ADVERTENCIA: No se espere de este escrito ningún tipo de rigor cuantitativo, para dichos menesteres esperen a posteriores valoraciones, este de aquí es fruto de la ilusión, de la esperanza y, por qué no, de la fantasía.
El viaje a Madrid desde Granada comenzó con el intento de convencer a las últimas bajas para que se despertasen y viniesen, ¡o no podríamos pagar el autobús!. Con lo cual, salimos tres cuartos de hora más tarde. El viaje fue largo y pesado, parece más sencillo atravesar el Desfiladero de Despeñaperros, que esa basta llanura castellana. Nuestra ilusión en la manifestación era grande, nuestro número, al final, pequeño. Fantasear sobre la manifestación era fácil, y sigue siéndolo (¿por qué no hacerlo?). –¡En Madrid han hecho un caballo de Troya!- dijo alguien, y nosotros ya nos imaginábamos al equino troyano empujado por cuatro musculosos compañeros. Pero ¿qué podía significar ese caballo? ¿Era símbolo de algo que hemos dejado entrar en nuestra Troya, pero que nos llevase a la destrucción por haber tomado como regalo del enemigo lo que no es más que su última jugarreta?. O ¿éramos nosotros los que queríamos introducirnos en Troya dentro de ese caballo?.
Después de tomar el café en algún lugar de Ciudad Real de cuyo nombre no quiero acordarme, algunos compañeros comenzaron a escribir canciones para corear, no nos pasase lo mismo que en la anterior concentración. Otros revisaban las noticias de prensa, correos electrónicos, artículos y comunicados; para tratar de comprender lo sucedido en los últimos dos días. Otros, reservaban energías para gritar fuerte en aquella manifestación. Gritos, canciones, lemas, reflexiones... ¡que sed teníamos de todas ellas! Dimos cortos pero muchos sorbos en Granada (como atestigua nuestra humilde, pero constante, presencia en los medios de comunicación regionales y locales, cada dos o tres días). Pero en Madrid no nos iba a bastar con dos o tres tragos, queríamos llegar ... hasta la borrachera, hasta que nuestras piernas se doblasen pidiéndonos sentarnos para no perder el equilibrio, hasta el momento en que nuestras gargantas se cerrasen para impedirnos el síncope, hasta el momento en el que simplemente ya no pudiésemos más.
Casi sin darnos cuenta abandonamos el paraje castellano y nos metimos en ese poblado y laberíntico Madrid. -¡¿Dónde hemos quedado?! ¡¿Alguien sabe donde está Atocha?! ¡¿Cuántos eran de Sevilla?!... ¡¿Qué les ha pasado a los de Murcia?! ¡ Asturias ¿viene?! ¡¿Salamanca, Santiago, Barcelona, Valencia...?- Hemos de admitirlo tenemos que mejorar mucho eso de estar en contacto.
Ya se veía el Reina Sofía a la izquierda y Atocha a la derecha... pero ¿y los compañeros?... ¡esos edificios tan grandes no nos dejaban ver a los nuestros!.. pero una salvadora comisión nos recogió en el parquecillo Jurásico de Atocha... ya no aguantábamos más: el primer coreo de alguna canción, algunos gritos, reparto de papeles, y un guardia de seguridad que no dejaba de darnos el coñazo. Pero pronto salimos y el cielo de Madrid, esta vez, no amenazaba lluvia... pitadas, cantos, lemas en las camisetas, y una sonrisilla alegre en los labios, que no ocultaba la decepción de la última noticia: aún había poca gente y habían pasado las doce.
Había más compañeros de los que nos habían dicho, lo cual nos hizo alegrarnos mucho y, por tanto, pitar y corear más fuerte... -¿de donde son estos? Preguntó alguien al vernos y sobre todo al oírnos , otro le respondió –Semejante algarabía solo puede venir de Andalucía -. Los saludos, las miradas cómplices... el despliegue de pancartas y, por fin... la toma de la calle.
