Ante la llamada “crisis del Estado de bienestar”, la corriente
neoliberal sostiene que son los Nuevos Movimientos Sociales los que han de
ocuparse del cumplimiento del deber de la Justicia; arguyen que ha fracasado el
intento de institucionalizar la “justicia” a través de cauces estatales, y por
tanto deben reducirse las funciones del Estado a un mínimo. Este planteamiento
asume una falsa dualidad de lógicas de la acción social, a saber: que la
dinámica de los “movimientos sociales” (lógica de la justicia y de la
solidaridad), es totalmente distinta a la del mundo económico (lógica del
beneficio).
Sin embargo, la actividad de las empresas tiene repercusiones
sociales (sobre los consumidores, los trabajadores, el medio ambiente,...) y,
por tanto, también deben ser sometidas al proceso de legitimación pública. En
este sentido, una tarea urgente es implantar la “responsabilidad social” en el
ámbito económico; buscar un modelo ético que pueda resistir las grandes
dificultades que plantean los nuevos parámetros del mercado, para que no
produzcan más “excluidos”; sustituir la “cultura del conflicto” por la “cultura
de la cooperación”.
1.
¿Crisis del
“Estado de bienestar” o de la “responsabilidad social”?
a) La “crisis del Estado de bienestar”
La llamada “crisis del Estado de bienestar” ha sido
aprovechada por la corriente política neoliberal para pedir la reducción de las
funciones del Estado a un mínimo. Basan esta propuesta en la afirmación de que
ha fracasado el intento de institucionalizar la “justicia” y la “solidaridad” a
través de los cauces estatales, y concluyen que para superar esta crisis es
preciso que el Estado intervenga lo menos posible en la economía, ya que los
puros mecanismos del mercado y de la libre competencia llevan a nuestra
sociedad hacia el progreso. Afirman que la alternativa más clara es sustituir
el valor de la institucionalización de la solidaridad por la eficiencia y la
competitividad, y el respeto a la libertad individual y a la libre iniciativa.
Se necesitan, pues, ciudadanos innovadores más que solidarios.
Para mayor abundamiento, los agentes económicos se ven cada
vez más impotentes para subsistir en la competencia internacional. La
globalización de la economía y de las finanzas, el incremento de poder de los
grandes bancos y multinacionales, hace más difícil la lucha en el mercado. Ante
semejante tarea, la inercia de las empresas es buscar la competitividad a costa
de reducir las prestaciones sociales, generando así mayores problemas, como la
precarización del trabajo[1].
Haciendo juego con el anterior marco político y económico,
la propia corriente neoliberal viene aclamando a los “movimientos sociales” (o
“tercer sector”) para cubrir los problemas sociales que el marco político y
económico no puede cubrir. Estas organizaciones tienen, en este modelo de
acción, la función de eliminar en la medida de lo posible los desperfectos que
la “maquinaria” de la economía va originando. De este modo, los movimientos
sociales vendrían a cumplir la función de “colchón”, eliminando la creciente
tensión social que produciría una sociedad con demasiados “excluidos”.
Esta corriente
neoliberal es la ideología vigente. La llamada Tercera vía no es una alternativa real[2].
La “Tercera vía”, idea elaborada por el sociólogo británico A. Giddens[3]
y adoptada por Tony Blair[4],
y, más tarde, por líderes socialdemócratas como el alemán Schröder, el italiano
D´Alema o el brasileño Cardoso[5],
es una pretensión de armonizar las exigencias del mercado internacional con la
resolución de los problemas sociales que se van agravando desde hace 20 años.
No obstante, se trata más bien de una “fórmula publicitaria” (Touraine[6]),
que responde a una “política pragmática” (F. Vallespín[7])
más que ideológica, propia del “nuevo centro” (D. Innerarity[8])
amplio y difuso, por el que todos los partidos políticos parecen competir. Como
afirma A. Touraine:
«no abre una vía nueva». «Hay dos formas de evaluar
la tercera vía. O es un anuncio de la
reaparición de los temas propios de la izquierda
en un mundo dominado por políticas de derecha, o, lo que me parece más propio,
el modo que tienen los políticos de centro izquierda de hacer una política de
centro derecha»[9]
Las medidas
políticas de esta vía se están
haciendo sin tocar la nueva economía,
que sigue dejada de la mano del orden espontáneo del mercado sin apenas
interferencia de la política. Así, pues, la economía de mercado continua
campando prepotentemente[10].
b)
Dualidad de
lógicas en la acción social.
La perspectiva neoliberal participa de un prejuicio: admite
que una cosa es la dinámica de los “movimientos sociales”, y otra cosa totalmente distinta es la dinámica del
mundo económico. La lógica de los primeros es la del sentimiento de
solidaridad, la lógica del segundo es la del beneficio puro y rápido. De esta
manera, se acaba dando por sentado que nuestras sociedades participan de dos
lógicas dicotómicas: la de las instituciones políticas y económicas, y la de
las organizaciones no gubernamentales; la del beneficio y la de la
beneficencia; la de lo “socialmente neutro” y la de lo “socialmente
comprometido”.
