LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DEL MERCADO

 

José Penalva Buitrago*

 

 

 

Resumen

 

Ante la llamada “crisis del Estado de bienestar”, la corriente neoliberal sostiene que son los Nuevos Movimientos Sociales los que han de ocuparse del cumplimiento del deber de la Justicia; arguyen que ha fracasado el intento de institucionalizar la “justicia” a través de cauces estatales, y por tanto deben reducirse las funciones del Estado a un mínimo. Este planteamiento asume una falsa dualidad de lógicas de la acción social, a saber: que la dinámica de los “movimientos sociales” (lógica de la justicia y de la solidaridad), es totalmente distinta a la del mundo económico (lógica del beneficio).

Sin embargo, la actividad de las empresas tiene repercusiones sociales (sobre los consumidores, los trabajadores, el medio ambiente,...) y, por tanto, también deben ser sometidas al proceso de legitimación pública. En este sentido, una tarea urgente es implantar la “responsabilidad social” en el ámbito económico; buscar un modelo ético que pueda resistir las grandes dificultades que plantean los nuevos parámetros del mercado, para que no produzcan más “excluidos”; sustituir la “cultura del conflicto” por la “cultura de la cooperación”.

            En este trabajo abordamos esta problemática. Analizamos, en primer lugar, el modo en que la corriente neoliberal encara la llamada “crisis del Estado de bienestar”. A continuación intentamos reconstruir la responsabilidad social del mercado a través de la dimensión ética de las instituciones económicas y, en concreto, a través de la actividad empresarial. Concluimos exponiendo algunas vías de institucionalización de la responsabilidad social en la empresa, como la Asesoría ética y el Balance Moral.

 

1.     ¿Crisis del “Estado de bienestar” o de la “responsabilidad social”?

 

a) La “crisis del Estado de bienestar”

 

         La llamada “crisis del Estado de bienestar” ha sido aprovechada por la corriente política neoliberal para pedir la reducción de las funciones del Estado a un mínimo. Basan esta propuesta en la afirmación de que ha fracasado el intento de institucionalizar la “justicia” y la “solidaridad” a través de los cauces estatales, y concluyen que para superar esta crisis es preciso que el Estado intervenga lo menos posible en la economía, ya que los puros mecanismos del mercado y de la libre competencia llevan a nuestra sociedad hacia el progreso. Afirman que la alternativa más clara es sustituir el valor de la institucionalización de la solidaridad por la eficiencia y la competitividad, y el respeto a la libertad individual y a la libre iniciativa. Se necesitan, pues, ciudadanos innovadores más que solidarios.

         Para mayor abundamiento, los agentes económicos se ven cada vez más impotentes para subsistir en la competencia internacional. La globalización de la economía y de las finanzas, el incremento de poder de los grandes bancos y multinacionales, hace más difícil la lucha en el mercado. Ante semejante tarea, la inercia de las empresas es buscar la competitividad a costa de reducir las prestaciones sociales, generando así mayores problemas, como la precarización del trabajo[1].

         Haciendo juego con el anterior marco político y económico, la propia corriente neoliberal viene aclamando a los “movimientos sociales” (o “tercer sector”) para cubrir los problemas sociales que el marco político y económico no puede cubrir. Estas organizaciones tienen, en este modelo de acción, la función de eliminar en la medida de lo posible los desperfectos que la “maquinaria” de la economía va originando. De este modo, los movimientos sociales vendrían a cumplir la función de “colchón”, eliminando la creciente tensión social que produciría una sociedad con demasiados “excluidos”.

Esta corriente neoliberal es la ideología vigente. La llamada Tercera vía no es una alternativa real[2]. La “Tercera vía”, idea elaborada por el sociólogo británico A. Giddens[3] y adoptada por Tony Blair[4], y, más tarde, por líderes socialdemócratas como el alemán Schröder, el italiano D´Alema o el brasileño Cardoso[5], es una pretensión de armonizar las exigencias del mercado internacional con la resolución de los problemas sociales que se van agravando desde hace 20 años. No obstante, se trata más bien de una “fórmula publicitaria” (Touraine[6]), que responde a una “política pragmática” (F. Vallespín[7]) más que ideológica, propia del “nuevo centro” (D. Innerarity[8]) amplio y difuso, por el que todos los partidos políticos parecen competir. Como afirma A. Touraine:

«no abre una vía nueva». «Hay dos formas de evaluar la tercera vía. O es un anuncio de la reaparición de los temas propios de la izquierda en un mundo dominado por políticas de derecha, o, lo que me parece más propio, el modo que tienen los políticos de centro izquierda de hacer una política de centro derecha»[9]

 

Las medidas políticas de esta vía se están haciendo sin tocar la nueva economía, que sigue dejada de la mano del orden espontáneo del mercado sin apenas interferencia de la política. Así, pues, la economía de mercado continua campando prepotentemente[10].

        

b)    Dualidad de lógicas en la acción social.

