Contra la fundamentación

José Antonio de la Rubia

Los derechos humanos, bien sea en la versión ilustrada o en la contemporánea, pretendían ser una revolución conceptual en lo que respectaba a la relación entre el poder y sus súbditos. Surgieron como una paradoja: era el poder el que dotaba a los súbditos de un instrumento que podían utilizar frente al poder ya no como simples súbditos sino como "seres humanos". La supuesta revolución era ya desde un principio falaz pues el principal mecanismo, casi algo orgánico, por el que funciona el poder es su autoconservación, ningún poder pretende su autodestrucción y mucho menos en función de los principios formales con los que se pretende legitimar. El poder es poder, la legitimación siempre es a posteriori y siempre ad hoc.

En nuestro sistema político-mediático, el juego de la legitimación se establece en función de un código que políticos y ciudadanos conocen muy bien. Los medios nos ofrecen imágenes de la masacre de turno, establecen la distinción entre el bien y el mal, los ciudadanos se indignan y el político actúa. Todos sabemos que no es así, que las variables que influyen en una toma de decisión político-militar como el bombardeo de Kosovo surgen de un complejo caótico en el que cada variable puede cambiar tanto en su importancia con respecto al sistema global de toma de decisiones como en su paso de una variable explícita a una implícita. La indignación de los ciudadanos ante las imágenes de la masacre puede ser una variable muy importante en la toma de decisión del político, pero también puede dejar de serlo. Los medios orientan la dimensión de la masacre y el flujo de indignación: nadie se indigna por los crímenes cometidos por Rusia en Chechenia porque no han sido vistos. Nadie parece tener ningún interés por indignarse, ni el político ni el súbdito. Rusia no se puede bombardear como se bombardea Kosovo porque en el juego de la legitimación el poder y hasta el súbdito comprenden que las masacres cometidas por los rusos sólo son una pequeña variable entre las miles que interactúan en el tablero de la geopolítica. Una variable puede ser explícita o implícita. En la invasión de Panamá, la variable explícita era la captura de un narcotraficante malvado, la variable implícita, de una magnitud muy superior, era la prueba del "bombardero invisible" por parte del ejército norteamericano. Sin duda, en el bombardeo de Kosovo han actuado variables implícitas que no entraban en las reglas del juego de la legitimación: la reactivación de la industria armamentística (¡se agotaron los stocks de misiles durante los bombardeos!) siempre es una variable importante y no puede ser aducida por el político-general porque no forma parte del código que comparte con unos súbditos cuya única responsabilidad parece ser la de ofrecerse como sujeto moral, como sujeto indignante. Todo el juego de la legitimación pertenece a la dimensión especulativa de la democracia mediática, es, literalmente, un videojuego, porque es palmario que tanto la decisión del bombardeo como la indignación de los súbditos ante la masacre es interesada. El poder puede tener mucho interés en bombardear Kosovo y no Rusia, así como el súbdito puede tener mucho interés en indignarse ante una masacre cometida en los Balcanes y no en el Cáucaso. En el videojuego, en cambio, los ciudadanos se sublevan contra los desmanes provocados por un tirano odioso y los salvíficos políticos-generales bombardean en nombre de... los derechos humanos.

El hecho de que los derechos humanos sean utilizados como un instrumento de legitimación, como una variable explícita, en una toma de decisiones no es algo que los socave, ni como principio ni como instrumento. Cualquier principio moral puede ser instrumentalizado porque el principio, en sí, no es nada, sólo adquiere materialidad en su utilización. Como nos enseñó Wittgenstein, no seguimos reglas, las creamos como formas de vida. Yo puedo matar en nombre de los derechos humanos y, si se me antoja, en nombre del amor al prójimo, pero eso no significa nada por lo que respecta a la posible fundamentación o no, validez o no, de esos principios abstractos. Seré yo, con mi actuación, con mi utilización del principio como forma de vida, quien otorgue la fundamentación al principio. Soy yo quien crea la fundamentación en mi praxis. Si bombardeo en nombre de los derechos humanos les estoy negando una fundamentación intrínseca. Los principios, las reglas de un juego, sólo existen en su utilización, no son el mecanismo que motiva la acción sino un puro artificio normativo, un artificio corrector. Los principios formalistas del derecho están basados en una lógica anticuada, axiológica. Se suponía que establecíamos unos axiomas indiscutibles y de ahí deducíamos leyes y prácticas normativas. Con los derechos humanos se pretendió hacer algo similar, establecerlos como un punto arquimédico desde el que fundamentar toda la práctica geopolítica y una hipotética legislación internacional, una policía internacional, etc. Pero, al no tener ningún tipo de materialidad, los principios podían ser instrumentalizados precisamente por su vaguedad.

Sería un error pretender que los derechos humanos estuvieran en una legislación positiva porque por definición tienen un carácter suprapositivo y, por usar un concepto de moda, transversal. Los podemos usar para bombardear y para situarnos contra el bombardeo. Por su propia configuración abstracta y vana, los derechos humanos no son administrados por nadie, ni por el Estado ni por sus súbditos, no son patrimonio de la OTAN ni de Amnistía Internacional, ni siquiera están en su posesión unos seres humanos cuya propia naturaleza también es en sí también abstracta y vana. Los derechos humanos se crean, se materializan, en la praxis normativa, eso es un vicio, pero también una virtud.


Asociación Andaluza de Filosofía.