A María Zambrano, la que pagó el precio
Lo trágico puede asumir dos formas fundamentales; la primera
y más reconocida proviene del enfrentamiento de los esfuerzos
humanos con fuerzas que frustran intentos y aspiraciones por incompatibilidad,
antagonismo o simple incongruencia. A este género de conflicto
pertenecen las situaciones de anagnórisis para el héroe,
los "descubrimientos" de ocultas claves que, de seguirse,
hubieran "evitado" o al menos aliviado la tragicidad
de las situaciones. En tal caso, es posible para el héroe
la re-conciliación con el poder desafiado conscientemente
o no, pues en el fondo de los males sobrevenidos al héroe,
yace la ignorancia en alguna de sus formas, ya sea como desconocimiento
o como falso saber, no encaminado a lo recóndito sino a
lo evidente y/o aparencial.
Se producen así estados de "ceguera" que conducen
al choque con el poder representativo de la fatalidad. Esta ceguera
espiritual puede manifestarse como inocencia, desconocedora de
toda maquinación --tal es el caso de la Desdémona
de Shakespeare--o como culpa ajena que se arrastra por herencia--la
estirpe de Edipo en su conjunto--, como hybris--el caso de Medea
o, en otro sentido, el de Macbeth--, como formas de justicia conflictivas,
en cuyo trasfondo pugnan fuerzas suprahumanas, sobrenaturales
o no--en Las Euménides--, como pretensión de modificar
la realidad a través del solo poder individual humano--Hamlet
o Edipo.
El héroe trágico sucumbe o se doblega bajo el peso
de lo fatal y desconocido, y la única vía de salvación
sería el Deus ex machina, que convierte al victimario en
irremisible víctima--así ocurre a Jasón en
Medea--o torna la tragedia en ciernes en comedia, como en Tartufo.
El "percatarse a tiempo" salvaría del golpe de
lo fatal, aunque éste último suele emplear la ceguera
como una de sus armas. En tal caso sería posible al menos
producir al cabo algún bien a través de los males
sobrevenidos, según se observa en Edipo en Colono. El protagonista
vive lo suficiente para llegar a saber y comunicar a los demás
el saber adquirido mediante su palabra o su ejemplo, aunque haya
de morir o de purgar indefinidamente sus errores o los de su estirpe.
Puede argüirse lo problemático de la propia comunicación
del saber, pero al menos se lleva a cabo el intento, y el coro
o algún testigo importante en la tragedia griega--otros
personajes lo sustituyen en etapas posteriores--, que reciben
una perdurable lección mediante el sufrimiento de los héroes,
muestran que, pese a todo, algún bien se desprende del
intento.
La tragedia absoluta sobrevendría si la muerte o el extremo
sufrimiento de los héroes no dejaran huellas por no llegar
a ser conocidos ni apreciados por nadie. Tal hubiera podido ser,
fuera de los marcos del teatro, el caso de Job, de no intervenir
el propio Dios.
El héroe hubiera vivido en este caso para rumiar calladamente
su dolor, el cual no provocó espanto ni una lección
real a quienes lo conocieron, sino burlas y reproches por pecados
no cometidos, incluso exhortaciones a un arrepentimiento improcedente.
Pero el libro bíblico no fue escrito con propósitos
"literarios". En suma, en esta forma de lo trágico,
un poder se enfrenta con lo desconocido o mal conocido, y el re-conocimiento
constituye de por sí una suerte de re-conciliación
a través de la sabiduría adquirida, plena o incipiente.
Hay otro tipo de conflicto trágico en el cual la relación
se invierte: hay en el héroe una serena sabiduría
que conduce a los actos por los cuales él mismo habrá
de sucumbir. Está a solas con su deber. Se le ama o se
le odia pero no se le comprende. Aun quienes parecen hacerlo revelan
en algún momento su saber a medias--un modo del no-saber--y
se retiran desconcertados, o cometen errores que agudizan el conflicto.
La tragedia en este caso proviene de lo incomunicable del saber
y de la consiguiente soledad, en sufrir sin opción las
consecuencias de actuar en un mundo o medio dominado por la "ceguera"(1).