Esta dualidad de
lógicas de la acción social es falsa. Es evidente que los movimientos
sociales tienen una función pública irrenunciable, pero no es menos cierto que
la actividad de las empresas tiene repercusiones sociales (sobre los
consumidores, sobre los trabajadores,... y sobre el medio ambiente). En
consecuencia, también las empresas desempeñan una función pública, guste o no.
Por tanto, igual que las acciones políticas se legitiman o deslegitiman
públicamente, en orden a unos valores morales, también las empresas deben ser
sometidas al proceso de legitimación pública. La típica distinción entre
“sector privado” (empresa) y “sector público” (política, movimientos sociales)
no supera el examen de la realidad[11].
Toda actividad social tiene repercusiones públicas. Y si tiene repercusiones
sociales, debe ser responsable de su
actividad. Por eso, la dinámica de la empresa es necesariamente ética, y las
empresas inmorales no son, en consecuencia, auténticas empresas.
Resumiendo, la transformación moral de una sociedad exige
proclamar y defender la autonomía en el ámbito público, pero de los tres
sectores: político, económico, y social. Los tres son necesarios, y no puede
estar supeditado el uno a los otros. Y la autonomía reclama la responsabilidad
pública de los tres sectores.
c) Potenciación de la sociedad civil
Asimismo, la
corriente neoliberal incurre en otra confusión no menos grave. Confunde
“bienestar” con “justicia”. No es lo mismo hablar de “Estado de bienestar” que
de “Estado de justicia” (o Estado social de derecho). El Estado liberal se
compromete a garantizar la libertad de los ciudadanos, mientras que el Estado
social de derecho incluye en el sistema de derechos fundamentales, no sólo las
libertades clásicas, sino también los derechos económicos, sociales y
culturales[12].
Así, pues, a
pesar de la existencia de una llamada “crisis del Estado de bienestar”, hay una
dimensión del Estado de bienestar que nadie está dispuesto a desechar: la
justicia. Por eso, la alternativa a la crisis no es el individualismo ni el
liberalismo salvaje. La eliminación de las desigualdades sigue siendo una tarea
irrenunciable, y no puede dejarse en manos de un mercado, por esencia incapaz
de igualar. El camino para reforzar un Estado de justicia pasa por el
fortalecimiento de la “sociedad civil”, que incluye, por una parte, la defensa
de la autonomía y el reclamo de la responsabilidad de los tres sectores
(político, económico y social), y, por otra parte, la potenciación de la
participación de los ciudadanos en cualquier actividad profesional.
2.
La dimensión
ética de las instituciones económicas
Hemos visto que la corriente neoliberal elimina el reto de
la responsabilidad social y deja al
mercado a su libre juego, con lo que se desentiende de los problemas que él
mismo origina. De otro lado, el contexto de la economía postcapitalista descarta la postura utópica que espera que
el capitalismo evolucione al sistema socialista. Asimismo, la socialdemocracia
se encuentra anegada, y sus representantes buscan incesantemente una renovación
de sus planteamientos.
En este estado
de cosas, la postura más realista es dinamizar la dimensión ética de las instituciones económicas a través de sus
profesionales, con el objetivo de
corregir los mecanismos que producen injusticia en las diversas esferas de la
economía. Hablamos, pues, de una transformación progresiva del capitalismo
desde una inspiración ética, más allá del dualismo capitalismo-socialismo,
pero, a la vez, sin caer ni en una legitimación del sistema económico actual,
ni en utopías inoperantes.
Esta posición,
que la entendemos realista, debe defenderse de dos antagonistas. En primer
lugar, de aquellos que sostienen que esta postura supone un flirteo benevolente
con el capitalismo. Y, en segundo lugar, de aquellos que mantienen que el
capitalismo no soporta la moral. Frente al primer grupo de antagonistas es
preciso decir que es señal de realismo y de una sana inspiración ética la apuesta
efectiva por la búsqueda de soluciones a los problemas concretos, aunque,
evidentemente, ningún camino carece de interrogantes y dificultades. En este
sentido se orienta la llamada “ética de las profesiones”, “ética de las
instituciones”, “ética de la responsabilidad”, o “ética aplicada”[13].
Como afirma en este orden cosas Lipovetsky:
«mejor acciones
“interesadas” pero capaces de mejorar la suerte de los hombres que buenas
voluntades incompetentes. (...) más que un “suplemento de alma” necesitamos
nuevas políticas voluntaristas, organizaciones inteligentes, sistemas de
formación para todos adaptadas a la aceleración de los cambios. (...) ¿A qué
conducen las grandes declaraciones firmadas no seguidas de efectos o
contradichas por sus acciones? (...) No son las profesiones de fe éticas, los
panegíricos a favor de los derechos del hombre y de la generosidad los que
acabarán con la xenofobia y la miseria, con las agresiones contra el entorno,
las desviaciones mediáticas. Se necesitarán políticas y empresas inteligentes,
más formación, responsabilización y calificación profesional, más ciencia y
técnica.». Por tanto, «abogamos aquí por la causa de las éticas inteligentes y
aplicadas, menos preocupadas por las intenciones puras que por los resultados
benéficos para el hombre, menos idealistas que reformadoras, menos adeptas a lo
absoluto que a los cambios realistas, menos conminatorias que
responsabilizadoras.»[14].