 

         La perspectiva neoliberal participa de un prejuicio: admite que una cosa es la dinámica de los “movimientos sociales”, y otra cosa totalmente distinta es la dinámica del mundo económico. La lógica de los primeros es la del sentimiento de solidaridad, la lógica del segundo es la del beneficio puro y rápido. De esta manera, se acaba dando por sentado que nuestras sociedades participan de dos lógicas dicotómicas: la de las instituciones políticas y económicas, y la de las organizaciones no gubernamentales; la del beneficio y la de la beneficencia; la de lo “socialmente neutro” y la de lo “socialmente comprometido”.

         Esta dualidad de lógicas de la acción social es falsa. Es evidente que los movimientos sociales tienen una función pública irrenunciable, pero no es menos cierto que la actividad de las empresas tiene repercusiones sociales (sobre los consumidores, sobre los trabajadores,... y sobre el medio ambiente). En consecuencia, también las empresas desempeñan una función pública, guste o no. Por tanto, igual que las acciones políticas se legitiman o deslegitiman públicamente, en orden a unos valores morales, también las empresas deben ser sometidas al proceso de legitimación pública. La típica distinción entre “sector privado” (empresa) y “sector público” (política, movimientos sociales) no supera el examen de la realidad[11]. Toda actividad social tiene repercusiones públicas. Y si tiene repercusiones sociales, debe ser responsable de su actividad. Por eso, la dinámica de la empresa es necesariamente ética, y las empresas inmorales no son, en consecuencia, auténticas empresas.

         Resumiendo, la transformación moral de una sociedad exige proclamar y defender la autonomía en el ámbito público, pero de los tres sectores: político, económico, y social. Los tres son necesarios, y no puede estar supeditado el uno a los otros. Y la autonomía reclama la responsabilidad pública de los tres sectores.

 

c) Potenciación de la sociedad civil

 

Asimismo, la corriente neoliberal incurre en otra confusión no menos grave. Confunde “bienestar” con “justicia”. No es lo mismo hablar de “Estado de bienestar” que de “Estado de justicia” (o Estado social de derecho). El Estado liberal se compromete a garantizar la libertad de los ciudadanos, mientras que el Estado social de derecho incluye en el sistema de derechos fundamentales, no sólo las libertades clásicas, sino también los derechos económicos, sociales y culturales[12].

Así, pues, a pesar de la existencia de una llamada “crisis del Estado de bienestar”, hay una dimensión del Estado de bienestar que nadie está dispuesto a desechar: la justicia. Por eso, la alternativa a la crisis no es el individualismo ni el liberalismo salvaje. La eliminación de las desigualdades sigue siendo una tarea irrenunciable, y no puede dejarse en manos de un mercado, por esencia incapaz de igualar. El camino para reforzar un Estado de justicia pasa por el fortalecimiento de la “sociedad civil”, que incluye, por una parte, la defensa de la autonomía y el reclamo de la responsabilidad de los tres sectores (político, económico y social), y, por otra parte, la potenciación de la participación de los ciudadanos en cualquier actividad profesional.

 

2.     La dimensión ética de las instituciones económicas

 

         Hemos visto que la corriente neoliberal elimina el reto de la responsabilidad social y deja al mercado a su libre juego, con lo que se desentiende de los problemas que él mismo origina. De otro lado, el contexto de la economía postcapitalista descarta la postura utópica que espera que el capitalismo evolucione al sistema socialista. Asimismo, la socialdemocracia se encuentra anegada, y sus representantes buscan incesantemente una renovación de sus planteamientos.

En este estado de cosas, la postura más realista es dinamizar la dimensión ética de las instituciones económicas a través de sus profesionales, con el objetivo de corregir los mecanismos que producen injusticia en las diversas esferas de la economía. Hablamos, pues, de una transformación progresiva del capitalismo desde una inspiración ética, más allá del dualismo capitalismo-socialismo, pero, a la vez, sin caer ni en una legitimación del sistema económico actual, ni en utopías inoperantes.

Esta posición, que la entendemos realista, debe defenderse de dos antagonistas. En primer lugar, de aquellos que sostienen que esta postura supone un flirteo benevolente con el capitalismo. Y, en segundo lugar, de aquellos que mantienen que el capitalismo no soporta la moral. Frente al primer grupo de antagonistas es preciso decir que es señal de realismo y de una sana inspiración ética la apuesta efectiva por la búsqueda de soluciones a los problemas concretos, aunque, evidentemente, ningún camino carece de interrogantes y dificultades. En este sentido se orienta la llamada “ética de las profesiones”, “ética de las instituciones”, “ética de la responsabilidad”, o “ética aplicada”[13]. Como afirma en este orden cosas Lipovetsky:

«mejor acciones “interesadas” pero capaces de mejorar la suerte de los hombres que buenas voluntades incompetentes. (...) más que un “suplemento de alma” necesitamos nuevas políticas voluntaristas, organizaciones inteligentes, sistemas de formación para todos adaptadas a la aceleración de los cambios. (...) ¿A qué conducen las grandes declaraciones firmadas no seguidas de efectos o contradichas por sus acciones? (...) No son las profesiones de fe éticas, los panegíricos a favor de los derechos del hombre y de la generosidad los que acabarán con la xenofobia y la miseria, con las agresiones contra el entorno, las desviaciones mediáticas. Se necesitarán políticas y empresas inteligentes, más formación, responsabilización y calificación profesional, más ciencia y técnica.». Por tanto, «abogamos aquí por la causa de las éticas inteligentes y aplicadas, menos preocupadas por las intenciones puras que por los resultados benéficos para el hombre, menos idealistas que reformadoras, menos adeptas a lo absoluto que a los cambios realistas, menos conminatorias que responsabilizadoras.»[14].

