensión discursiva o deliberativa: la libertad se goza en la contemplación de lo mágico cotidiano. Es tan sólo imaginativa e ingeniosa, aspira a la afirmación del momento, convocando a los cinco sentidos en un fragmento sensitivo e imaginativo de la realidad. Con todo, la vista lleva un porcentaje de privilegio. La greguería es fundamentalmente visual y en sus trazos lleva la inspiración del humorista. Una ironía, pues, nada socrática, que se sostiene por la simple audacia de la metáfora y se logra como detalle humorístico. A diferencia de la greguería, la ironía aforística sí pretende incidir en la vida y pretende hacerlo en el detalle, en la sucesión de detalles o encrucijadas en que la vida se encuentra. Participa también de una intención moral, ausente por completo de la greguería, pero siempre unida a una fineza psicológica, es decir, al margen de lo que se propone la máxima moral. A este respecto prefiero hacer valer la palabra del propio Ramón Gómez de la Serna sin más comentario –los textos se justifican maravillosamente por sí solos- que el carácter de manifiesto con que Ramón lanzó al mundo literario la greguería y el eco nietzscheano que se percibe en su trasfondo. Al margen de la máxima está la greguería, véase, pues: "Las cosas apelmazadas y trascendentales deben desaparecer, comprendida entre ellas la máxima, dura como una piedra, dura como los antiguos rencores contra la vida; &iexcl;oh! A la máxima es a lo que menor se quiere parecer la greguería". Pero en ese raro manifiesto que es el prólogo a Greguerías 19/7, Gómez de la Serna va más allá de la greguería como género, al que envuelve íntegramente él como escritor. En su autorretrato, pues al fin y al cabo lo es, está el daguerrotipo de la greguería. "Todos los escritores adolecen de que no quieren descomponer las cosas, y no se atreven a descomponerse ellos mismos, y eso es lo que les hace timoratos, cerrados, áridos y despreciables.>>

>>"Tened el valor de equivocaros", ha dicho Hegel; pero ellos no se atreven a perderse por la voluntad, por la armonía que pueda haber en perderse con intensidad, y sin embargo, se perderán por la muerte, y morirán, más que por la muerta, por la discreción, la hipocresía y la política que siguen. Por no descomponerse, hay hombres de talento que parecen no tenerlo, y así, los que no lo tienen están a su misma altura. La historia del mundo es de descomposición, y solo en precipitarla, en refinarla, en elevarla y en asumirla está la conciencia digna>>