En su aspecto humano, el sacrificio de Cristo nos sobrecoge por
el estado de irremisible soledad en el que el intransferible cáliz
lo sume, por la absurda ceguera de sus verdugos. De nada sirve
que advierta a los discípulos que serán dispersados,
a Pedro que lo negará tres veces, ni las prédicas
donde describe su suplicio con antelación. El lo sabe y
por eso ruega al Padre el perdón para quienes, en cambio,
no saben lo que hacen. Es la doble condición de este supremo
héroe la que transforma en glorioso misterio la tragedia
por excelencia. Pero en el plano puramente humano, no existe variación
en el conflicto que afecta al héroe trágico. Este
podrá, como Sócrates, asumir con inalterable ánimo
los hechos o padecer al apurar la copa como Antígona, pero
siempre experimentará en sí mismo y en su relación
con el mundo circundante las terribles consecuencias de un mal
que no le afecta: la ignorancia.
Ver claro donde otros no pueden constituye en este caso quizás
el elemento fundamental que acrecienta el dolor del héroe.
Job debe incluirse en este tipo de tragicidad. Su sabiduría
reside en este caso en su fe sin límites, en la espera
de la redención, enfrentada con la visión superficial
de su mujer y sus amigos, que lo acusan de ocultar sus faltas.
Sócrates queda a solas con su daemon; Antígona con
sus ancestros; Job con Dios, pero los tres son "excluídos"
por igual del género humano, en una soledad esencial que
para los dos primeros es definitiva.
La actitud socrática muestra la "dimensión
interior de la areté(2)", lo cual creemos aplicable
a Antígona. Uno y otra son condenados y abandonados a la
soledad absoluta que proviene de una misión incompartible,
por un medio ajeno a esta "virtud interior", ignorante
de la esencia de la virtud, la cual reduce a leyes y fórmulas
inventadas por los hombres. En este tipo de tragedia se apela
a los cimientos de la condición humana, lo cual impide
que el sufrimiento del héroe resulte posible de detener
o de aliviar siquiera. Sólo cabe vivirlo.
Antígona es un personaje socrático, su modalidad
femenina. Por eso se atendrá a la esfera del deber familiar,
la que le es propia según las normas de la sociedad griega
de su tiempo. No le será dado reunir discípulos
ni contemplará siquiera como posibilidad el camino de la
indagación racional. Pero al igual que Sócrates,
posee sabiduría y la vive hasta las últimas consecuencias.
Como él, se percata de que es incomunicable y asume sin
ayuda su tarea. Exige a Ismena que la deje sola pues comprende
lo inútil de su apoyo no acompañado por un saber
esencial. Intentará cumplir con un deber que, a su modo,
promueve la reflexión sobre la naturaleza de la virtud,
tras el asombro y el terror de quienes encuentren a Polínices
honrado y sepultado o escuchen siquiera que ésto se ha
hecho.
Antígona, como Sócrates, está privada de
elección, porque la sabiduría inclina sólo
a la verdad. Hay una sola opción para ella. Y queda a solas
con su destino, el destierro del mundo de los vivos, en la caverna
que debe servirle de sepultura.
Como es casi inevitable, llama la atención el descenso
ad inferos (también resulta significativo que Sócrates
jurara "por el perro"). Pero Antígona experimenta
al cabo de sus decisiones y actos lo que Sócrates consideraba
el punto de partida de la existencia humana, el que muchos no
rebasan. Sócrates habla del ascenso a la luz desde la caverna,
del retorno a ella como deber del sabio, cuya condición
resulta inseparable de la función pedagógica. Y
la muerte, quizás el único pago a su sacrificio,
no debe detenerle: la vita activa se hace inseparable de la vita
contemplativa.