 

         Ante el segundo grupo de antagonistas, aquellos que sostienen que el capitalismo se contradice con la moral, o, en otras palabras, que la economía excluye cualquier tipo de moralidad, hay que declarar que el desarrollo del capitalismo siempre ha estado ligado a alguna forma de concepción moral[15]. En defensa de esta afirmación exponemos a continuación algunas concepciones éticas del capitalismo [16]:

 

1.     El empresario burgués y la ética protestante (Weber[17]). La legitimidad del capitalismo proviene de un sistema de recompensas enraizado en el trabajo como cimiento moral de la sociedad. Se acrecienta así el interés terrenal de los individuos, pero todo ello dentro de una valoración ética, incluso religiosa, de la vida profesional.

 

2.     El interés propio y la “mano invisible”. El mecanismo del sistema económico crea, desde sí mismo, bienestar y armonía, permitiendo que la tendencia al interés privado de cada individuo produzca el bien de todos. En La riqueza de las naciones[18], Smith dice que ese mecanismo puramente económico ha de completarse con un marco ético y político. En Teoría de los sentimientos morales[19], dice que el interés propio de los individuos permanece ligado al sentimiento natural de simpatía.

 

3.     El principio de utilidad y sus límites (el utilitarismo de Benthan y J.S. Mill). Racionalidad como eficiencia. El criterio es el mayor bienestar para el mayor número.

 

4.     La justicia como equidad (Rawls[20]). Es una concepción de economía política para superar la noción utilitarista de “bienestar” y la teoría de la “elección social”. El centro de atención de Rawls es la justicia distributiva: se trata de saber cómo se distribuyen los derechos y deberes en las instituciones sociales, y de qué modo pueden conseguirse las máximas ventajas para la cooperación social. El principio de aplicación: “todos los valores sociales deben distribuirse igualitariamente a menos que una distribución desigual de alguno o de todos estos valores sea ventajosa para todos”.

 

5.     El mercado como juego (Garay[21]). Concibe el juego[22] como un tipo de lenguaje, expresado a través de acciones[23]. La ética del juego tiene los siguientes elementos:

·        El fin del juego es la vida buena (Aristóteles).

·        Igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Se trata de una sumisión absoluta a la norma para que el juego sea posible.

·        El juego procede de un conjunto de decisiones que tienen un rasgo común: coinciden en los fines. El otro lado de la promesa es la confianza.

·        El juego se corrompe cuando no se respetan las condiciones de juego[24].

 

6.     La Economía Social de Ulrich[25]. Su perspectiva busca una nueva cultura empresarial cuyos valores no vienen impuestos por el orden funcional (técnico) ni el institucional-político (administrativo), sino por la racionalización comunicativa del mundo de la vida.

 

7.     Ética y economía en A. Sen. Afirma que la economía moderna se ha visto empobrecida sustancialmente por el distanciamiento entre economía y ética, y la focalización en el sentimiento egoísta[26]. Su intención es mostrar que, aunque el enfoque técnico tiene mucho que ofrecer a la economía, también debe encontrar un lugar en la economía la visión ética de la motivación y del logro social[27]. Sostiene, además, que la economía se puede hacer más productiva prestando una atención mayor y más explícita a las consideraciones éticas.

 

3. Reconstrucción del mercado desde la actividad empresarial

 

         Lo que venimos buscando a lo largo de este estudio es la reconstrucción de la responsabilidad social del mercado, y, para ello, hemos afirmado la potenciación de la dimensión ética de las instituciones económicas y de sus profesionales. Esta tarea, en síntesis, asume el reto de conciliar la eficiencia funcional propia del mecanismo económico, con la responsabilidad social propia de la reivindicación ética[28]. Se trata, en otros términos, de responder de forma distinta a la llamada crisis del estado de bienestar, no abandonando la “responsabilidad social”, como sostiene la vertiente neoliberal, sino más bien integrando esta responsabilidad en un marco ético de actuación e integrarla en el mecanismo económico.

