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El Búho Revista Electrónica de la Asociación Andaluza de
Filosofía. D. L: CA-834/97. ISSN 1138-3569. |
Francisco
García Moreno[1][1]
El
concepto de dignidad como categoría existencial. Un recorrido del concepto a la
largo de la Hª de la Filosofía.
Introducción.
Posiblemente unos de los conceptos más confusos que
puede existir es el concepto de “dignidad” , ya que desde muy diversos
ámbitos se le invoca, y en todos ellos suele significar algo distinto. Así, en
artículo I de
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad
y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente los unos con los otros.
Del mismo modo,
Todos los
españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada.
Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las
normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización
del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.
Pero
incluso en nuestro vivir cotidiano
empleamos el término con matices muy distintos, así, podemos reconocer
expresiones tales como: “hizo su trabajo muy dignamente” o “ ¿es que
tú no tienes dignidad? ”
refiriéndose a alguien que se está comportando de forma indecorosa.
Lo cierto es que este concepto parece abarcar tantas
significaciones según lo utilice que parece imposible señalar un denominador
común, y sin embargo, ese denominador debe existir. El presente estudio
intentará encontrarlo y señalarlo. Para ello, haremos un recorrido por la
historia del pensamiento, recorrido breve, pues no estamos en el desarrollo de
una tesis doctoral, si no en el esbozo de un estudio.
Sólo comentar que dicho concepto aparece en la
historia desde cuatro dimensiones distintas, a saber:
·
Dimensión
político-social
·
Dimensión
religiosa o teológica.
·
Dimensión
ontológica
·
Dimensión ética, personal y
social en el sentido de autonomía moral.
Empecemos
pues su estudio través de la
caracterización de estas dimensiones.
La
Dimensión político-social en el mundo
romano
Los orígenes de la noción de dignidad se hallan en
El hombre público romano, como César, Cicerón, Pompeyo etc.. luchan por su
dignidad. Acabadas las Guerras Gálicas y antes de que estallara el conflicto
interno, César escribe a Pompeyo que para él la dignidad ha sido siempre lo
primero y más cara que la vida (BC 1,9,2). El mismo Antonio se declara dispuesto a obedecer al
Senado pero con tal que mantenga su dignidad (Cic. Phil. 12,4).
Ahora bien, por qué nos referimos al concepto romano
y no al griego. Por una sencilla razón: porque en la Grecia antigua no hay nada
que corresponda exactamente a la dignitas romana. Aunque hay que reconocer que ésta asimiló
algún que otro elemento griego. El
concepto que está más cerca de dignitas y que es una idea central en la
cultura griega, es el de honor (timé), y en verdad también en
latín honor y dignitas suelen competir. Recordemos que el
reconocimiento de la “dignitas” debe llevar parejo cierto honor.
Pero desde el punto de vista de la formación del
vocablo, los conceptos derivados de áxios (digno) son los que se
acercan más a dignitas, como axía y axíoma en el sentido
de dignidad, valor, prestigio, aunque tampoco son
comparables a dignitas en contenido, brillo y frecuencia. En relación
con el prestigio del que gozan destacados políticos axíoma aparece
regularmente en Tucídides. En Platón axíoma en el significado de valor,
prestigio, aparece pocas veces, así, una vez referida a la ciudad (Prot.
337d); otra vez, a la filosofía (Rep. 495 d 4); más frecuentemente
se encuentra en Demóstenes referida a la ciudad y a los griegos. En la
filosofía helénica axíoma se usa para referirse al lugar del hombre en
el cosmos y al rango de su espíritu o alma. En los estoicos pasa a significar,
sencillamente, valor.
Pero aunque los conceptos de timé, dóxa
y dignitas se superponen ampliamente, difieren en que dignitas
está relacionada esencialmente con la posición política y social, con las
competencias que un ciudadano debe desarrollar en dicho orden. Mientras los vocablos griegos se usan por
igual en relación con el vencedor en un torneo deportivo, con el poeta o con el
sabio. En Roma, por el contrario, la condición principal para adquirir dignidad
es la acción política, y por consecuencia, la pertenencia al Senado, o a la
orden de caballería u orden equestre, dotado además de una integridad moral.
El pertenecer a la nobleza romana, el tener entre
los antepasados héroes troyanos, reyes o -como César- una diosa, confiere aun
más brillo a esa dignidad. En el concepto de la dignitas cada posición
política y social superior encuentra su más clara expresión, lo que es distintivo
del carácter aristocrático de la sociedad romana. Y no debe pasar inadvertido
el elemento sacro, que desde tiempos remotos participa en conferir dignidad al
magistrado romano. Sanctus Senatus reza la designación oficial aun en
tiempos posteriores. En fin, Cicerón echa de menos la consideración de la dignitas
entre los griegos. De la democracia ateniense dice: como no tenían grados
distintos de dignidad, la ciudad carecía de ornato (Rep.