Sócrates buscaba la faceta luminosa de los misterios, la
que ilumina la razón a la par del alma y condiciona una
virtud fácil de practicar, porque deviene estado interior
y no obediencia externa. La incesante búsqueda socrática
persigue esclarecer, con ayuda de la razón dirigida hacia
lo oculto, la naturaleza de los conceptos. Por eso, en su condición
de ciudadano, Sócrates respetaba los cultos tradicionales,
como parte de las leyes y costumbres a observar, aunque predicase
que el alma había de dirigirse hacia lo divino en sí
mismo, oculto y apenas nombrable(3). La sabiduría no se
alcanza sino en lo trascendente, a la vez recóndito, que
exige recorrer las profundidades de lo sensible para aprehender
lo inteligible. Se trata de renovar la tradición y no de
romper con ella: el descenso ad inferos permite también
remontarse hacia lo más elevado. Se trata de vivir el antiquísimo
pensamiento atribuído a Hermes Trimegisto y asumido por
Heráclito y los órficos: "Camino hacia arriba
y camino hacia abajo es uno y el mismo".
Pero Sócrates es un hombre y su función pedagógica
se atiene a los derechos que la sociedad griega le concede, en
el ejercicio de la búsqueda racional. Antígona es
mujer y doncella. Su sabiduría es de otra índole.
El poder sagrado de la virginidad le comunica una sabiduría
no perseguida ni conquistada mediante el esfuerzo de la razón,
pero ésto tampoco explica por completo su proceder. Como
Sócrates, quien logró acceder por sí mismo
a las esencias, Antígona es una "elegida" y como
tal, asume todas las implicaciones de una fuerza despierta en
ella y dormida en otras doncellas: el mejor ejemplo es su propia
hermana.
Al igual que Antígona, Tiresias sabe qué debería
hacerse, y lo expresa, pero sólo ella decide obrar, sacerdotisa
de un oráculo unido a inevitables misterios. Su saber es
infuso, confirmado pero no buscado, como tampoco el de Tiresias
ha sido "buscado" a la manera socrática. Confirmado
en la tragedia del padre, padeciente por haber pretendido tomar
en sus manos las leyes secretas del cosmos, por el falso saber
y el falso poder que un día ostentara. Lo oculto y ancestral
se le ha presentado en la tragedia paterna, en su carácter
terrible e irrevocable. De este modo, el respeto a lo eterno constituye
la base de la virtud, del orden y conservación del universo.
Antígona realiza en vida el descenso ad inferos para abrir
los ojos de otros. Los suyos no lo necesitan. Como ocurre con
Sócrates.
El antecedente lejano de Antígona en la mitología
griega es Eurídice, quien no actúa voluntariamente,
pero es la esposa de Orfeo, dueño de los misterios. No
parece del todo casual el nombre de Eurídice que lleva
la reina, futura suegra de Antígona, la cual parece ceder
a la joven el papel protagónico en esta nueva era. Su hijo,
el joven Hemón, descenderá ad inferos por amor,
aunque morirá en un acceso de hybris, comprensible y noble,
pero hybris al fin. Sólo Antígona tiene plena conciencia
del alcance y las dimensiones de sus actos, del golpe de la fatalidad,
y aunque el temor y el dolor ante lo irremisible la sacudan, sus
actos no suponen hybris pues no quebranta la medida propia de
su tipo de virtud, de la areté femenina que exige otro
tipo de sofrosyne, areté que incluye llorar la muerte virginal,
sin sucesión para la estirpe. Al cabo, sus actos abren
los ojos de los necios, pero no de forma tranquila, iluminada
por la alegría del descubrimiento, como en el caso de Sócrates,
pues no le es dada la función pedagógica: a una
mujer, y más aún, doncella, no se la escucha, según
expresa el rey. La enseñanza que transmite viene a través
de lo irremediable.
Sócrates es un mártir, pero su serenidad lo preserva
de la tragedia que se produce sobre él y a causa de él,
que afecta a sus discípulos y al consejo que lo condena.
Su muerte sobrecoge como la muerte voluntaria de los dioses antiguos.
Evitarla hubiera supuesto para él incurrir en hybris--en
su caso, desorden motivado por el apego a la vida corporal--,
violar el orden de su areté. Pero él, siendo hombre,
predica públicamente un proceder y una actitud. Antígona,
mujer griega, ha de limitarse a actuar, pues sus palabras no son
atendidas, y basa su conducta en el sagrado temor y en el amor,
el cual proclama como su fin. Su sabiduría se apoya en
el amor, un amor dirigido, en primera instancia, a los suyos,
pero en última instancia, al objeto que inspira ese sagrado
temor: lo oculto y trascendente.