Ante el segundo grupo de antagonistas, aquellos que
sostienen que el capitalismo se contradice con la moral, o, en otras palabras,
que la economía excluye cualquier tipo de moralidad, hay que declarar que el
desarrollo del capitalismo siempre ha estado ligado a alguna forma de
concepción moral[15]. En defensa
de esta afirmación exponemos a continuación algunas concepciones éticas del
capitalismo [16]:
1. El empresario
burgués y la ética protestante (Weber[17]).
La legitimidad del capitalismo proviene de un sistema de recompensas enraizado
en el trabajo como cimiento moral de la sociedad. Se acrecienta así el interés
terrenal de los individuos, pero todo ello dentro de una valoración ética,
incluso religiosa, de la vida profesional.
2. El interés
propio y la “mano invisible”. El mecanismo del sistema económico crea, desde sí
mismo, bienestar y armonía, permitiendo que la tendencia al interés privado de
cada individuo produzca el bien de todos. En La riqueza de las naciones[18],
Smith dice que ese mecanismo puramente económico ha de completarse con un marco
ético y político. En Teoría de los
sentimientos morales[19],
dice que el interés propio de los individuos permanece ligado al sentimiento
natural de simpatía.
3. El principio de
utilidad y sus límites (el utilitarismo de Benthan y J.S. Mill). Racionalidad
como eficiencia. El criterio es el mayor bienestar para el mayor número.
4. La justicia
como equidad (Rawls[20]).
Es una concepción de economía política para superar la noción utilitarista de
“bienestar” y la teoría de la “elección social”. El centro de atención de Rawls
es la justicia distributiva: se trata
de saber cómo se distribuyen los derechos y deberes en las instituciones
sociales, y de qué modo pueden conseguirse las máximas ventajas para la
cooperación social. El principio de aplicación: “todos los valores sociales
deben distribuirse igualitariamente a menos que una distribución desigual de
alguno o de todos estos valores sea ventajosa para todos”.
5. El mercado como
juego (Garay[21]). Concibe
el juego[22] como un
tipo de lenguaje, expresado a través de acciones[23].
La ética del juego tiene los siguientes elementos:
·
El fin del juego es la vida buena (Aristóteles).
·
Igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Se trata de una sumisión
absoluta a la norma para que el juego sea posible.
·
El juego procede de un conjunto de decisiones que tienen un rasgo
común: coinciden en los fines. El otro lado de la promesa es la confianza.
·
El juego se corrompe cuando no se respetan las condiciones de juego[24].
6. La Economía
Social de Ulrich[25]. Su
perspectiva busca una nueva cultura empresarial cuyos valores no vienen
impuestos por el orden funcional (técnico) ni el institucional-político
(administrativo), sino por la racionalización comunicativa del mundo de la
vida.
7. Ética y
economía en A. Sen. Afirma que la economía moderna se ha visto empobrecida
sustancialmente por el distanciamiento entre economía y ética, y la
focalización en el sentimiento egoísta[26].
Su intención es mostrar que, aunque el enfoque técnico tiene mucho que ofrecer
a la economía, también debe encontrar un lugar en la economía la visión ética
de la motivación y del logro social[27].
Sostiene, además, que la economía se puede hacer más productiva prestando una
atención mayor y más explícita a las consideraciones éticas.
3.
Reconstrucción del mercado desde la actividad empresarial
Lo que venimos buscando a lo largo de este estudio es la
reconstrucción de la responsabilidad
social del mercado, y, para ello, hemos afirmado la potenciación de la
dimensión ética de las instituciones económicas y de sus profesionales. Esta
tarea, en síntesis, asume el reto de conciliar la eficiencia funcional propia del mecanismo económico, con la responsabilidad social propia de la
reivindicación ética[28].
Se trata, en otros términos, de responder de forma distinta a la llamada crisis
del estado de bienestar, no abandonando la “responsabilidad social”, como
sostiene la vertiente neoliberal, sino más bien integrando esta responsabilidad
en un marco ético de actuación e integrarla en el mecanismo económico.
Para avanzar en
la vía de la reconstrucción social del mercado a través de la empresa es importante percatarse de que las nuevas
situaciones conflictivas de la economía postcapitalista se han desplazado desde
el interior de la empresa a otros campos. Empeñarse en seguir haciendo de la
empresa un lugar de “lucha de clases” es quedar atascado por una ceguera
ideológica. En la empresa comienza a jugar un papel decisivo la organización y su capacidad estratégica
para responder innovadoramente al reto competitivo del mercado y del desarrollo
tecnológico. La organización se convierte, pues, en la fuente dominante de
poder, en detrimento de la propiedad. Es la época
de las organizaciones[29].