Para avanzar en la vía de la reconstrucción social del mercado a través de la empresa es importante percatarse de que las nuevas situaciones conflictivas de la economía postcapitalista se han desplazado desde el interior de la empresa a otros campos. Empeñarse en seguir haciendo de la empresa un lugar de “lucha de clases” es quedar atascado por una ceguera ideológica. En la empresa comienza a jugar un papel decisivo la organización y su capacidad estratégica para responder innovadoramente al reto competitivo del mercado y del desarrollo tecnológico. La organización se convierte, pues, en la fuente dominante de poder, en detrimento de la propiedad. Es la época de las organizaciones[29]. Las sociedades postindustriales son dinámicas, y necesitan que las organizaciones abandonen la rígida estratificación y jerarquización de sus funciones. La dinámica de la sociedad obliga a que las organizaciones sean “inteligentes”, es decir, que estén abiertas al aprendizaje continuo[30]. Ello obliga a replantear el concepto de gestión. Resumimos a continuación los principales rasgos de “las organizaciones inteligentes”:

1.     Colaboración de los diversos especialistas. Y para que exista comunicación entre ellos, es necesario que el poder esté descentralizado. Nadie puede apoderarse del poder. El equipo tiene la realidad del poder.

2.     Para que la organización sea creativa, ha de estar integrada por personas libres, democráticas y voluntarias.

3.     La creatividad exige que los grupos estén compuestos por individualidades muy diferenciadas. Es necesario, pues, cultivar la diferencia y la peculiariedad de los individuos y grupos.

4.     Por tanto, los individuos deben ser autónomos.

5.     En las organizaciones de la innovación todo hay que diseñarlo y proyectarlo continuamente. No hay verdades o valores que tengan garantía externa a los individuos y al grupo. El equipo debe diseñar imágenes de futuro a corto, medio y largo plazo. Por suerte o por desgracia, el grupo es dueño y creador de su destino.

 

Esto implica el desarrollo de una nueva cultura empresarial; no se trata de introducir cambios técnicos, ni de promociones internas, sino que trata de cambiar la mentalidad, modificar la relación del individuo consigo mismo y con el grupo. El nuevo modelo de empresa presenta unas características que favorecen la “cooperación” en la organización. Estas características son:

 

1.     Responsabilidad por el futuro. Necesidad de la gestión a largo plazo[31]. Imperativo ecológico: necesidad de dejar un mundo sano a las generaciones futuras[32]. La gestión a largo plazo implica la inversión en la formación de personas, y la formación de una organización sólida, donde se den las condiciones para que las personas sean interlocutores válidos. 

2.     Desarrollo de la capacidad comunicativa: toda organización debe legitimarse ante la sociedad, y debe hacerlo comunicativamente.

3.     Identificación de los individuos y de las firmas. Crear un sentido de pertenencia entre sus miembros, y, a la vez, una confianza en el público.

4.     Desarrollo de una cultura empresarial.

5.     Personalizar la empresa ante los consumidores: crear un “capital-simpatía”, una sintonía con los consumidores. El marketing debe convencer, no sólo persuadir. No basta la publicidad de empresa; se impone el imperativo de personalización de las firmas.

6.     La imagen de la “empresa eficiente” ha sido sustituida por la “confianza entre firma y público, como sucede con la imagen ecológica de las firmas.

 

Una empresa de este tipo debe hacer frente a la complejidad del mercado, no sólo mediante la innovación permanente, sino también mediante la innovación “moral”. El reto de la ética en el ámbito de la empresa consiste en ser capaces de incorporar el espíritu de cooperación en la organización técnica.


 

4. Hacia una ética empresarial

 

a)    Necesidad de la ética de la empresa

 

En la actualidad, la empresa constituye uno de los temas centrales de nuestro tiempo. Y ello porque, según los expertos, es la nuestra una época managerial, y nuestra sociedad, una sociedad de organizaciones, en la que la empresa constituye el paradigma de todas las restantes. De suerte que algunos llegan a afirmar que si la salvación de los hombres ya no puede esperarse únicamente de la sociedad, como quería la tradición rousseauniana, ni tampoco del Estado, como pretendía el “socialismo real” de los países del Este, ni, por último, de la conversión del corazón, de la que hablaba cierta tradición kantiana, es una transformación de las organizaciones la que puede salvarnos, siendo entre ellas la empresa la ejemplar.

Además, hoy en día la empresa necesita del consentimiento de la sociedad para poder actuar. Su legitimación social depende de la capacidad de respuesta a los problemas de la sociedad, así como de los bienes y servicios que pueda aportar por su utilización eficiente de determinados recursos escasos[33]. Así, pues, la empresa debe gozar de credibilidad ante la sociedad, y de su cumplimiento deriva la responsabilidad social de la empresa. En este sentido, la ética oferta la posibilidad de ayudar a la empresa a recuperar el sentido de la actividad que le es propia[34].

         La implantación de la responsabilidad social en el ámbito económico necesita de un modelo de empresa que pueda resistir las grandes dificultades que plantean los nuevos parámetros del mercado, para que no produzcan más “excluidos”, un modelo de empresa que sustituya la “cultura del conflicto” por la “cultura de la cooperación”, que incluya además de los beneficios materiales, otros inmateriales. Una empresa responsable es, pues, el factor clave para transformar el capitalismo. Con ello la transformación de este sistema económico no se hace sólo desde sus márgenes (tarea que cumplen los “movimientos sociales”), sino también, y sobre todo, desde el centro[35].