Es así que el amor, que es unión y reconciliación,
la separa--como a Sócrates la filo-sofía--de los
demás, aunque lazos más profundos los vinculen a
un nivel no ordinario, al objeto más recóndito de
ese amor, como en el caso de Sócrates. Dos muestras son
la acusación de desobediencia a las leyes de la ciudad
hecha a ambos, y la actitud de los dos ante la muerte inevitable.
Sócrates fue acusado, en esencia, del mismo delito imputado
a Antígona: desobedecer las leyes civiles. Esto nunca fue
probado de manera irrefutable. Se le condenó por una actitud
ante estas leyes y no por un proceder en contra de ellas. Antígona
se hizo culpable de ambos delitos. Pero todas estas leyes fueron
establecidas por hombres no identificados con las leyes del cosmos
sino con ideales humanos en el sentido más empírico,
asentados en este caso en la democracia, ese "bien de la
mayoría" tan problemático para Sócrates--según
muestra en su condena a los sofistas--lo cual argumenta hasta
la saciedad su discípulo Platón en La República.
Según es sabido, el ideal democrático le resulta
inaceptable porque contradice el orden natural y por consiguiente
resulta muy fácil la transformación en su opuesto.
Edipo y más tarde Creonte son excelentes ejemplos de lo
anterior. Ambos olvidan en la ofuscación del poder el respeto
debido a las leyes cósmicas y deberán pagar por
ello. Los decretos de ambos se imponen a la ciudad como leyes
inviolables, paradoja que para el pensamiento griego revela una
esencial inconsistencia. La controvertida doxa social de los sofistas
contiene un fondo relativista que da paso a la tiranía,
y el diálogo entre Antígona y Creonte es muy significativo
al respecto. El la tilda de insolente y siente que arriesga no
sólo su poder sino su hombría. Ella le llama tirano
y él responde comparándola con la multitud a la
que el temor ha enmudecido, con la fuerza externa de la doxa social:
"¿Y tú no te avergüenzas de pensar de
distinta manera que ellos?"(4).
El pueblo tebano carece de la fuerza de la convicción que
da el verdadero saber. Teme, pero acepta los decretos de Creonte
cegado por la aureola mágica que suele envolver el poder.
Compadece a Antígona pero es incapaz no sólo de
seguirla, sino ni siquiera de alzar la voz en su defensa. Pero
también por temor aconseja a Creonte, tras la entrevista
con Tiresias, reparar el error que se va evidenciando como mal.
Se trata de un temor en el fondo del cual yace la intuición
del orden cósmico y los males que pueden sobrevenir por
quebrantarlo, pero no es saber. Esto se muestra con claridad cuando
el coro dice a la joven condenada: "Estás vengando
alguna prueba paterna"(5). Y se pierde en contradicciones
en el parlamento siguiente, al ponderar por igual el respeto a
los muertos y al imperio. Es pura doxa, engendrada por las contingencias,
que no puede resolver las paradojas porque no se vincula a búsquedas
de tipo socrático ni a la luz interior que a la mujer griega
puede otorgar su posición de guardiana de lo ancestral,
bajo la forma de la familia.
A Antígona la pierde su saber, reservado en la sociedad
griega para los hombres, la hetaira o la pithya, mujeres que han
renunciado a la posición modélica de madre de familia.
Sócrates es condenado porque el peso de su autoridad se
reconoce y se teme. Tiresias es amenazado por idéntica
razón, pero a Antígona se le niega el reconocimiento
porque además de mujer, es joven y doncella prometida en
matrimonio. Su feminidad es viva y ha despertado el amor de Hemón
hasta el punto de decidirlo a morir con ella. El compromiso entre
ambos no es de conveniencia, dudosa por lo demás después
de los males que han azotado a Edipo y a sus hijos. Todo ésto
hace que no pueda ser creída por el ciudadano medio. Hemón
cree en ella porque la ama, pero el suicidio muestra que no hay
en él un verdadero saber, aunque el de Antígona
lo inflame y sacuda. El pueblo la compadece porque ha mostrado
amor y por él es sacrificada aparentemente(6). Pero es
Hemón el verdadero sacrificado al amor. Este amor lo hace
entonar, como a Sócrates en el Fedro, la palinodia cuyo
objetivo último es la sabiduría. De una inusitada
forma, Hemón se ha hecho philo-sophos, pues ama, a través
de Antígona, la sabiduría que en ella reside.