Las sociedades postindustriales son dinámicas, y necesitan que las
organizaciones abandonen la rígida estratificación y jerarquización de sus
funciones. La dinámica de la sociedad obliga a que las organizaciones sean
“inteligentes”, es decir, que estén abiertas al aprendizaje continuo[30].
Ello obliga a replantear el concepto de gestión. Resumimos a continuación los
principales rasgos de “las organizaciones inteligentes”:
1. Colaboración de
los diversos especialistas. Y para que exista comunicación entre ellos, es
necesario que el poder esté descentralizado. Nadie puede apoderarse del poder.
El equipo tiene la realidad del poder.
2. Para que la
organización sea creativa, ha de estar integrada por personas libres,
democráticas y voluntarias.
3. La creatividad
exige que los grupos estén compuestos por individualidades muy diferenciadas.
Es necesario, pues, cultivar la diferencia y la peculiariedad de los individuos
y grupos.
4. Por tanto, los
individuos deben ser autónomos.
5. En las
organizaciones de la innovación todo hay que diseñarlo y proyectarlo
continuamente. No hay verdades o valores que tengan garantía externa a los
individuos y al grupo. El equipo debe diseñar imágenes de futuro a corto, medio
y largo plazo. Por suerte o por desgracia, el grupo es dueño y creador de su
destino.
Esto implica el
desarrollo de una nueva cultura empresarial; no se trata de introducir cambios
técnicos, ni de promociones internas, sino que trata de cambiar la mentalidad,
modificar la relación del individuo consigo mismo y con el grupo. El nuevo
modelo de empresa presenta unas características que favorecen la “cooperación”
en la organización. Estas características son:
1. Responsabilidad
por el futuro. Necesidad de la gestión a largo plazo[31].
Imperativo ecológico: necesidad de dejar un mundo sano a las generaciones
futuras[32].
La gestión a largo plazo implica la inversión en la formación de personas, y la
formación de una organización sólida, donde se den las condiciones para que las
personas sean interlocutores válidos.
2. Desarrollo de
la capacidad comunicativa: toda organización debe legitimarse ante la sociedad,
y debe hacerlo comunicativamente.
3. Identificación
de los individuos y de las firmas. Crear un sentido de pertenencia entre sus
miembros, y, a la vez, una confianza en el público.
4. Desarrollo de
una cultura empresarial.
5. Personalizar la
empresa ante los consumidores: crear un “capital-simpatía”, una sintonía con
los consumidores. El marketing debe
convencer, no sólo persuadir. No basta la publicidad de empresa; se impone el
imperativo de personalización de las firmas.
6. La imagen de la
“empresa eficiente” ha sido sustituida por la “confianza entre firma y público,
como sucede con la imagen ecológica de las firmas.
Una empresa de este tipo
debe hacer frente a la complejidad del mercado, no sólo mediante la innovación
permanente, sino también mediante la innovación “moral”. El reto de la ética en
el ámbito de la empresa consiste en ser capaces de incorporar el espíritu de
cooperación en la organización técnica.
4.
Hacia una ética empresarial
a)
Necesidad de la
ética de la empresa
En la
actualidad, la empresa constituye uno de los temas centrales de nuestro tiempo.
Y ello porque, según los expertos, es la nuestra una época managerial, y nuestra sociedad, una sociedad de organizaciones, en la que la empresa constituye el
paradigma de todas las restantes. De suerte que algunos llegan a afirmar que si
la salvación de los hombres ya no puede esperarse únicamente de la sociedad,
como quería la tradición rousseauniana, ni tampoco del Estado, como pretendía
el “socialismo real” de los países del Este, ni, por último, de la conversión
del corazón, de la que hablaba cierta tradición kantiana, es una transformación de las organizaciones la
que puede salvarnos, siendo entre ellas la empresa la ejemplar.
Además, hoy en
día la empresa necesita del consentimiento de la sociedad para poder actuar. Su
legitimación social depende de la capacidad de respuesta a los problemas de la
sociedad, así como de los bienes y servicios que pueda aportar por su
utilización eficiente de determinados recursos escasos[33].
Así, pues, la empresa debe gozar de credibilidad ante la sociedad, y de su
cumplimiento deriva la responsabilidad social de la empresa. En este sentido, la
ética oferta la posibilidad de ayudar a la empresa a recuperar el sentido de la
actividad que le es propia[34].
La implantación de la responsabilidad social en el ámbito
económico necesita de un modelo de
empresa que pueda resistir las grandes dificultades que plantean los nuevos
parámetros del mercado, para que no produzcan más “excluidos”, un modelo de
empresa que sustituya la “cultura del conflicto” por la “cultura de la
cooperación”, que incluya además de los beneficios materiales, otros
inmateriales. Una empresa responsable es,
pues, el factor clave para transformar el capitalismo. Con ello la
transformación de este sistema económico no se hace sólo desde sus márgenes (tarea que cumplen los “movimientos sociales”),
sino también, y sobre todo, desde el centro[35].
b)
Posibilidad de
una ética empresarial
La ética es un
tipo de saber que orienta la acción humana en un sentido racional. Para actuar
racionalmente en el conjunto de la vida es preciso saber ordenar las metas de
nuestra vida inteligentemente. A nivel de una organización empresarial, como es
el caso que nos ocupa, ésta queda legitimada ante la sociedad por un fin social. La primera labor que la
ética se propone hacer en el ámbito empresarial es, pues, el de reflexionar
sobre cuáles son los bienes internos a esta actividad.