 

b)    Posibilidad de una ética empresarial

 

 

La ética es un tipo de saber que orienta la acción humana en un sentido racional. Para actuar racionalmente en el conjunto de la vida es preciso saber ordenar las metas de nuestra vida inteligentemente. A nivel de una organización empresarial, como es el caso que nos ocupa, ésta queda legitimada ante la sociedad por un fin social. La primera labor que la ética se propone hacer en el ámbito empresarial es, pues, el de reflexionar sobre cuáles son los bienes internos a esta actividad.

A este propósito ha contribuido MacIntyre[36] con su análisis de la estructura de las actividades sociales. Recogiendo el concepto de práxis (acción que tiene incluido en ella su propio fin) de Aristóteles, entiende por práctica aquella actividad social que se caracteriza por tender a alcanzar unos bienes que le son internos. Estos bienes le dan sentido y legitimidad social. Por tanto, según McIntyre, quien ingresa en estas actividades no puede proponerse una meta cualquiera; no podemos inventar los fines de una profesión, porque ya procede de una tradición que conviene conocer. Según este autor, una profesión se desvirtúa si el que la ejerce cambia los bienes internos por “bienes externos”, como el dinero, el prestigio o el poder.

Posteriormente, la ética empresarial se plantea el problema de cómo incorporar esos valores a la organización. Para ello, es decir, para convertir en cultura los valores propios de la actividad empresarial, la ética deberá reflexionar sobre los medios adecuados para actuar en esa dirección, así como de la estrategia necesaria para convertir en hábitos de la organización esos nuevos valores.

 

c) Niveles de una ética empresarial

 

La “ética de la empresa” es un término muy genérico que engloba una realidad compleja, y que, por tanto, conviene delimitar para no llevar a confusión. Podemos distinguir tres niveles en la ética empresarial[37]:

 

1.     Nivel micro. La microética versa sobre las normas de intercambio justo entre dos individuos. Es una parte de la ética tradicional: la naturaleza de las obligaciones, las intenciones, las consecuencias de las acciones, la fundamentación de los derechos. Lo peculiar de este nivel es la idea de intercambio justo y la noción de salario justo. Aquí entra en juego la noción aristotélica de justicia “conmutativa”.

 

2.     Nivel macro o normas institucionales o culturales del comercio para toda una sociedad. La macroética está integrada por cuestiones más amplias como la justicia, la legitimidad o la naturaleza de la sociedad: ¿cuál es el objeto del “libre mercado”? ¿Es “justo” el sistema de libre mercado? ¿Cuál es la función del gobierno en la vida empresarial?, etc.

 

3.     Nivel molar. Este área versa sobre la unidad básica del comercio: la corporación. Sus cuestiones están dirigidas a los directivos y empleados. En concreto, son cuestiones relativas a la función de la corporación en la sociedad y al papel del individuo en la corporación.

 

d) Modelos de ética empresarial

 

         Exponemos a continuación los principales modelos de ética empresarial, aunque no con la pretensión de abarcar el complejo abanico de la cada vez más floreciente literatura de ética de la empresa[38]. Limitamos la extensa bibliografía en razón de la simplicidad del esquema:

 

1.     Modelo del proceso argumentativo[39]. Consiste en generar recursos para que las personas puedan tomar mejores decisiones. La ética se inserta, así, en el proceso de argumentación, ayudando a determinar los términos de la discusión y a llegar a acuerdos justificados. De este modo, la ética de la empresa es vista como un modo de resolver moralmente conflictos de acción[40].

 

2.     Modelo de las relaciones. La ética de los negocios trata de las relaciones externas de las empresas con sus clientes, proveedores, poderes públicos, etc., y de las relaciones internas entre personas en la empresa. Se trata en ella de optar por un modelo de cooperación[41].

 

3.     Ética de la dirección y la gestión[42]. Hace énfasis en los procesos de toma de decisión y de la comprensión de la finalidad de la organización. Entre estas finalidades se incluye la responsabilidad social. Tiene una perspectiva fundamentalmente directiva de la responsabilidad social de la organización. Las dos preguntas clave son: qué tipo de directivos, y qué tipo de organizaciones. Aquí tienen cabida los Códigos éticos[43].

 

4.     Ética de las instituciones[44]. La empresa es vista como una institución, es decir, como un conjunto social que encarna unos valores que han de impregnar toda su actividad. La estructura organizativa de la empresa descansa sobre la base de un mundo vital como comunidad moral en la empresa.

 

5.     Ética de la comunidad empresarial[45]. Para esta vertiente la ética empresarial plantea los siguientes retos:

·        Una ética de la responsabilidad convencida. Ha de considerar las consecuencias de sus decisiones, en orden a la finalidad por la que la empresa existe: satisfacer necesidades humanas.

·        La empresa queda deslegitimada si olvida su finalidad, que es servir a los consumidores. Los consumidores son interlocutores válidos y una ética de la empresa exige tener en cuenta sus intereses a través de mecanismos de participación efectiva.

·        Los miembros de la empresa son también interlocutores válidos, cuyos derechos tienen que ser respetados. Por eso, la cooperación ha de suplir al conflicto.