>> Yo me he permitido el desorden, la descomposición, el barroquismo sincero, antes de que fuese todo un poco barroco"16. A esa descomposición del mundo, en ese empeño de aligerar la gravedad, contribuye Gómez de la Serna traspasando las cosas insignificantes, que pasan de suyo desapercibidas, de humor y lirismo. Junto a este autorretrato de rara complacencia nihilista, veamos este otro retrato, si bien breve, suficientemente significativo de Rafael Cansinos-Assens: "Desde su segundo libro, Morbideces (1907), Ramón se nos revela como un escritor disolvente, a un tiempo aristocrático y demagógico. Ha frecuentado sin duda las amistades literarias de Sterne y de Nietzsche, y ha adquirido la representación trágica de la vida, como un juego de fuerzas sin objeto, sin causas finales, ni otra justificación que la del propio existir"17. Este mundo lúdico e ingrávido de `Ramón’ lo afina Cansinos a propósito de la greguería en estos términos absolutamente justos: "Estas greguerías no profesan ninguna filosofía determinada ni se ajustan a ningún `pathos’. Tienen la cándida amoralidad de los arrabales. Su autor juega con las ideas y con las formas en un libre estilo, que nos recuerdan a esos hombres colorados y sanos que lanzan sus bolas en las afueras. A cada momento nos parece escuchar la frase <<Nada importa nada>>. Un intelecto próvido, un espíritu maligno y candoroso, juega aquí libremente con la emoción divina, sin dársele nada de su suerte, practicando un arte de ilusionismo que pretende extender su engaño a todos nuestros sentidos, sin herirnos en el corazón. En manos de este taumaturgo, las cosas no adquieren un alma, sino que vibran con todas las posibilidades de su materia. Asistimos a juegos de barracas, a temerarios trucos de payasos"18. En este mundo de la greguería, tan hábilmente captado por Cansinos no cabe el aforismo bergaminiano. Fue muy otra la fundición poética de Bergamín, no obstante estar en franca afinidad con Gómez de la Serna en lo que se refiere a la búsqueda de lo fragmentario frente a lo totalizador y en poner en cuestión la académica consideración de los géneros literarios, en esto, Bergamín está inmerso en las vanguardias como el que más, convirtiéndose en experimentador de géneros, tal y como lo puso a prueba en el ensayo y el teatro, por ejemplo. Mas de todos los caracteres que dibujan la greguería, es la falta de &acute;pathos’, que detectó Cansinos, lo que convierte al aforismo en inasimilable a ella. El aforsimo bergaminiano es pasión e inteligencia entendidas de modo complementario: sé apasionado hasta la inteligencia, habíamos recordado, estando en la inteligencia el detonante iluminador de la pasión. "Si quieres expresar la luz hazte cámara oscura"19, dijo Bergamín en un aforismo de Arte de temblar, tercera parte de La cabeza a pájaros. Años antes, en El cohete y la estrella, había dejado dicho aforísticamente, algo que entusiasmó a Unamuno: "Existir es pensar; y pensar es comprometerse"20. En el revés de la visión cartesiana, en que el pensamiento se adelanta a la existencia, haciéndola posible, Bergamín invoca el pensamiento como clavo ardiendo al que se aferra el existente y el pensar es inconcebible desasido en un medio a-pático, como flotando sin mezclarse. Pensar es, pues, apasionarse, es decir, comprometer al pensamiento en la pasión o, lo que es lo mismo, ser apasionado hasta la claridad de la pasión que es para Bergamín la inteligencia.

Lo apretado y rotundo del aforismo no admite matices y tratándose de Bergamín parece una máxima hecha para su carácter. En el polo opuesto del arte: "El arte es bueno, pero no es lo mejor"21. Bergamín cargó el aforismo con toda su pasión, por no decir que la munición de cada aforismo contiene toda la pasión de su vida para dispararse en el disparadero que fue. Y fue su `disparadero&acute;, su Teoría de disparate en la literatura española, el texto en que Bergamín mejor concentró la gravedad de su poética, de su razón poética, pero también en él, texto de muchas caras, está su `ética’ y su `patética’. Para Bergamín, el disparate es todos menos contrario a la razón; "No se hizo la razón para el disparate, es verdad: pero sí se hizo, y se hace, el disparate para la razón: para darle cauce y sentido, dirección y finalidad al pensamiento; a las explosiones más peligrosas, por más vivas, del pensamiento"22. Es ahí donde se concentra el aforismo bergaminiano, en las expresiones explosiones, vivas del pensamiento. "El disparate es siempre dicho y hecho. Por esto es poético: creador. Porque el disparate procede siempre por invención, por hallazgo; y por invento detonante como la pólvora: por explosión. Por eso, la primera impresión que nos causa un disparate es la de que nos choca. El disparate es explosivo: choca con nosotros, y al chocarnos, detona. El disparate es chocante, detonante para el pensamiento. Por eso se hace sin pensar, o mejor digo, sin reflexionar: porque el disparate es pensamiento; es una forma inventiva, creadora, poética del pensamiento. Dicho y hecho, sin más. Explosivamente. Cada vez que se hace un disparate se inventa de nuevo la pólvora del pensamiento, y cuando el pensamiento se dispara de ese modo, explosivo, luminosamente como el rayo, alcanza la máxima velocidad conocida: la de la luz.. Y de ahí, el que se diga "rápido como el pensamiento": como el pensamiento disparatado, que es el pensamiento relampagueante, luminoso. Eso otro, que también suele llamarse una `idea luminosa’, es siempre un disparate"23. En esta poética del ‘disparate’ está lo más significativo del aforismo, sobre todo en esa inflexión en que el poeta distingue entre pensar y reflexionar. El pensamiento se produce en esos detenimientos que Ramón Gaya veía en Bergamín como poeta "interrotto", que el propio Bergamín, en aforismo, constata así: "el pensamiento es un estado de gracia. Y la gracia, un estado de juego24. El pensamiento se mueve al mismo ritmo que la vida, liberado de la conexión lógica que la reflexión exige y ateniéndose tan sólo a la analogía metafórica. No creo que sea ocioso suponer que el pensamiento en España, en la medida en que podamos hablar de pensamiento español, se ha configurado así en sus mejores momentos. No podía ser excepción la figura más emblemática de la inteligencia castiza, que no un castizo, como fue José Bergamín. Volviendo a Ramón Gaya, encontramos en él algunas claves nada superfluas para ahondar en esta diferencia, entre pensamiento y reflexión. Nada importa que los extremos en que se debate Gaya en cartas a Gil-Albert los podamos considerar discutibles, pues son enteramente diáfanos: "Lo que te `fascina’, por lo visto, de Francia, y de Gide por ser un magnífico representante suyo, es su posibilidad de reflexión, que los españoles, desde luego, no tenemos. Esa condición reflexiva, tan distante de nosotros, se te presenta con un prestigio y consistencia de pensamiento, como sí fuera pensamiento, pero no es así. La reflexión es una cosa que se hace –siempre de manera un tanto forzada- y el pensamiento es una cosa que se tiene –cuando se tiene-, sin necesidad de reflexionarlo, sino de sentirlo y vivirlo".