A este
propósito ha contribuido MacIntyre[36]
con su análisis de la estructura de las actividades sociales. Recogiendo el
concepto de práxis (acción que tiene
incluido en ella su propio fin) de Aristóteles, entiende por práctica aquella actividad social que se
caracteriza por tender a alcanzar unos bienes que le son internos. Estos bienes
le dan sentido y legitimidad social. Por tanto, según McIntyre, quien ingresa
en estas actividades no puede proponerse una meta cualquiera; no podemos
inventar los fines de una profesión, porque ya procede de una tradición que
conviene conocer. Según este autor, una profesión se desvirtúa si el que la
ejerce cambia los bienes internos por “bienes externos”, como el dinero, el
prestigio o el poder.
Posteriormente,
la ética empresarial se plantea el problema de cómo incorporar esos valores a
la organización. Para ello, es decir, para convertir en cultura los valores
propios de la actividad empresarial, la ética deberá reflexionar sobre los
medios adecuados para actuar en esa dirección, así como de la estrategia
necesaria para convertir en hábitos de la organización esos nuevos valores.
c) Niveles de una ética empresarial
La “ética de la
empresa” es un término muy genérico que engloba una realidad compleja, y que,
por tanto, conviene delimitar para no llevar a confusión. Podemos distinguir
tres niveles en la ética empresarial[37]:
1. Nivel micro. La microética versa sobre las
normas de intercambio justo entre dos individuos. Es una parte de la ética
tradicional: la naturaleza de las obligaciones, las intenciones, las
consecuencias de las acciones, la fundamentación de los derechos. Lo peculiar
de este nivel es la idea de intercambio justo y la noción de salario justo.
Aquí entra en juego la noción aristotélica de justicia “conmutativa”.
2. Nivel macro o normas institucionales o
culturales del comercio para toda una sociedad. La macroética está integrada
por cuestiones más amplias como la justicia, la legitimidad o la naturaleza de
la sociedad: ¿cuál es el objeto del “libre mercado”? ¿Es “justo” el sistema de
libre mercado? ¿Cuál es la función del gobierno en la vida empresarial?, etc.
3. Nivel molar. Este área versa sobre la unidad
básica del comercio: la corporación. Sus cuestiones están dirigidas a los
directivos y empleados. En concreto, son cuestiones relativas a la función de
la corporación en la sociedad y al papel del individuo en la corporación.
d) Modelos de ética empresarial
Exponemos a continuación los principales modelos de ética
empresarial, aunque no con la pretensión de abarcar el complejo abanico de la
cada vez más floreciente literatura de ética de la empresa[38].
Limitamos la extensa bibliografía en razón de la simplicidad del esquema:
1. Modelo del
proceso argumentativo[39].
Consiste en generar recursos para que las personas puedan tomar mejores
decisiones. La ética se inserta, así, en el proceso de argumentación, ayudando
a determinar los términos de la discusión y a llegar a acuerdos justificados.
De este modo, la ética de la empresa es vista como un modo de resolver
moralmente conflictos de acción[40].
2. Modelo de las
relaciones. La ética de los negocios trata de las relaciones externas de las
empresas con sus clientes, proveedores, poderes públicos, etc., y de las
relaciones internas entre personas en la empresa. Se trata en ella de optar por
un modelo de cooperación[41].
3. Ética de la
dirección y la gestión[42].
Hace énfasis en los procesos de toma de decisión y de la comprensión de la
finalidad de la organización. Entre estas finalidades se incluye la responsabilidad
social. Tiene una perspectiva fundamentalmente directiva de la responsabilidad
social de la organización. Las dos preguntas clave son: qué tipo de directivos,
y qué tipo de organizaciones. Aquí tienen cabida los Códigos éticos[43].
4. Ética de las
instituciones[44]. La empresa
es vista como una institución, es decir, como un conjunto social que encarna
unos valores que han de impregnar toda su actividad. La estructura organizativa
de la empresa descansa sobre la base de un mundo vital como comunidad moral en
la empresa.
5. Ética de la
comunidad empresarial[45].
Para esta vertiente la ética empresarial plantea los siguientes retos:
·
Una ética de la responsabilidad convencida. Ha de considerar las
consecuencias de sus decisiones, en orden a la finalidad por la que la empresa
existe: satisfacer necesidades humanas.
·
La empresa queda deslegitimada si olvida su finalidad, que es servir a
los consumidores. Los consumidores son interlocutores válidos y una ética de la
empresa exige tener en cuenta sus intereses a través de mecanismos de
participación efectiva.
·
Los miembros de la empresa son también interlocutores válidos, cuyos
derechos tienen que ser respetados. Por eso, la cooperación ha de suplir al
conflicto.
