¿CUESTIÓN DE MÉTODO?

Rodriguez Ladreda, Rosa Mª.

Quiero aprovechar la oportunidad de dar la primera lección del curso para hablar del tema del método, un tema que ha sido y sigue siendo objeto de las principales preocupaciones de los filósofos pero que es de indudable interés para todo el mundo y especialmente para el estudiante.

En la medida en que ha sido y es tema de reflexión filosófica se ha buscado definir un método que nos llevara indudablemente a la verdad, pues los filósofos han estado siempre obsesionados por encontrar una fórmula, una técnica para no equivocarse y además estar seguros de ello.

Podríamos pensar: ¡qué manía! ¿Para qué querrán estar tan seguros los filósofos?.

En realidad, esta manía no es patrimonio exclusivo de los filósofos. Todo el mundo querría tener el truco para asegurarse de que las cosas van a ir bien, de que lo que uno cree es verdad y, en consecuencia, poder guiar su vida de modo acertado. Evitando el error pensamos que se puede evitar también la desgracia.

El interés humano en general y, en particular, el filosófico por conocer la verdad, en realidad es un interés práctico, ético, el de evitar las desdichas y conseguir ser felices. Este interés humano por la verdad, incluso por la verdad más metafísica, tiene mucho que ver, por tanto, con el deseo humano de sentirse seguro frente al devenir cambiante de las circunstancias de la vida.

En este sentido, las diferentes culturas humanas dan prueba de una enorme variedad en los métodos para asegurarse de que todo va a ir bien. Así, los faraones egipcios para asegurarse el futuro, mandaron construir las pirámides y, en gran medida, lo consiguieron para lucro de las agencias de viajes. Claro que su método de alcanzar la inmortalidad era un poco restringido. El método actual de la Seguridad social o de asegurarse en una Compañía de Seguros es más efectivo a corto plazo y también más extensivo.

Métodos se han buscado para resolver los problemas más variados, por ejemplo, para conservar los alimentos o para lograr que haya verduras y frutas frescas en todas las estaciones del año, o para escribir sin tener que utilizar pluma y tintero o hacer operaciones complejas por medio de calculadoras. Ahora bien, en principio no llamaríamos métodos a esto; diríamos que son soluciones prácticas de carácter técnico, económico o cultural. Desde la Revolución científica de los siglos XVI XVII los avances técnicos y sus consecuencias sociales provocaron la creencia de que la ciencia que posibilita tales descubrimientos debe ser algo así como una especie de magia, debe tener algún truco. Se empezó a pensar que los logros científicos se deben a un método especial, a saber, el método científico. Sólo quedaba definir en qué consistía dicho método y filósofos y científicos se tomaron en serio la tarea.

El pensador inglés F. Bacon cifró la peculiaridad del método científico en la inducción, es decir en la obtención de leyes generales a partir de los datos particulares de la experiencia. Y diferenció este método del método de razonamiento silogístico tan utilizado en la filosofía y la ciencia medievales, el cual era más apto para obtener consecuencias de verdades ya conocidas que para descubrir otras nuevas.

El pensamiento empirista, desde entonces, ha insistido en que la experiencia y la observación son determinantes en el método científico. Pero la experiencia, por sí sola no aporta conocimiento, de ello ya había dado cuenta el pensamiento griego. Sólo con mirar no basta. ¡Hay que desconfiar de los sentidos y de la mera opinión que se basa en ellos! Pensaban filósofos griegos como Platón. Sin embargo, la desconfianza acerca de los sentidos había traído malas consecuencias para el conocimiento científico durante la Edad Media. La Modernidad tuvo la necesidad de reaccionar frente al peso de la lógica silogística y la desconfianza de la experiencia sensible, acentuando la importancia de la observación.

Pero sólo observando la naturaleza es muy difícil levantar edificios de doscientas plantas o ir de excursión a Marte o, simplemente, conducir un coche. Es bastante evidente que los adelantos técnicos no surgen de la mera experiencia sensible sino que suponen una reconstrucción compleja de la misma. Tal vez conscientes de ello, los racionalistas han insistido desde siempre en que la lógica y las matemáticas son los instrumentos fundamentales de la razón humana, que lo que convierte un conocimiento en científico es su formación matemática.

Los positivistas lógicos en nuestro siglo llegaron a la conclusión de que el método científico, es decir, el método fiable para obtener conocimiento verdadero es un combinado de lógica y experiencia. El porcentaje de cada uno de estos componentes y las formas concretas de dicha combinación se ha discutido mucho pero sobre todo lo que hoy está en discusión es si existe un método universal de obtener conocimiento verdadero mediante el cual podamos estar seguros de no equivocarnos. Si existiera tal método, desde luego, sería estupendo conocerlo y manejarlo.