Los discípulos veneran y aman a Sócrates, pero no
se disponen a morir con él. Y no es por haber conquistado--salvo
en el caso de Platón--una sabiduría propia que les
vete dicho acto por ajeno a la fronesis y a la paideia socrática,
sino porque no pueden identificarse con él. El maestro
se torna un paradigma inalcanzable. Fedón, Cebes, Critón
y los demás le lloran pero no se les ocurre acompañarlo.
Hemón acompaña a Antígona siguiendo un llamado
más fuerte: el de la ley cósmica que une a hombre
y mujer. Ella se ha vuelto la sabiduría femenina--diferente
de la sabiduría "masculina" de Atenea Parthenos,
caso inverso al de Sócrates, al cual se le ama por su saber
y por la virtud que éste engendra.
La egipcia Isis, regente de la vida y de la muerte, las griegas
Ceres y Proserpina, cobran cuerpo en la joven virgen. Tebas se
redime por medio de un sacrificio arcaico, pues la doncella que
lava las cualpas es acompañada por el joven que la desposará
en el otro mundo. El saber aniquila a quien lo obtiene, parece
decirnos Sófocles, al menos en un mundo en el cual el reconocimiento
de lo invisible y la obediencia a éste se han sustituído
por dictados humanos basados en la pura contingencia. El poder
que emana de esta virgen sabia aniquila a quien lo recibe en toda
su intensidad. El resto obedece a los cánones de la tragedia
griega.
En el juicio de Sócrates, éste interroga a Melito
de tal modo que se repiten los principales argumentos expuestos
por Hemón y Creonte: en toda Atenas, sólo Sócrates
parece ser capaz de corromper, como en toda Tebas, sólo
Antígona. En ambos casos, a través de ejemplos civiles
dados con toda conciencia. Sin embargo, se acusa a Sócrates
de no creer en los dioses del Estado y se condena a Antígona
por respetarlos a toda costa. Pero los mismos dioses se someten
a un orden interno del universo frente al cual se hacen contingentes
salvo si se les reconoce como sus custodios o símbolos.
Sócrates ha comprendido lo primero; Antígona lo
segundo, pero a ambos el saber los guía hacia el orden
oculto, en una sociedad donde el respeto a los dioses se acepta--y
aun impone--o se rechaza según los dictados del poder político.
Antígona podría repetir las palabras socráticas:
"Antes que el ciudado del cuerpo y de las riquezas, antes
que cualquier otro cuidado, es el del alma y su perfeccionamiento
(...) A mi juicio, el más grande de todos los males es
hacer lo que Anito hace en este momento que es trabajar para hacer
morir a un inocente"(7). Sócrates se sabe escogido
por un dios. Antígona también. Ambos, con el eterno
amor fati del sabio, pagarán el precio.
Sócrates cuenta en la Apología un hecho similar
al que sucede a Antígona, acaecido tras la batalla de las
Arginusas, en el cual Sócrates, siendo Senador, intervino
para imponer justicia. Aquí parecen contradecirse los criterios
de justicia sustentados por Sócrates y Antígona,
pues Sócrates salva del castigo a los generales atenienses
que, vencedores en la batalla naval, no habían enterrado
a los muertos(8).
Sucede sin embargo que el castigo a este acto--acto que en el
caso de Antígona constituye el verdadero crimen--se hubiera
basado en quebrantar las leyes ciudadanas en favor de la ira popular.
La injusticia consistiría en establecer leyes y quebrantarlas
según los vaivenes de la demagogia, aunque los deberes
para con los muertos sean sagrados.
Pero Sócrates es hombre y le concierne la vida pública.