·
Los miembros de la empresa han de cumplir con sus obligaciones y
corresponsabilidad por la marcha de la empresa. Por eso, la corresponsabilidad
ha de suplir a la apatía.
·
La empresa ha de tenerse al marco de justicia, no sólo legal, sino ante
todo moral.
5.
La Asesoría ética y el Balance Moral como vías de institucionalización de la
responsabilidad social en la empresa
Exponemos a continuación algunas formas de
institucionalización de la responsabilidad social en la empresas, como la
Asesoría ética y el Balance Moral. Existen otras formas, como los Credos
Corporativos, los Programas de ética, la Auditoría ética, los Comités éticos o
la figura del Ombudsman, que no
desarrollamos aquí.
a)
Asesoría ética
en la empresa
La finalidad de esta asesoría es la institucionalización de la ética en
la empresa[46]. Este
enfoque se apoya en el hecho de que la empresa tiene ya una dimensión moral, derivado de su necesidad de
legitimación ante la sociedad, como institución social que es. El objetivo de
la asesoría ética sería el de ayudar a la resolución de conflictos, y ello de
un modo consensuado. De ahí que los niveles de la asesoría ética sean:
1. Aclaración de
conceptos básicos de la racionalidad económico-empresarial.
2. Concretar el
ideal de unir eficacia-justicia en normas, valores, y recomendaciones.
3. Aplicar estas
normas a los casos concretos.
Las formas que
una asesoría ética empresarial puede adoptar son las siguientes:
1. Asesoría indirecta. Se realiza en
la empresa pero con un carácter general, sin tener en cuenta los problemas
concretos y sus condicionamientos. Puede ser:
a) Código ético:
- filosofía empresarial
- cultura empresarial
- política empresarial
b) Management ético
c) Valoración ética
2. Asesoría directa: el comité
ético.
|
FUNCIÓN |
1) Vigilar el cumplimiento del código ético.
Supervisar las decisiones éticamente relevantes. 2) Aplicar las líneas generales de la filosofía
empresarial a los casos concretos. 3) Ser un centro de iniciativas para la resolución
de conflictos. |
|
FORMAS |
1) Consejo ético 2) Juicio ético 3) Examen ético |
|
MÉTODO |
- No aplicar de modo deductivo principios y normas
generales, sino explicitar los valores y normas de cada situación. - Para ello, tiene que introducir en la discusión
(o proceso de toma de decisiones) la dimensión ética. - El primer paso: aclaración de términos. - Segundo: participar en la elaboración de
alternativas, en su valoración, seguimiento. |
|
TRABAJO INTERDISCIPLINAR |
Para responder a situación concretas tiene que
intervenir un equipo interdisciplinar. |
b)
Balance Moral
de las Empresas
El objetivo del
Balance Moral es introducir la dimensión ética en la dirección y acciones
empresariales como una dimensión clave de la rentabilidad de la empresa. Y ello
mediante una reformulación en perspectiva ética de la noción clásica de balance
social[47].
El balance social tiene por misión ofrecer información acerca del papel
concreto que la empresa cumple en la sociedad, las consecuencias de su
actividad, las prestaciones sociales que ofrece y los gastos sociales en los
que incurre. Con ello pretende integrar lo económico y lo social[48].
Las estructura básica del balance ético queda diseñada en los siguientes pasos:
1. Determinación
de los grupos de interés. Los grupos de interés son todos aquellos que directa
o indirectamente están afectados por la actividad empresarial.
2. Explicitación
de los diferentes intereses que definen a cada uno de los grupos implicados.
3. Concreción de
estos intereses en forma de indicadores que permitan su sistematización y la
medición del grado de satisfacción o cumplimiento.[49]
Es evidente que
el Balance ético tiene cabida en un modelo de empresa como espacio de
cooperación , y no como mera técnica de gestión y búsqueda del mero beneficio
cuantitativo. La empresa es vista como una institución social que tiene como
objetivo satisfacer necesidades humanas y como medio para ello el beneficio
económico. Los Movimientos sociales pueden contribuir en este sentido mediante
la publicación de un Balance Moral de las Empresas, donde describan los
beneficios y costos que la actividad empresarial acarrea a la sociedad,
denunciando públicamente a aquellas
empresas que no cumplan con un mínimo de
decencia en cuanto a sus responsabilidades sociales, y (¿por qué no?)
premiando a las empresas ejemplares. A medio plazo, estos Balances obligarán a
las empresas a introducir en sus estrategias de acción un planteamiento moral,
si quieren obtener el beneficio en alza, a saber, el “capital-simpatía” de la
sociedad.
* Profesor de Filosofía en el I.E.S. Narciso Mesa de Jódar (Jaén).
[1] P.F. DRUCKER, La sociedad
poscapitalista, Barcelona 1993
[2] MARTÍN JACQUES (ed.), ¿Tercera Vía o neoliberalismo?, Icaria, Barcelona, 2000.
[3] A. GIDDENS, La Tercera Vía. La renovación de la socialdemocracia, Taurus, Madrid, 1999.