Por ejemplo, ¿cuánto no daríamos por tener un método seguro para aprobar el curso? Este afán por el método seguro lleva a veces a algunos alumnos a utilizar métodos poco éticos, como las chuletas de diferente clase, el copieteo más variado y otros métodos más éticos como estudiar poco a poco y a diario, estudiar mucho en vísperas de los exámenes o estudiar mucho a diario y mucho en vísperas de los exámenes. Algunos alumnos en vez de estos métodos que suelen ser bastante efectivos pero muy trabajosos utilizan los métodos matemáticos de probabilidades y basándose en cálculos acerca de lo que probablemente va a caer en los exámenes eliminan materia y descartan estudiar algunas partes y se centran en otras, es decir, optan por reducir el estudio y prueban la suerte de que les caiga la materia seleccionada. Los resultados del método probabilístico no son completamente fiables y, por eso, con él se tiene la probabilidad de aprobar pero también de suspender. Como sabeis, cuando el azar y la probabilidad rigen nuestras vidas nos sentimos muy inseguros y esto nos angustia. Este hecho no es particular del estudiante y ha llevado al ser humano a buscar la seguridad desde siempre, como antes os comentaba y,tal vez, así comenzó la historia simultánea de la filosofía y de la ciencia en Grecia allá por el siglo VI a. C., cuando los filósofos presocráticos se empeñaron en demostrar que por medio de la razón podemos descubrir verdades seguras, permanentes. Y así empezó a descubrirse la existencia de reglas e inferencias lógicas que permitieran asegurar la verdad de las conclusiones.

Pero, volviendo al caso que nos ocupa del estudiante, alguno de vosotros podría objetar que ninguno de los métodos antes indicados es totalmente seguro, ni siquiera los más trabajosos porque, incluso en el caso óptimo de que se estudie mucho a diario y mucho en vísperas de los exámenes se puede suspender. Es preciso reconocer que es un caso menos probable pero podría darse. Podría ser que "el profesor le tuviese manía" o que "los nervios le traicionasen" en alguna ocasión. Ahora, si esto le ocurre siempre o al menos con frecuencia seguramente hay alguna otra razón de más peso, como que "estudia pero no comprende" o que "los conceptos que se forma son erróneos". Desde luego, si uno estudia y no se entera o aprende las cosas mal o con errores, difícilmente puede aprobar. En estos casos suele decirse que este estudiante no tiene un buen método.

A propósito de esto voy a contaros la historia de un joven que en una situación parecida a ésta y conversando con un amigo le hacía al amigo y de paso también a sí mismo la siguiente pregunta:

-¿Cómo puedo estar seguro der que la idea que me formo en mi mente acerca de lo que estoy estudiando es correcta y no me la estoy inventando? ¿Qué puedo hacer para estar seguro de que no me he equivocado y de que lo que he puesto en el examen está bien?

Entonces su amigo le contó, a su vez, su propia historia y cómo había llegado él a formarse un método de estudio que desde que empezó a aplicarlo había obtenido muy buenos resultados; por medio del cual no sólo aprobaba sino que sobretodo avanzaba en el conocimiento y comprensión de la materia que estudiaba. No es una historia muy divertida, le dijo el amigo, pero si tienes interés te la cuento. Nuestro estudiante que estaba bastante agobiado le respondió apresuradamente: ¡ ya me parecía que tú tenías algún truco! ¿se trata de una pata de conejo o de alguna oración que yo me pueda aprender?

-Nada de eso, es un método muy sencillo que consiste sólo en cuatro preceptos, le dijo su amigo. Cuando acabé el bachillerato y tenía que pasar a los estudios superiores tenía tal cacao en la cabeza que no me decidía por ninguno en particular y me di cuenta que había aprendido muchas cosas pero que no me servían para tomar decisiones ni para comprender el mundo que me rodeaba ni a mí mismo. Tomé entonces una decisión radical, la de no seguir así y prescindir de todas las ideas confusas que tenía en mi mente y comenzar a llenarla desde el principio con ideas que me parecieran claras y evidentes. Y ese fue el primer precepto de mi método. El segundo fue que si tengo una idea que no comprendo la divido y analizo hasta que comprendo cada una de sus partes por separado. En tercer lugaqr, cuando ya he comprendido con claridad cada idea pequeñita reconstruyo la idea inicial por medio de pasos lógicos. Y, por último, reviso y repito las operaciones anteriores por si me hubiera equivocado.

-¡Vaya truco ese método tuyo! Dijo nuestro estudiante decepcionado. ¿Cómo voy a olvidar o echar por tierra todo lo que llevo aprendido con el trabajo que me ha costado aprenderlo?, además ¿porqué no aprovechar el conocimiento de otros? Y sobre todo ¿cómo voy a fiarme de lo que a mí me parezca claro y evidente? ¿y si al profesor no le parece tan evidente como a mí?