>>Los franceses tienen, en efecto, reflexión, pero no tienen pensamiento; en Montaigne no hay pensamiento, en cambio, eso que tú, confundido, llamas `conocimiento de la vida’ en La Celestina, en El Quijote, es, exactamente, el pensamiento verdadero. Es cierto que en lo español se parte muchas veces, siempre, si tu quieres, de `tradición tomada como premisa’, de `dogma como punto de apoyo’, pero de todas esas prisiones se parte –revisa a Quevedo, a Velázquez, a Cervantes, a San Juan, a Fray Luis ...- siempre hacia una libertad suprema"25. Para Gaya, el pensamiento es uno con la vida y no hay `pensamiento verdadero’ que no sea a su vez `conocimiento de la vida’: eso es precisamente lo que le subyuga de la tradición hispana. El pensamiento, fruto de la reflexión sería un pensamiento alambicado, forzado y determinado por el orden y la conexión lógicos, sin que esto pretenda hacer sólo referencia a la lógica formal. La reflexión se aproximaría a lo deductivo e inductivo, el pensamiento a lo iluminativo, Así, el pensamiento, lanzado por elevación en Bergamín, crece en espiral, en racimos de aforismos, configurado como un mosaico en que cada pieza se esfuerza por armonizar con las restantes desde su `atómica’ unidad, valga la redundancia.