[4] TONY BLAIR, La Tercera Vía, El País-Aguilar, Madrid, 1998.
[5] Sobre la Tercera Vía en España: C. MALO DE MOLINA, La Tercera Vía en España, EDIMSA, Madrid, 1999.
[6] A TOURAINE: «Un acierto publicitario», en El País (28 mayo 2000).
[7] F. VALLESPÍN: «Socialismo posideológico», en El País (28 mayo 2000).
[8] D. INNERARITY: «La socialdemocracia liberal», en El País (1 junio 2000)
[9] A. TOURAINE: «Un acierto publicitario».
[10] «Para poder hablar de tercera vía habría que dotar a esta fórmula política al menos de unos elementos de contenido concretos. Tal vez lo más importante sea limitar lo que se denomina flexibilidad del empleo y qué significa su precarización. Lo que supone tanto una nueva política educativa como unas garantías laborales. Un segundo objetivo debe ser restablecer la parte que corresponde al trabajo en el producto nacional, parte que ha disminuido fuertemente en muchos países. Lo que significa que hay que situar la economía de mercado en una sociedad de producción y, al mismo tiempo, de redistribución. El tercer gran objetivo que, sin embargo, puede alcanzarse más fácilmente, es respetar mejor a todas las minorías, sea cual sea su definición: nacional, étnica, regional, religiosa, sexual...», A TOURAINE: «Un acierto publicitario».
[11] Cf. HABERMAS, Problemas de legitimación del capitalismo tardío, Amorrortu, Buenos Aires, 1975.
[12] A. CORTINA, Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía, Alianza, Madrid, 1997.
[13] K.O. APEL, La transformación de la filosofía, Taurus, Madrid, 1985; K.O. APEL (ed.), Ética comunicativa y democracia, Crítica, Barcelona 1991; A. CORTINA, Ética aplicada y democracia radical, Tecnos, Madrid, 1993; Ética de la sociedad civil, Anaya/Alauda, Madrid, 1994; LIPOVETSKY, o.c.; P. SINGER, Compendio de ética, Alianza, Madrid, 1995; H. JONAS, El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, Herder, Barcelona, 1995; J.L. FERNÁNDEZ y A. HORTAL (comp.), Ética de las profesiones, UPC, Madrid, 1994.
[14] G. LIPOVETSKY, El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Anagrama, Barcelona, 1994 (2), pp. 17.19.
[15] Cf. HABERMAS, Ciencia y técnica como “ideología”, Madrid, 1984. Para un análisis de los supuestos filosóficos que subyacen a la economía moderna: POLANYI, La gran transformación, Endymion, Madrid, 1989; D. MEDÁ, El trabajo. Un valor en peligro de extinción, Gedisa, Barcelona 1988; A. GORZ, La metamorfosis del trabajo, Fund. Sistema, Madrid, 1994.
[16] Para una exposición de las distintas éticas del capitalismo: J. CONILL: «Marco ético-económico de la empresa moderna», en A. Cortina (coord.), Ética e la empresa. Claves para una nueva cultura empresarial, Trotta, Madrid, 1994, 51-69. Para algunas claves del surgimiento de la ética de la economía en España: E. LAMO DE ESPINOSA: «Corrupción política y ética económica», en A. Cortina (dir.), Ética y empresa: una visión multidisciplinar, Ed. Fund. Argentaria – Visor Distr., Madrid, 1997, pp.269-283; J.L. FERNÁNDEZ, Ética para empresarios y directivos, ESIC, Madrid, 1994; A. CORTINA, Ética de la empresa, 51-74. A. CORTINA: «Presupuestos éticos del quehacer empresarial», en Rentabilidad de la ética para la empresa, Ed. Fund. Argentaria – Visor distr., Madrid, 1997, pp. 13-36.
[17] M. WEBER, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Península, Barcelona, 1975.
[18] A. SMITH, La riqueza de las naciones, FCE, México, 1982.
[19] A. SMITH, Teoría de los sentimientos morales, FCE, México, 1979.
[20] J. RAWLS, Teoría de la justicia, FCE, Madrid, 1978.
[21] JESÚS DE GARAY, El juego. Una ética para el mercado, Díaz de Santos S.A., Madrid, 1993.
[22] La concepción que tiene del juego se puede resumir en los siguientes términos: «El juego es un modo de relacionarse entre los hombres. En el cual todo es libre. En el juego, los jugadores deciden libremente que quieren jugar. Determinan con absoluta libertad cuáles han de ser las reglas del juego. Reglas que pueden modificar cuando lo deseen. Fijan cuál ha de ser el recinto de juego. Establecen un árbitro, al que conceden autoridad para interpretar las reglas, e incluso poder para sancionar a los tramposos.» Ibid., 139-140.
[23] Las características del juego como lenguaje son: 1) el juego es
un lenguaje convencional, cuyos símbolos son fruto de la libertad; 2) la
palabra que se da en el juego se asienta en la confianza en que la promesa será
cumplida; 3) en el juego se manifiesta el poder de las capacidades de cada
jugador; 4) el juego requiere de unas reglas y tiene lugar en un recinto. Cf. o.c.
