Filosofía y educación ciudadana
Una vez más se cierne sobre la Filosofía la amenaza de drásticas reducciones de su docencia en el Bachillerato, y una vez más hay que disponerse a protestar contra proyectos que parecen ignorar la relevancia de esa docencia en las condiciones culturales actuales así como para la formación de ciudadanos democráticos.
En nuestra época la especialización y división y subdivisión progresiva de las ciencias y los saberes, de incomunicación entre ellos, fragmenta la unidad del mundo y la vida y nos deja sin representaciones que los abarquen en su totalidad. Por otro lado, el espectacular incremento de las informaciones accesibles por medios electrónicos también contribuye a que se desvanezcan los denominadores comunes de la cultura. Tampoco parece que la opinión pública, controlada hoy en su mayor parte por los medios de comunicación, o que la actual cultura de masas, centrada casi exclusivamente en la imagen, contribuyan al trabajo de elaboración de una cultura significativa y coherente. Así pues, nada tiene de extraño que, en las condiciones comentadas, y por la necesidad de orientación y pertenencia, los individuos se refugien en particularismos culturales que ponen en peligro el entendimiento y la solidaridad entre ellos y debilitan la conciencia universalista de todo cuanto compartimos los humanos.
Por eso, no se debería prescindir en el proceso educativo de socialización de los individuos del recurso que significa la clase de Filosofía, pues contribuye a mantener abierta y despierta la perspectiva de la totalidad, es decir, por su aportación al trabajo de integración cultural. Una clase en la que se inicia a los alumnos en la reflexión sobre los problemas que plantean la diversidad de aspectos o esferas de la experiencia humana del mundo, es decir, una clase en la que se consideran conjuntamente la ciencia y la técnica, la moral y la política, el arte y la religión, y en la que se procura atender a los modos y maneras como se intentó e intenta integrarlos y articularlos, es un bien del que no podemos irresponsablemente despedirnos. Debería ser objetivo básico de la educación esa elevación a la universalidad que en la cultura occidental correspondió siempre a la formación humanista.
Por otro lado, si se atiende al ejercicio efectivo de la razón a lo largo de la historia puede comprobarse que ese ejercicio se resume en un conjunto de virtudes cívicas que deja traslucir el parentesco de Filosofía y Democracia. Resulta así paradójico que la amenaza para la enseñanza de la Filosofía provenga de la inclusión de una nueva asignatura denominada Educación para la ciudadanía. Y lo es porque profundizar en el sentido democrático de nuestras sociedades, requiere la formación del ciudadano en aquellas competencias y conocimientos que le habilitan para una participación activa y consciente en la vida social y política. En este sentido, el desarrollo de una visión general de los problemas, la comprensión del sentido y propósitos de nuestra organización social, el conocimiento de puntos de vista alternativos, la argumentación a favor de unas posiciones u otras, el sentido de la justicia y, en definitiva, lo que se suele llamar el desarrollo del sentido crítico son esenciales para que la democracia sea algo más y distinto que el espacio de la lucha por la defensa de los intereses particularistas de cada uno.
La que, en ocasiones, es una de las objeciones del alumnado frente a la asignatura de filosofía es el principal beneficio que una sociedad democrática puede obtener de ella, esto es, la existencia de diferentes perspectivas razonables sobre un mismo problema que hace difícil y complejo el proceso de adherirse a una de ellas. Y, efectivamente, esta es la manera en que avanzan las democracias: no proporcionando certezas absolutas de manera dogmática sino tentativamente, advirtiendo siempre la dificultosa situación en la que inexorablemente nos encontramos. Pues bien, ya que la resolución colectiva y participativa de los problemas es la difícil tarea en la que se empeña la democracia, uno de los principales objetivos de nuestro sistema político tiene que ser el que los ciudadanos adquieran las actitudes y convicciones, el entendimiento y las habilidades que los preparan para el ejercicio de la deliberación y la cooperación.
Naturalmente se puede educar para la ciudadanía sin potenciar todo aquello que contribuye a la participación racional en la sociedad, a la comprensión de su organización social, al análisis y argumentación acerca de los valores que la sostienen y a la discusión acerca de su significado. Pero, en ese caso, la educación para la ciudadanía se convierte en una suerte de imposición que no la distinguiría de las sociedades no democráticas. Si prescinde de la dimensión ético filosófica se estará despreciando uno de los principales rasgos que caracterizan a la educación democrática, “la reproducción social consciente”. Por otro lado, la filosofía también puede ser enseñada sin fomentar el ejercicio del diálogo razonado, como mera aceptación pasiva de lo que otros sostuvieron, sin apuntar a cómo ello nos ayuda a entender y dar respuesta a nuestros problemas, sin contribuir a la apertura de nuestros puntos de vista, sin ayudarnos a pensar y adoptar criterios propios. En ese caso, si la filosofía no ayuda al desarrollo de las habilidades y capacidades que nos hacen mejores como ciudadanos, se convierte en un saber erudito y no significativo para los adolescentes de nuestra sociedad y la justificación de su permanencia en las enseñanzas medias se vería fuertemente debilitada.
Así pues, filosofía y educación para la ciudadanía son dos exigencias de una sociedad democrática que se necesitan mutuamente. Pretender eliminar filosofía para insertar educación para la ciudadanía o pretender enseñar filosofía al margen de las necesidades y exigencias de una ciudadanía democrática resultan perspectivas igualmente rechazables. Por el contrario, la tarea de nuestro tiempo es mostrar cómo la filosofía puede llegar a ser la más útil herramienta en la defensa de una ciudadanía democrática.
Fdo: Profesores de Filosofía de la Universidad de Cádiz.