El pensamiento se tiene –afirma Gaya- y es `conocimiento de la vida’, no conocimiento de las cosas, en el que éstas entran por la metáfora en el orden de la imaginación, que es lo que ocurre con las greguerías. El aforismo traspasa ese mundo imaginativo, metafórico, para entrar en el dominio de la pasión, del sentimiento que lo anima y eleva hasta la claridad de la inteligencia: razón poética bergaminiana. Pensamiento, inteligencia, razón, se configuran así, en oposición a `reflexión’, como instantáneas en que la vida se ilumina, sin que esta luz se estilice y propague en un medio homogéneo, el medio adecuado de la `reflexión’. Al contrario, como luz que es conocimiento de vida, su propagación es refractaria a lo continuo, homogéneo. El conocimiento objetivo, se aboca en un método que ha de discurrir `more geométrico’, discurre en la continuidad, acaso lo propio de todo método. Sin embargo, el `conocimiento de la vida’, que es `pensamiento verdadero’ en palabras de R. Gaya, es reacio a abocarse en dicho método, por ser absolutamente distinto `vida’ y `objeto’. La conciencia, orientada a la especulación del objeto puede conservarse imperturbable, indiferenciada de la sabiduría humana de donde brota la ciencia, tal y como la vio Descartes en aquellas palabras de sus Regulae ad directionem ingenii: " ... no siendo todas las ciencias otra cosa que la sabiduría humana, que permanece siempre una y la misma, aunque aplicada a diferencias objetos, y no recibiendo de ellos mayor diferenciación que la que recibe la luz del sol de la variedad de los objetos que ilumina ..."26, pero la conciencia, en tanto que indiferenciada de la vida, participa en las conmociones propias de ésta. María Zambrano entendió a la perfección esta disparidad y la consiguió así: " ...sólo el método que se hiciese cargo de esta vida, al fin desamparada de la lógica, incapaz de instalarse como en su medio propio en el reino del `logos’ asequible y disponible, daría resultado. Un método surgido de un `Incipit vita nova’ total, que despierte y se haga cargo de todas las zonas de la vida"27. Algo más adelante de este texto de Claros del bosque, Zambrano despeja la radicalidad de ese `Incipit vita nova’. "&iquest;Qué significa en verdad este ‘ Incipit vita nova’, que todo método, por estrictamente lógico, instrumental que sea, trae consigo? No puede responder más que a la alegría de un ser oculto que comienza a respirar y a vivir, porque al fin ha encontrado el medio adecuado a su hasta entonces imposible o precaria vida. Los ejemplos del método cartesiano, y antes del encuentro de S. Agustín con su evidencia, con la verdad que vivifica su corazón –centro de su ser entero- vienen por sí mismos. Y la Vita Nova de Dante, enigmático breviario sinuoso, espiral que avanza y retrocede para en un instante recobrarse por entero &iquest;No son todos ellos la repercusión de un instante que se perpetúa discontinuamente, a punto de perderse salvándose porque sí y, por lo que al sujeto hace, por una fidelidad sin desfallecimiento? Es un centro, pues, que ha sido despertado, centro de la mente tan sólo –si es que los métodos estrictamente filosóficos de Aristóteles y de Cartesio lo son como se suele creer. Y centro del ser cuando el amor entra en juego, cuando el amor entra en juego declaradamente. Y cuando entra en juego, declarado o sin declarar, es lo que decide"28. El aforismo y toda la obra de Bergamín, laberínticamente aforística, está pendiente de ese ‘ Incipt vita nova' de Dante que, en palabras de André Malraux no es sino la `locura del cristiano’. En Bergamín la fe se disparó con tanto ímpetu que taladró toda su obra. Su aguda inteligencia no fue sino la aceptación del dogma católico tomado como punto de apoyo y lanzado, como veía Gaya, `siempre hacia una libertad suprema’. El propio Malraux atinó de veras al ver a su amigo en la encrucijada entre historia y eternidad; erguido en ella, el poeta: "pero Bergamín afirma que todo lo sagrado es poesía. Que la poesía es una expresión indispensable de la fe. El vínculo que establece entre la poesía y lo sagrado parece complejo, pero en realidad es simple: tanto la poesía como lo sagrado convierten el tiempo en eternidad. (...) Toda vida, dice, está hecha de momentos históricos cruzados de instantes eternos. Cual la poesía suprema, el sacramento une la vida a la eternidad, funde la vida en eternidad. Pero gracias a esa poesía. Idea que va lejos, en nuestro tiempo de concilios, ya que lleva al autor a decir: "Todo lenguaje litúrgico sometido a la Razón, y no a la poesía, está condenado a muerte"29. Bergamín entrelazó la fe a su pasión de conocimiento, hizo del `fides quaerens intellectus’ el fundamento de su razón poética e hizo de su inteligencia proyectil de disparadero. Nada en su obra es sólito. Con maestría inimitable funde tauromaquia y filosofía, misterio y razón, inteligencia castiza y pedrería culterana. Por la locura del cristiano que decía Malraux, "lo ininteligible no es lo inconcebible"30. El poeta << interrotto>> que fue Bergamín puso siempre toda su pasión e inteligencia en esas interrupciones entre disparo y disparo, atento a lo certero de cada uno, de cada aforismo.