1,32).
La unión indisoluble de esa dignitas de sello
aristocrático con la res publica muestra que el derecho al poder que se
manifiesta en aquel concepto, está limitado: hay, a lo menos en la idea, un
equilibrio entre el derecho al poder de la persona y el de
El concepto de la dignitas es afín a otros
valores de la sociedad romana: a auctoritas, gratia, fides,
maiestas, gravitas, decor. Tales conceptos no son
intercambiables, se superponen parcialmente, y por ello es importante saber
delimitar el campo en que tienen validez; sin embargo, en todos ellos se trata
de diferentes aspectos del mismo fenómeno político: del des-usual poder, del
des-usual e indiscutible prestigio de los principes rei publicae.
Los conceptos mencionados circunscriben un poder que
no obliga a seguirlo por medios externos, sino que crea un impulso interior, un
sentimiento que hace que el seguirlo represente un deber asumido
voluntariamente. Y por otra parte la comunidad reconoce voluntariamente la
vigencia de esos conceptos. Así, siempre está implícita la relación del
individuo con la comunidad, derechos y deberes están unidos indisolublemente.
Especialmente en Roma el sistema penal estaba
instituido considerando los grados de dignidad. Y esto corresponde en Cicerón
a: La igualdad misma es desigual cuando no conoce grados de dignidad (Rep.
1,43). La dignitas está unida a la libertad, dignidad y esclavitud
son irreconciliables. Los honestiores reciben menores penas que los humiliores
por los mismos delitos. Honestiores son, en primera línea, senadores,
caballeros, decuriones y veteranos. El proceso por dolo contra aquel que tiene
mayor grado de dignidad, no estaba permitido (cf. Labeo/Ulpiano) (4.3.1.11).
En la concepción romana también había penas para reponer la dignidad: la timoría
(de timorós, guardían del honor). Es decir, los romanos habían
conservado la idea arcaica griega de que la honra se rebaja al cometer un
delito y de que tiene que restituirse por timoría.
El hecho de que en Roma la dignidad adquirida fuera
reconocida, presupone un alto grado de solidaridad, de capacidad de consenso,
de disciplina política y social. En términos de un fenómeno más general, los
romanos consiguieron mantener vivos en el juego político y durante un tiempo
sorprendentemente largo, los cánones de una vieja sociedad aristocrática y la
eficacia de una moral colectiva. La fuerte gravitación del elemento individual
no se debió a una conquista de la República tardía influida por el Helenismo,
sino que de partida fue un elemento básico y una condición fundamental de la
grandeza romana. Un tal orden de sello aristocrático y determinado en gran
medida por la persona, está tan alejado de la igualdad ciudadana de la
democracia ateniense o del estado burocrático moderno, como de la monotonía sin
rostro y la dependencia del ciudadano en la monarquía absolutista o en el
Estado totalitario. Aun cuando se trata de una gradación jerárquica, el tal
orden no es rígido, sino vivo, dinámico, flexible. Así como puede hacerse noble
el que demuestra ser capaz -lo que ciertamente ocurrió con bastante rareza- así
también la dignidad está en movimiento: puede defenderse, aumentarse,
rebajarse, perderse y restituirse. El frecuente suicidio, el mostrarse en
escena del político romano son manifestaciones de una lucha incesante por
adquirir, preservar y aumentar
La dignitas estaba unida a ser moralmente
intachable: De la integridad nace la dignidad; de la dignidad,
el honor; del honor, el mando; del mando, la
libertad (Scipio Aemilianus). Además, el que posee dignitas debe
mostrar grandeza y disciplina, debe controlar lo animal y emocional. Esto está
en la conciencia del ciudadano romano y lo hace sentirse superior: (
Otra exigencia es
La dignidad también exigía la debida representación.
Así, aquella se mostraba en la presencia, distintivo del rango, en el séquito
de clientes, ademanes, actitud, ropaje, forma de vida. Las personas dignas
caminan de manera distinta a como lo hacen los esclavos (Plauto, Poen.
522). También la manera de hablar es diferente. Los discursos han de
pronunciarse con la debida gravedad. Precisamente, no es raro que gravitas
aparezca como sinónimo de dignitas. En su obra de historia Livio no dice
de ninguna persona digna haberse reído fuerte. Cuando el emisario del Senado
encontró a Cinncinatus trabajando en la tierra, este mandó a su mujer a buscar
su toga para poder recibirlo. Así son, pues, los romanos,
los señores del mundo, la gente con toga (Virgilio, Aen. 1,282).
Decor designa todo este aspecto y a menudo es sinónimo de dignitas.