Como personaje socrático femenino, Antígona se aplica
a reparar la injusticia en el nivel que le corresponde. Sócrates
no aprobó el desacato para con los muertos, sino que combatió
la incongruencia tras la cual se ocultaban conveniencias y caprichos.
A él corresponde reparar la transgresión de las
leyes. A ella, la transgresión de lo sagrado. Por eso no
pretende condenar a Creonte ni defenderse a toda costa, sino restaurar
diké allí donde le resulta posible. Y ambos pronuncian
ante la inminencia de la muerte frases muy similares, consecuencias
de seguir su verdad única: Antígona dice a Ismena:
"Tú has elegido vivir y yo morir"(9). Sócrates
dice: "Es tiempo para que nos retiremos de aquí, yo
para morir, ustedes para vivir. Entre ustedes y yo, ¿quién
lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe excepto el dios"(10).
Esta similitud en la letra, mayor aún en el espíritu,
muestra la esencial soledad de ambos ante lo ineluctable, que
se precipita como consecuencia de la actitud de cada uno. No parece
hybris la desesperación de Antígona al ser llevada
al sepulcro. La sabiduría le ha infundido un valor "inadecuado"
para su feminidad y le impide, al estar unida al amor, guardar
hasta el final la imperturbabilidad socrática e incluso
pretenderlo.
Pero Antígona no ha obrado por mero impulso. Sin mediar
una búsqueda de tipo socrático, ha llevado a cabo
una reflexión: ¿para qué realizar a toda
costa las honras fúnebres de Polinices, es decir, desobedecer
las leyes de la ciudad, aunque provengan de la cólera de
un autócrata? Pregunta crucial para cualquier ciudadano
griego, cuya relación con la polis confería sentido
a su vida. Es el mismo dilema socrático, sólo que
Sócrates emplea las leyes civiles para argumentar su propia
posición con respecto a los asuntos de la polis, y con
ayuda de su método de discusión, hacer valer su
opinión, o por lo menos que ésta golpee a sus opositores,
como ocurre en la Apología.
Antígona reflexiona en silencio. No es Aspasia ni Diótima,
liberadas del confinamiento por sus respectivas condiciones sociales--hetairas
ambas y tal vez sacerdotisa la segunda--pero razona con la misma
claridad(11). No trata de defender el orden aristocrático,
desplazado por la democracia, sino el orden cósmico, ancestral
y sagrado. Sócrates tampoco defendió la aristocracia,
como una interpretación sociologista pudiera proponer,
sino la eternidad de ciertos valores, su contenido universal,
frente al voluntarismo y el utilitarismo. Antígona defiende
el deber para con los ancestros y sus descendientes, valores también
perennes pues los ancestros constituyen una imagen del cosmos
que nos genera, de las raíces que nos atan al ser. Y sus
hermanos representan todo ésto en el mismo grado y sentido
que ella, hecho que los sitúa en un lugar diferente del
que pudieran algún día ocupar su marido e hijos.
Si utilizamos los términos de María Zambrano, diremos
que Antígona defiende el terreno de lo prenatal(12).
Llama también la atención su duda frente a la posible
justicia de los dioses. Toda actitud de sabiduría está
ligada a la duda, sea cual sea el resultado. Sócrates fue
acusado de no creer en los dioses porque conocía la pura
aparencialidad de éstos y les rendía exclusivamente
un homenaje ciudadano, pero, yendo más lejos, el verdadero
motivo de la acusación es la duda, perenne y corrosiva
de todo principio "conveniente" y no absoluto. Antígona
se asoma al misterio de la justicia cósmica en sus últimas
palabras: "¿Qué derecho de los dioses he transgredido?"(13)
Creonte se ha cuidado bien de cometer dicha transgresión
al emplear recursos que aprobaría un sofista, al desterrarla
del mundo de los vivos, eufemismo que encubre la sentencia de
muerte contra una joven virgen. Ella ha obedecido las leyes de
lo eterno, en apariencia aprobadas por los dioses, pero el último
velo parece descorrerse ante sus ojos: ellos no son los autores
ni los dueños de las leyes, las cuales provienen de algo
más hondo y terrible, de aquello en lo cual Sócrates
se adentró a través de lo único accesible
al hombre: los valores y su naturaleza.