OBRAS CITADAS:

Bergamín, José. Beltenebros y otros ensayos sobre Literatura Española. Barcelona. Ed. Noguer. 1973.
Bergamín, José. El cohete y la estrella. La cabeza a pájaros. Madrid. Ed. Cátedra. 1981.
Cernuda, Luis. Prosa I. Obra completa. Vol II. Madrid. Ed. Siruela. 1994.
Descartes. Reglas para la dirección del Espíritu. Madrid. Alianza Editorial. 1984. Traducción José Manuel Navarro Cordón.
Espina, Antonio. Ensayos sobre literatura. Valencia. Ed. Pre-textos. 1994.
Gaya, Ramón. Algunas cartas. Valencia. Ed. Pre-textos. 1990.
Gómez de la Serna, Ramón. Obras completas. Volúmenes IV y V. Ramonismo II y III. Barcelona. Círculo de lectores. Galaxia Gutenberg. 1997 y 1999.
Homenaje a José Bergamín. Ed. Gonzalo Penalva Candela. Madrid. Comunidad de Madrid. Consejería de Educación y ciencia. 1997.
Zambrano, María. Claros del bosque. Barcelona. Seix Barral. 1977.


NOTAS

1 Gaya, Ramón. Obra completa. Tomo I. Ed. Pre-textos. 1990. p. 203.
2 Ibídem. p. 205.
3 Bergamín, Jose&acute;. El cohete y la estrella. Madrid. Ed Cátedra. 1981. p.81.
4 Espina, Antonio. Ensayos sobre literatura. Valencia. Ed. Pre-textos. 1994. pp. 248-249.
5 El cohete y la estrella, op. cit. p. 89.
6 Ibídem, p. 91.
7 Ibídem, p. 134.
8 Idem.
9 Idem.
10 Ibídem, p. 135.
11 Ibídem, p. 82.
12 Ibídem, p. 108.
13 Ibídem, p. 88.
14 Ibídem, p. 90.
15 Cernuda, Luis. Prosa I. Obra completa. Vol. II. Madrid. Ed. Siruela. 1994. pp. 174-175.
16 Gómez de la Serna, Ramón. Obras completas IV, Ramonismo, II, Barcelona. Círculo de Lectores. Galaxia Gutemberg. 1997. pp . 42-43-44-
17 Cansinos-Assens, Rafael. (del libro Los poetas y prosistas del novecientos) en Ramón Gómez de la Serna. Obras completas V, Ramonismo III. Barcelona. Circulo de Lectores. Galaxia Gutenberg. 1997. p. 265.
18 Cansinos-Assens. Op. cit. p. 269.
19 El Cohete y la estrella. Op. cit. p. 114.
20 Ibídem, p. 63.
21 Ibídem, p. 71.
22 Bergamín, José. Beltenebros y otros ensayos sobre literatura española. Barcelona. Ed. Noguer. 1973. p. 233.
23 Ibídem, p. 235.
24 El cohete y la estrella. Op. cit. p. 89.
25 Gaya, Ramón. Algunas cartas. Valencia. Ed. Pre-textos. 1997. pp. 38-39.
26 Descartes. Reglas para la dirección del Espíritu. Madrid. Alianza Editorial. 1984. Trad. José Manuel Navarro Cordón. p. 62.
27 Zambrano, María. Claros del bosque. Barcelona. Seix Barral. 1977. p. 14.
28 Ibídem. pp. 15-16.
29 Malraux, André. "Prefacio a la edición francesa de El clavo ardiendo. París. Plon". 1972. En homenaje a José Bergamín. Ed. De Gonzalo Penalva Candela. Madrid. Comunidad de Madrid. Consejería de Educación y Cultura. 1997. pp. 208-209.
30 Ibídem, p. 208.


Asociación Andaluza de Filosofía.