Un elemento griego medular, acuñado en la dignitas
es el prépon, el decorum (Cicerón). Es el regulador en todos
los terrenos de la vida y forma el núcleo de una cultura caracterizada por humanitas
y urbanitas. Todo lo que daña el decorum, todo lo que suprime
la consideración del prójimo, su dignidad, todo lo carente de tacto, de gusto,
todo lo exagerado, artificioso, agresivo, bajo, malicioso contradice la
dignidad romana. Dignitas exige ante todo guardar la recta medida.
Lo sorprendente es que a pesar del derrumbe del
orden político romano, y con ello de la pérdida de valor de la dignitas,
el paso del concepto político a uno moral y su separación de la comunidad -como
observamos en otros conceptos como virtus, gloria, honor, libertas-
no se produce en el caso de la dignitas en igual medida. Así, el paso de
la dignidad política a la dignidad interior y a la dignidad humana, no se da
con decisión en Séneca, en que era de esperarlo. Ello puede deberse a que en
Aunque el Imperio no brinda testimonios de la dignitas
en el sentido moral, en Cicerón se encuentran importantes atisbos sobre la
separación del aspecto moral del político y del paso a la idea de dignidad
interior, los cuales, saltándose las dignitates del Imperio, tendrán
pleno desarrollo en el terreno cristiano. Una raíz del concepto moderno de
dignidad humana se halla en Cicerón, cosa a la que, por extraño que parezca, no
se ha atendido hasta ahora. La disputa filosófica sobre las metas en la vida se
formula primero como oposición entre voluptas y dignitas, así en De
finibus. La idea griega de virtud (areté) se ilustra aquí con el
concepto romano de vida de dignitas, que incluye el dominio sobre sí
mismo, el abandono de toda liviandad y actuar impulsivo. Pero también el par de
conceptos de lo útil y de lo bueno, de symphéron y de kalón,
puede representarse por utilitas y dignitas (De oratore).
Pero a la utilidad sigue la dignidad, de modo que aun si en el cielo, donde no
puede llover, se erigiera un capitolio, el templo sin techo no tendría dignidad
(De or. 3,180).
Pero lo más rico en consecuencias para la historia
del concepto de dignidad humana fue la delimitación de la naturaleza del hombre
(De officiis), de
Atañe a toda cuestión
moral tener presente siempre en cuánto aventaja la naturaleza del hombre a los
animales domésticos y demás bestias. Estos no sienten sino deseo, y a este los
lleva todo impulso. La mente del hombre, sin embargo, se alimenta aprendiendo y
pensando, siempre busca y hace algo, y es guiado por el deleite de ver y oír.
Incluso si alguien es un poco más propenso a los deseos......... por mucho que
sea cogido por el deseo, por vergüenza oculta y disimula el apetito por el
deseo. De lo cual se entiende que el deseo del cuerpo no es suficientemente
digno de la prestancia del hombre......... si consideramos cuánta excelencia y
dignidad hay en (nuestra) naturaleza comprendemos
cuán indecoroso es disiparse por la lujuria (De off. 1,105 et seq.).
Este es el primer testimonio en el ámbito latino de
la dignidad de la naturaleza humana. Aquí la dignidad no es personal, sino que
pertenece a todos los hombres como tales, lo que implica que, en esencia, todos
los hombres son iguales. La filosofía griega ya había dado un paso en este
sentido al aceptar la posición especial del hombre en el mundo. Ahora es una
dignidad que no excluye a ningún hombre. Pero el carácter elitista aún se
conserva entre los que satisfacen la pretensión de dignidad y los que no
lo hacen. Pero en cualquier caso la dignidad humana queda unida a un deber:
todos los hombres, que
se empeñan por aventajar a los demás animales, deben esforzarse por hacer la
mejor obra posible, para que no pasen en silencio por la vida como el ganado (Sal. Cat.).
La conciencia del hombre se acrecienta al reconocer
este su prestancia. Dice Cicerón:
Quien se reconoce a sí mismo sentirá que posee algo
divino, y siempre hará y sentirá algo que es digno de tan gran regalo de los
dioses (De leg. 1,59).
Reconocimiento de sí mismo es reconocimiento de
lo divino en nosotros . La acción moral se orienta entonces según lo divino
en nosotros. La introducción de la filosofía griega en Roma por Cicerón da al
mundo romano una nueva norma que se pone junto a la romana antigua. A
la condición de la
naturaleza humana se alza por sobre todo lo demás cuando se reconoce a sí
misma, pero desciende a los animales cuando cesa de reconocerse (Consolatio philosophiae 2,5,25 et
seq.).
Este reconocimiento de la naturaleza divina de la
condición humana es, como en Cicerón, el fundamento de la dignidad humana.