·        Los miembros de la empresa han de cumplir con sus obligaciones y corresponsabilidad por la marcha de la empresa. Por eso, la corresponsabilidad ha de suplir a la apatía.

·        La empresa ha de tenerse al marco de justicia, no sólo legal, sino ante todo moral.

 

5. La Asesoría ética y el Balance Moral como vías de institucionalización de la responsabilidad social en la empresa

 

         Exponemos a continuación algunas formas de institucionalización de la responsabilidad social en la empresas, como la Asesoría ética y el Balance Moral. Existen otras formas, como los Credos Corporativos, los Programas de ética, la Auditoría ética, los Comités éticos o la figura del Ombudsman, que no desarrollamos aquí.

 

a)    Asesoría ética en la empresa

 

La finalidad de esta asesoría es la institucionalización de la ética en la empresa[46]. Este enfoque se apoya en el hecho de que la empresa tiene ya una dimensión moral, derivado de su necesidad de legitimación ante la sociedad, como institución social que es. El objetivo de la asesoría ética sería el de ayudar a la resolución de conflictos, y ello de un modo consensuado. De ahí que los niveles de la asesoría ética sean:

1.     Aclaración de conceptos básicos de la racionalidad económico-empresarial.

2.     Concretar el ideal de unir eficacia-justicia en normas, valores, y recomendaciones.

3.     Aplicar estas normas a los casos concretos.

 

Las formas que una asesoría ética empresarial puede adoptar son las siguientes:

 

1.     Asesoría indirecta. Se realiza en la empresa pero con un carácter general, sin tener en cuenta los problemas concretos y sus condicionamientos. Puede ser:

         a) Código ético:

                   - filosofía empresarial

                   - cultura empresarial

                   - política empresarial

         b) Management ético

         c) Valoración ética

 

2. Asesoría directa: el comité ético.

 

FUNCIÓN

1) Vigilar el cumplimiento del código ético. Supervisar las decisiones éticamente relevantes.

2) Aplicar las líneas generales de la filosofía empresarial a los casos concretos.

3) Ser un centro de iniciativas para la resolución de conflictos.

FORMAS

1) Consejo ético

2) Juicio ético

3) Examen ético

MÉTODO

- No aplicar de modo deductivo principios y normas generales, sino explicitar los valores y normas de cada situación.

- Para ello, tiene que introducir en la discusión (o proceso de toma de decisiones) la dimensión ética.

- El primer paso: aclaración de términos.

- Segundo: participar en la elaboración de alternativas, en su valoración, seguimiento.

TRABAJO INTERDISCIPLINAR

Para responder a situación concretas tiene que intervenir un equipo interdisciplinar.

 

b)    Balance Moral de las Empresas

 

El objetivo del Balance Moral es introducir la dimensión ética en la dirección y acciones empresariales como una dimensión clave de la rentabilidad de la empresa. Y ello mediante una reformulación en perspectiva ética de la noción clásica de balance social[47]. El balance social tiene por misión ofrecer información acerca del papel concreto que la empresa cumple en la sociedad, las consecuencias de su actividad, las prestaciones sociales que ofrece y los gastos sociales en los que incurre. Con ello pretende integrar lo económico y lo social[48]. Las estructura básica del balance ético queda diseñada en los siguientes pasos:

1.     Determinación de los grupos de interés. Los grupos de interés son todos aquellos que directa o indirectamente están afectados por la actividad empresarial.

2.     Explicitación de los diferentes intereses que definen a cada uno de los grupos implicados.

3.     Concreción de estos intereses en forma de indicadores que permitan su sistematización y la medición del grado de satisfacción o cumplimiento.[49]

 

Es evidente que el Balance ético tiene cabida en un modelo de empresa como espacio de cooperación , y no como mera técnica de gestión y búsqueda del mero beneficio cuantitativo. La empresa es vista como una institución social que tiene como objetivo satisfacer necesidades humanas y como medio para ello el beneficio económico. Los Movimientos sociales pueden contribuir en este sentido mediante la publicación de un Balance Moral de las Empresas, donde describan los beneficios y costos que la actividad empresarial acarrea a la sociedad, denunciando públicamente a aquellas empresas que no cumplan con un mínimo de decencia en cuanto a sus responsabilidades sociales, y (¿por qué no?) premiando a las empresas ejemplares. A medio plazo, estos Balances obligarán a las empresas a introducir en sus estrategias de acción un planteamiento moral, si quieren obtener el beneficio en alza, a saber, el “capital-simpatía” de la sociedad.

 



* Profesor de Filosofía en el I.E.S. Narciso Mesa de Jódar (Jaén).

[1] P.F. DRUCKER, La sociedad poscapitalista, Barcelona 1993

[2] MARTÍN JACQUES (ed.), ¿Tercera Vía o neoliberalismo?, Icaria, Barcelona, 2000.

[3] A. GIDDENS, La Tercera Vía. La renovación de la socialdemocracia, Taurus, Madrid, 1999.