La Calle Carretas es larga y empinada, pero quizás sea fácil de subir con un sol menos intenso. Aún así, no decayeron nuestras fuerzas hasta el final... pero sí quedamos un poco cansados. Por momentos parecía ridículo cortar semejante calle con aquel número de personas. Pero el jaleo montado, lo animado de la manifestación, encabezada con un “Derecho a la ciudadanía de filosofía” en la pancarta sujetada por resucitados filósofos griegos, una pareja cantando al megáfono, a los cuales seguían el resto de compañeros, las pitadas de otros tantos, los saltos a veces de todos, dos minúsculos caballos de Troya de cartón... hacían que su número se multiplicase por cuatro. Parecían insignificantes entre esos edificios, pero los madrileños salían a los balcones y a las puertas para vernos y decirnos: y vosotros ¿qué pedís?... mire señora tome estos panfletos, aquí lo explicamos todo... y no es mucho lo que pedimos... pronto saldrá una ley que nos venden como la salvación de la educación en los institutos... pero olvida unas enseñanzas que consideramos esenciales, y no solamente porque cuenten con muchos siglos de experiencia, sino porque creemos que esos muchachos de los institutos han de salir de ellos con algo más que un martillo, han de salir... con conciencia. La señora se enardeció por momentos en un grado extremo, os aseguro que era una señora muy anciana sujetada en un bastón, y con una voz impropia a su edad, me dijo, y nos lo decía a todos, que siguiésemos luchando por ella y por sus nietos, ya que ella apenas tennía fuerzas.
Por fin, ahí se abría la Puerta del Sol, así llamada por el protagonismo que el citado astro tiene a ciertas horas del día en ese lugar. Se multiplicaban por momentos las miradas hacia nosotros y muchos sin pensarlo se acercaron para ver qué decían aquellos sufridos y torrados filósofos. Comprenderéis que luego nos tomásemos unas merecidas cañas hasta que llegase la hora de las clases en la Plaza de España.
A eso de las cuatro de la tarde, llegamos los últimos rezagados a esa enorme plaza, donde cien fuentes pretendían apagar nuestra voz cansada, pero la humildad, la sencillez, la energía y el verdadero y lícito amor a la filosofía le ganaron la batalla. Se habló mucho en aquellas clases, se intentó recoger firmas, pero curiosamente los “turistas” coreanos no tienen D.N.I, no obstante los que sí lo tenían encontraban, en su mayoría, un compromiso demasiado grande firmar contra el gobierno, impedimento procedente, al parecer, a causa de ciertos medios de comunicación, que se han adueñado de nuestras reivindicaciones. Por definición (como medios informativos que son) deben hacerse eco de nuestras voces, pero han de hacerlo como un fin en sí mismo, jamás como un medio para obtener beneficios partidistas.
Ocurrieron algunas anécdotas, entre ellas creo que merece la pena contaros lo sucedido con aquellos dos utópicos caballos de cartón. La última vez que los vi estaban mutilados, uno ni se podía llamar ya así; al otro le faltaba la cabeza y servía para sostener los libros de un profesor que se afanaba en explicarnos para qué carajo servía eso de la filosofía. Por tanto, aquel caballo, esta vez, no consiguió penetrar en nuestra Troya, símbolo de que el asedio, en esta ocasión, no va a durar diez años. Con el caballo arrumbado bajo el peso de los libros mantendremos los cimientos de nuestra casa en pie, le pese a quien le pese.
Las líneas precedentes han sido escritas por Galeas y Elena, desde Granada. A diferencia de otros, nosotros no tenemos pretensiones de que lo aquí dicho sea suscrito por nadie, es más, si nos apretáis no lo suscribimos ni nosotros mismos.
ACLARACIONES: Esta es una historia escrita en un tono “amablemente jocoso”, y en ese tono deseamos que se entiendan las alusiones que han quedado plasmadas (para quien sepa encontrarlas). También pedimos a los compañeros de Madrid que no se enfaden por utilizar la figura de su Caballo de Troya sin su permiso.
Gracias a los lectores cuya paciencia les ha permitido llegar hasta aquí.
Saludos,
Galeas y Elena.