Job podría esclarecer mucho mejor el problema mediante
el Deus Absconditus, cuya voz llega a escuchar, el cual hace trizas
la aparencialidad de las leyes y la recompensa o el castigo condicionados
por ellas. Sócrates no teme a los dioses, sino sólo
a las esencias cósmicas que porta en sí mismo como
microcosmos. Al igual que Demócrito, Jenófanes o
Parménides, ha descubierto que las leyes cósmicas
no dependen de los dioses, ligados a la pura contingencia. Aunque
sus respectivas concepciones los diferencian, este hallazgo los
vincula en la filo-sofía, porque no fue un descubrimiento
individual, sino de la sabiduría griega, de la conciencia
colectiva. Antígona llega hasta el umbral de este descubrimiento,
impulsada por la ley que cumple. El resto lo sabrá pronto,
más allá de la muerte.
Pero no puede vislumbrarse, ni siquiera intuirse tal cosa sin
sentir de golpe lo trágico de la condición humana.
Sócrates, hombre con derechos civiles, viejo y triunfante
en una larga búsqueda, bebe la cicuta con perfecta indiferencia
frente a lo aparencial. Antígona, mujer, joven, virgen
e impulsada por una luz sagrada, teme a los poderes que se desencadenan
por ella y frente a ella, pues su instinto es lo suficientemente
sabio para entender que la calma y el equilibrio de la razón
no hacen mermar la terrrible fuerza de lo trágico, ante
el que resultan idénticos el llanto y la serenidad.
El sereno anciano Sócrates y la doliente doncella Antígona
están en definitiva hermanados por la misma suerte, por
aquello que a los ojos del hombre común constituye la culpa,
por la sabiduría esencial expresada en el actuar, pase
lo que pase, conforme a la ley cósmica que contradice lo
aparencial, la doxa unida a éste. Sócrates despierta
un sagrado respeto. Antígona, también la compasión.
Pero pese a las diferencias, ambos muestran que no pueden violarse
impunemente los límites dentro de los cuales se mueve el
hombre común. La verdadera tragedia de ambos no es la muerte
sino la soledad, la incomunicabilidad del saber que los distancia
de sus semejantes, sin importar que despierten simpatía
o rechazo. Y la misma suerte correrá todo aquel a quien
el cosmos haya proporcionado un saber análogo, por la vía
que fuere. Esta tragedia puede ser asumida de varias formas por
el héroe, pero lo dejará siempre inerme frente a
la pura contingencia que ha logrado rebasar.
La República platónica, entre otros significados,
constituye una larga reflexión al respecto, cuando en el
libro II se concluye que la justicia se sufre, no se elige; es
un don, no una conquista del hombre, y la posibilidad de entender
ésto supone un saber no común. En el libro VII se
advierte también que el precio va más allá
de la soledad. Ciencia y virtud son inseparables y quien las posee
quedará tarde o temprano privado de habitar en el reino
de los vivos, quienes intuyen el peso terrible de un don que se
niegan a compartir con quien lo ha obtenido o tolerar siquiera,
quizás porque temen carecer de fuerza suficiente para ello.
Esta privación se manifiesta en vida en la irremisible
contradicción con la mayoría de los hombres, conflicto
que, en su forma más radical, genera la condena a la cicuta
o al sepulcro. La estirpe socrática no sigue un sólo
modelo, sino que existe siempre de forma concreta. Podrá
variar su reacción frente a lo trágico, pero lo
padecerá siempre, porque no asume la existencia como un
fin en sí misma, sino en función de un principio,
de una totalidad que se revela al cabo como paradójica(14).
De un curioso modo, Sócrates y Antígona resultan,
en sus respectivos contextos, los dos únicos seres realmente
libres porque conocen y asumen esa dependencia, ese telos. Pero
según anunciara Anaximandro, pagarán con el retorno
al apeiron su desprendimiento de éste, o mejor, su autonomía
moral, la única posible para el hombre.
Lourdes Rensoli Laliga
Madrid, mayo de 1996.