[4] TONY BLAIR, La Tercera Vía, El País-Aguilar, Madrid, 1998.

[5] Sobre la Tercera Vía en España: C. MALO DE MOLINA, La Tercera Vía en España, EDIMSA, Madrid, 1999.

[6] A TOURAINE: «Un acierto publicitario», en El País (28 mayo 2000).

[7] F. VALLESPÍN: «Socialismo posideológico», en El País (28 mayo 2000).

[8] D. INNERARITY: «La socialdemocracia liberal», en El País (1 junio 2000)

[9] A. TOURAINE: «Un acierto publicitario».

[10] «Para poder hablar de tercera vía habría que dotar a esta fórmula política al menos de unos elementos de contenido concretos. Tal vez lo más importante sea limitar lo que se denomina flexibilidad del empleo y qué significa su precarización. Lo que supone tanto una nueva política educativa como unas garantías laborales. Un segundo objetivo debe ser restablecer la parte que corresponde al trabajo en el producto nacional, parte que ha disminuido fuertemente en muchos países. Lo que significa que hay que situar la economía de mercado en una sociedad de producción y, al mismo tiempo, de redistribución. El tercer gran objetivo que, sin embargo, puede alcanzarse más fácilmente, es respetar mejor a todas las minorías, sea cual sea su definición: nacional, étnica, regional, religiosa, sexual...», A TOURAINE: «Un acierto publicitario».

[11] Cf. HABERMAS, Problemas de legitimación del capitalismo tardío, Amorrortu, Buenos Aires, 1975.

[12] A. CORTINA, Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía, Alianza, Madrid, 1997.

[13] K.O. APEL, La transformación de la filosofía, Taurus, Madrid, 1985; K.O. APEL (ed.), Ética comunicativa y democracia, Crítica, Barcelona 1991; A. CORTINA, Ética aplicada y democracia radical, Tecnos, Madrid, 1993; Ética de la sociedad civil, Anaya/Alauda, Madrid, 1994; LIPOVETSKY, o.c.; P. SINGER, Compendio de ética, Alianza, Madrid, 1995; H. JONAS, El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, Herder, Barcelona, 1995; J.L. FERNÁNDEZ y A. HORTAL (comp.), Ética de las profesiones, UPC, Madrid, 1994.

[14] G. LIPOVETSKY,  El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Anagrama, Barcelona, 1994 (2), pp. 17.19.

[15] Cf. HABERMAS, Ciencia y técnica como “ideología”, Madrid, 1984. Para un análisis de los supuestos filosóficos que subyacen a la economía moderna: POLANYI, La gran transformación, Endymion, Madrid, 1989; D. MEDÁ, El trabajo. Un valor en peligro de extinción, Gedisa, Barcelona 1988; A. GORZ, La metamorfosis del trabajo, Fund. Sistema, Madrid, 1994.

[16] Para una exposición de las distintas éticas del capitalismo: J. CONILL:  «Marco ético-económico de la empresa moderna», en A. Cortina (coord.), Ética e la empresa. Claves para una nueva cultura empresarial, Trotta, Madrid, 1994, 51-69. Para algunas claves del surgimiento de la ética de la economía en España: E. LAMO DE ESPINOSA: «Corrupción política y ética económica», en A. Cortina (dir.), Ética y empresa: una visión multidisciplinar, Ed. Fund. Argentaria – Visor Distr., Madrid, 1997, pp.269-283; J.L. FERNÁNDEZ, Ética para empresarios y directivos, ESIC, Madrid, 1994; A. CORTINA, Ética de la empresa, 51-74. A. CORTINA: «Presupuestos éticos del quehacer empresarial», en Rentabilidad de la ética para la empresa, Ed. Fund. Argentaria – Visor distr., Madrid, 1997, pp. 13-36.

[17] M. WEBER, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Península, Barcelona, 1975.

[18] A. SMITH, La riqueza de las naciones, FCE, México, 1982.

[19] A. SMITH, Teoría de los sentimientos morales, FCE, México, 1979.

[20] J. RAWLS, Teoría de la justicia, FCE, Madrid, 1978.

[21] JESÚS DE GARAY, El juego. Una ética para el mercado, Díaz de Santos S.A., Madrid, 1993.

[22] La concepción que tiene del juego se puede resumir en los siguientes términos: «El juego es un modo de relacionarse entre los hombres. En el cual todo es libre. En el juego, los jugadores deciden libremente que quieren jugar. Determinan con absoluta libertad cuáles han de ser las reglas del juego. Reglas que pueden modificar cuando lo deseen. Fijan cuál ha de ser el recinto de juego. Establecen un árbitro, al que conceden autoridad para interpretar las reglas, e incluso poder para sancionar a los tramposos.» Ibid., 139-140.

[23] Las características del juego como lenguaje son: 1) el juego es un lenguaje convencional, cuyos símbolos son fruto de la libertad; 2) la palabra que se da en el juego se asienta en la confianza en que la promesa será cumplida; 3) en el juego se manifiesta el poder de las capacidades de cada jugador; 4) el juego requiere de unas reglas y tiene lugar en un recinto. Cf. o.c. 165-172.