165-172.
[24] «La primera condición es el respeto a la libertad de los demás. (...) En segundo lugar, las reglas han de aplicarse con estricta igualdad para todos los jugadores (...). En tercer lugar, el juego se corrompe si se incumplen las promesas. Antes de iniciarse, el juego ha de contar con la decisión de todos y cada y cada uno de los jugadores de que se van a seguir unos determinados procedimientos. Han de comprometerse a jugar de una manera bien determinada y precisa. (...) La ética del juego se resume así: respeto absoluto a la libertad de los jugadores: segundo, igualdad de todos los jugadores ante las reglas; tercero, cumplimiento de las promesas. Si se omiten estas condiciones, se corrompe el juego y, por tanto, se destruyen todos sus beneficios.», o.c., 185-186.
[25] P. ULRICH, Transformation
der ökonomischen Vernunft, Haupt, Bern, 1987
[26] «De hecho, en la economía moderna, es precisamente la reducción de la amplia visión smitheana de los seres humanos lo que puede considerarse como una de las mayores deficiencias de la teoría económica contemporánea.», A. SEN, Sobre ética y economía, Alianza, Madrid, 1997, 45.
[27] «Sería increíble si el egoísmo no desempeñara un papel bastante importante en muchas decisiones y, de hecho, las transacciones económicas normales se acabarían si el egoísmo no desempeñara un papel fundamental en nuestras elecciones. La cuestión real se encuentra en saber si es una pluralidad de motivaciones o exclusivamente el egoísmo lo que mueve a los seres humanos. (...) La mezcla del comportamiento egoísta con el no egoísta es una de las principales características de la lealtad al grupo, y esa mezcla se puede observar en una amplia variedad de asociaciones de grupo», o.c., 36-38.
[28] H. STEINMANN: «Ética empresarial: marco conceptual y problemas fundamentales; una opinión alemana», en A. Cortina, Ética y empresa: una visión multidisciplinar, Ed. Fund. Argentaria Visor distr., Madrid, 1997, 71-88.
[29] P. DRUCKER, La gestión en un tiempo de grandes cambios, EDHASA, Barcelona, 1996; A. TOFFLER, El Impacto de los Cambios Sociales en la Empresa. La Dimensión Humana en la Empresa, Deusto, Bilbao, 1992; A. LLANO: «La empresa ante la nueva complejidad», en T. CALLEJA, El Humanismo en la Empresa, Rialp, Madrid, 1992.
[30] P. SENGE, La quinta disciplina. El arte y la práctica de la organización abierta al aprendizaje, Granica, Barcelona, 1996; G. ARCHIER y H. SÉRIEYX, La empresa del tercer tipo, Planeta, Barcelona, 1985; M. CORBÍ: «La persona y el grupo en un contexto dinámico de innovación», en E.M. Recio y J.M. Lozano, Persona y empresa. Libertad responsable o sujeción a las normas, Ed. Hispano Europea S.A., Barcelona, 1994, pp. 99-140; E.M. RECIO: «“La organización que aprende” como método para analizar la situación de la Persona en la Empresa», ibid., pp. 23-36.
[31] M. ALBERT, Capitalismo contra capitalismo, Paidós, Barcelona, 1992.
[32] H. JONAS, El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, Herder, Barcelona, 1995.
[33] J.A. MORENO: «Ética, empresa y Fundaciones», en A. CORTINA (dir.), Ética y empresa: una visión multidisciplinar, Ed. Fund. Argentaria – Visor distr., Madrid, 1997, 27-40; G. LIPOVETSKY: «Individualismo y solidaridad en la cultura empresarial», en A. Cortina, o.c., pp. 63-69; E. GONZÁLEZ (ed.), Ética y ecología. La gestión empresarial del medio ambiente, Universidad Jaume I, Castellón, 1999.
[34] E. GONZÁLEZ ESTEBAN: «Imagen social de la empresa: responsabilidad social y toma de decisiones empresariales», en Papeles de Ética, Economía y Dirección, nº 4 (1996), pp. 1-54.
[35] A. CORTINA (COORD.), Ética de la empresa. Claves para una nueva cultura empresarial, Trotta, Madrid, 1994; E.M. RECIO y J.M. LOZANO (eds.), Persona y Empresa, Ed. Hispano Europea S.A., Barcelona 1994; G. LIPOVETSKY: «Las bodas de la ética y del business», en El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Ed. Anagrama, Barcelona 1994(2); A. CORTINA (dir.), Ética y empresa: una visión multidisciplinar, Ed. Fund. Argentaria – Visor distr., Madrid, 1997; A. CORTINA (dir.), Rentabilidad de la ética en la empresa, Ed. Fund. Argentaria – Visor distr., Madrid, 1997; A. CORTINA: «Ética de la empresa: sin ética no hay negocio», en Ética aplicada y democracia radical, Tecnos, Madrid, 1993; A. CORTINA y E. MARTÍNEZ: «Ética aplicada», en Ética, Akal, Madrid, 1996; J.L.