-Está claro que te suspenderá, le respondió el amigo y que tendrás que volver al principio, a recomponer las ideas que a ti te parecieron claras pero que, seguramente, no lo estaban tanto.

-Entonces, si no puedo estar seguro de que lo que a mi me parece claro y evidente sea verdadero para el profesor, no sé de qué me va a servir tu método.

-En eso tienes razón, mi método no es infalible para aprobar, aunque sí está bastante claro el método de suspender. Pero mi método me ayuda a aclararme y a guiarme en la vida. Además qué otra cosa se puede hacer si no es guiarse por la propia razón para bien o para mal. Además ¿con qué piensas tú, en último término? ¿En virtud de qué acabas por aceptar o rechazar lo que el profesor te dice, si no es en virtud de tu razón?.

-Sí, contestó el estudiante agobiado, pero lo que yo quiero es aprobar y para eso no es totalmente seguro que me sirva tu método.

-En ese caso debes buscar el tuyo propio.

A estas alturas de la historia, seguramente, ya habreis adivinado que, en este diálogo imaginario, la historia del amigo de nuestro estudiante agobiado es un plagio de la autobiografía intelectual que Descartes nos cuenta en su Discurso del método y "su método" es el método racionalista propuesto por él. Descartes estaba convencido como el amigo de nuestra historia de que la exigencia de claridad y evidencia de las ideas, así como el análisis y la síntesis de las mismas es un buen método para conducir nuestra razón pero que eso no significa que no podamos equivocarnos ni tampoco que todo el mundo deba de seguirlo. Seguramente, cada uno para conducir bien su razón debe descubrir por sí mismo su propio método. Pero, entonces ¿eso quiere decir que no existen reglas universales de claridad y evidencia y que, por tanto, no hay modo de ponerse de acuerdo racionalmente acerca de la verdad de algo? ¿qué el acuerdo entre alumno y profesor no es por lógica y razón sino por la fuerza de quien tiene la sartén por el mango?. Probablemente, hay un poco de todo y aprobar o estar seguros de nuestras ideas no es sólo cuestión de método.

Sabemos que hay métodos mejores y peores. Por ejemplo, todos sabemos que conseguir una copia del examen o copiar el examen a un empollón son mejores métodos para aprobar que ir en peregrinación al castillo de Santa Catalina después del examen. Pero también sabemos que no son buenos métodos porque no son muy seguros, porque no dependen de nosotros y estamos a expensas de la suerte de que caiga en nuestras manos la copia del examen o de que el empollón nos deje copiar o de que éste no se equivoque. Entonces, ¿porqué no aplicamos el mejor método? ¿porqué, con frecuencia, se aplican métodos poco efectivos o incluso muy eficaces para conseguir el suspenso?.

En efecto, no basta con tener buen método sino que lo principal es aplicarlo bien. ¿De qué sirve tener una buena receta de hacer el pollo si luego llamamos a "telepollo" ? ¿ de qué sirve tener un buen libro de ejercicios de gimnasia guardado en el cajón y luego quejarnos de que estamos muy fofos?

Cualquier método exige la voluntad de ponerlo en práctica, la disciplina para aplicarlo. No llamaríamos método a las operaciones mecánicas de un ordenador o al comportamiento instintivo de un animal. Llamamos método a una serie de pautas o normas que exigen una disciplina de lo mental y una sincronía entre la mente y la conducta y esto es algo que no siempre la libertad inherente a la conducta humana permite.

La elección del método y su aplicación en la mayoría de los casos no depende de su validez sino que está supeditado a nuestras valoraciones y preferencias. Por ejemplo, si nuestro estudiante no elige el mejor método puede ser que se haya hecho la siguiente reflexión: "Si estudio todos los días y, además, la víspera de los exámenes entonces no puedo divertirme nada; luego, prefiero estudiar menos, correr el riesgo de suspender y divertirme."

El estudiante susodicho sabe cuál es el mejor método para aprobar y cree saber también cuál es la conexión lógica causal entre estudiar y no divertirse y, en último término, opta, es decir, efectúa una elección sobre la base de una valoración, a saber, es mejor divertirse que aprobar.

Yo no voy a sacar moraleja de todo esto para que cada uno extraiga la suya propia; pero lo que sí os deseo es que la elección para el próximo curso sea acertada.


Este discurso fue leído como lección inaugural del curso 1997-98 en el I. B. "Virgen del Carmen" de Jaén, por Rosa Mª Rodriguez Ladreda , catedrática de Filosofía.


Asociación Andaluza de Filosofía.