[24] «La primera condición es el respeto a la libertad de los demás. (...) En segundo lugar, las reglas han de aplicarse con estricta igualdad para todos los jugadores (...). En tercer lugar, el juego se corrompe si se incumplen las promesas.  Antes de iniciarse, el juego ha de contar con la decisión de todos y cada y cada uno de los jugadores de que se van a seguir unos determinados procedimientos. Han de comprometerse a jugar de una manera bien determinada y precisa. (...) La ética del juego se resume así: respeto absoluto a la libertad de los jugadores: segundo, igualdad de todos los jugadores ante las reglas; tercero, cumplimiento de las promesas. Si se omiten estas condiciones, se corrompe el juego y, por tanto, se destruyen todos sus beneficios.», o.c., 185-186.

[25] P. ULRICH, Transformation der ökonomischen Vernunft, Haupt, Bern, 1987

[26] «De hecho, en la economía moderna, es precisamente la reducción de la amplia visión smitheana de los seres humanos lo que puede considerarse como una de las mayores deficiencias de la teoría económica contemporánea.», A. SEN, Sobre ética y economía, Alianza, Madrid, 1997, 45.

[27] «Sería increíble si el egoísmo no desempeñara un papel bastante importante en muchas decisiones y, de hecho, las transacciones económicas normales se acabarían si el egoísmo no desempeñara un papel fundamental en nuestras elecciones. La cuestión real se encuentra en saber si es una pluralidad de motivaciones o exclusivamente el egoísmo lo que mueve a los seres humanos. (...) La mezcla del comportamiento egoísta con el no egoísta es una de las principales características de la lealtad al grupo, y esa mezcla se puede observar en una amplia variedad de asociaciones de grupo», o.c., 36-38.

[28] H. STEINMANN: «Ética empresarial: marco conceptual y problemas fundamentales; una opinión alemana», en A. Cortina, Ética y empresa: una visión multidisciplinar, Ed. Fund. Argentaria  Visor distr., Madrid, 1997, 71-88.

[29] P. DRUCKER, La gestión en un tiempo de grandes cambios, EDHASA, Barcelona, 1996; A. TOFFLER, El Impacto de los Cambios Sociales en la Empresa. La Dimensión Humana en la Empresa, Deusto, Bilbao, 1992; A. LLANO: «La empresa ante la nueva complejidad», en T. CALLEJA, El Humanismo en la Empresa, Rialp, Madrid, 1992.

[30] P. SENGE, La quinta disciplina. El arte y la práctica de la organización abierta al aprendizaje, Granica, Barcelona, 1996; G. ARCHIER y H. SÉRIEYX, La empresa del tercer tipo, Planeta, Barcelona, 1985; M. CORBÍ: «La persona y el grupo en un contexto dinámico de innovación», en E.M. Recio y J.M. Lozano, Persona y empresa. Libertad responsable o sujeción a las normas, Ed. Hispano Europea S.A., Barcelona, 1994, pp. 99-140; E.M. RECIO: «“La organización que aprende” como método para analizar la situación de la Persona en la Empresa», ibid., pp. 23-36.

[31] M. ALBERT, Capitalismo contra capitalismo, Paidós, Barcelona, 1992.

[32] H. JONAS, El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, Herder, Barcelona, 1995.

[33] J.A. MORENO: «Ética, empresa y Fundaciones», en A. CORTINA (dir.), Ética y empresa: una visión multidisciplinar, Ed. Fund. Argentaria – Visor distr., Madrid, 1997, 27-40; G. LIPOVETSKY: «Individualismo y solidaridad en la cultura empresarial», en A. Cortina, o.c., pp. 63-69; E. GONZÁLEZ (ed.), Ética y ecología. La gestión empresarial del medio ambiente, Universidad Jaume I, Castellón, 1999.

[34] E. GONZÁLEZ ESTEBAN: «Imagen social de la empresa: responsabilidad social y toma de decisiones empresariales», en Papeles de Ética, Economía y Dirección, nº 4 (1996), pp. 1-54.

[35] A. CORTINA (COORD.), Ética de la empresa. Claves para una nueva cultura empresarial, Trotta, Madrid, 1994;  E.M. RECIO y J.M. LOZANO (eds.), Persona y Empresa, Ed. Hispano Europea S.A., Barcelona 1994; G. LIPOVETSKY: «Las bodas de la ética y del business», en El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Ed. Anagrama, Barcelona 1994(2); A. CORTINA (dir.), Ética y empresa: una visión multidisciplinar, Ed. Fund. Argentaria – Visor distr., Madrid, 1997; A. CORTINA (dir.), Rentabilidad de la ética en la empresa, Ed. Fund. Argentaria – Visor distr., Madrid, 1997; A. CORTINA: «Ética de la empresa: sin ética no hay negocio», en Ética aplicada y democracia radical, Tecnos, Madrid, 1993; A. CORTINA y E. MARTÍNEZ: «Ética aplicada», en Ética, Akal, Madrid, 1996; J.L.