Dimensión
religiosa o teológica en el cristianismo
La dignidad del hombre, para los cristianos, se
fundamenta en su semejanza a Dios. Decisivo es en el Génesis: Luego dijo Dios:
creemos al hombre a imagen y semejanza nuestra. La homoíosis theo
platónica (por ejemplo en Rep. 613b y Leg. 4,716d)
y su exigencia de hacer filosofía como ofrenda a lo divino del hombre y para
superar lo animal, puede verse como fase precursora de la concepción cristiana:
de ejercer la dignidad humana como tarea entregada al hombre por Dios y de
realizarse a sí mismo a imagen y semejanza de Dios. La fase helenística
intermedia la encontramos también en Cicerón: .........el alma del hombre
fue creada por Dios (De leg. 1,24). Hay, pues, una relación filial (agnatio)
del hombre con Dios. La virtud, sin embargo, no es otra cosa que la
naturaleza perfecta llevada a la cima, hay pues una semejanza del hombre con
Dios (De fin. 2,40). La idea la encontramos después en
Ovidio: Prometeo creó al hombre de tierra y agua a imagen de los
dioses (Met. 1,82).
La dignitas hominis otorgada por Dios está en
oposición con la miseria hominis, que también pertenece a la naturaleza
humana. El derecho a la dignidad humana se concibe así como un triunfo sobre la
bajeza, debilidad y falla humanas. La dignidad adquiere así su sentido solo
experimentado una y otra vez que es herida. La dignidad humana aparece definida
en relación directa con Dios con independencia de la condición política y
social del hombre, de su nacionalidad, religión o pertenencia a cualquier otro
grupo. Con ella el hombre posee ciertos derechos que ninguna comunidad terrena
puede enajenar. A través de la Historia de la Creación, de vigencia hoy
canónica, de los comentarios y aclaraciones de los Padres de la Iglesia y de
otros después, el concepto de dignidad humana a pasado a fijarse en la
conciencia general. Ya no puede prescindirse del elemento cristiano en la
historia de la dignidad humana.
En este terreno el testimonio más antiguo se
encuentra en Teófilo de Antioquía (ad Autolycum 2,18): Primero
reveló (Dios) la dignidad del hombre........., pues solo la creación del hombre
la considera Él digna de ser obra de su propia mano. De la semejanza del
hombre a Dios, Gregorio de Nisa deduce el deber de estrechar lo más posible
aquella semejanza, lo que significa que el hombre en su razón y amor debe
tender hacia el lógos y agápe de Dios.
La preeminencia del alma sobre el cuerpo y del
hombre sobre el resto de la creación se expresa en San Agustín ocasionalmente
con dignitas, como en muchos autores latinos: Así como Dios supera a
cada creatura en dignidad, así también supera el alma a todas las creaturas
corpóreas (De Genesi ad litteram 7,19). Cuánta dignidad te
ha concedido Dios se sigue de que Dios, que por naturaleza es tu Señor, ha
creado otros bienes, que también tu dominas (Contra epistulam
fundamenti 37). San Agustín no dice expresamente que Adán, por el
hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, adquirió dignidad.
Pero sí menciona que Adán la perdió con el pecado (Quaest. evangel. 2,33).
Cristo, haciéndose hombre,
La fundamentación de la dignidad humana en la
redención de Cristo se encuentra en toda
Falta todavía la idea de que es deber del Estado
preservar la dignidad de los hombres. Los neoescolásticos españoles, Francisco
Suárez a la cabeza, y el dominicano Francisco de Vitoria, fundador del derecho
de gentes, se basaron en consideraciones del derecho natural que provenían del
derecho romano, para abogar por el trato humanitario de los indios. Pero en los
textos de los españoles no se encuentra el concepto de dignidad humana. Tampoco
se halla en Rousseau, lo que no es sorprendente, puesto que él luchaba por la
igualdad y libertad, y dignitas todavía tenía un resabio aristocrático.
Ella designaba el privilegio del hombre dentro de la creación y lo invitaba a
actuar concordantemente. Según que el hombre lo logre o no, se producen
diferencias, en las que Rousseau no estaba interesado.
Dimensión
ética, personal y social en el sentido de autonomía moral.
El concepto moderno de dignidad humana, si no me
equivoco, se encuentra por primera vez en Kant, a saber, en las Observaciones
sobre el sentimiento de lo bello y sublime, en que al principio fundamental
de la moral denomina sentimiento de la belleza y dignidad de la naturaleza
humana. En la Metafísica de las costumbres la dignidad de la
naturaleza humana es deducida de la autodeterminación moral del hombre. Pero el
hombre no aparece aquí dentro de un gran orden cósmico ni tampoco en una
comunidad nacional ni social, sino que cada uno lucha por su dignidad interior,
y el hombre físico se somete al moral. Con respecto a la posibilidad de
adquirir dignidad interior, según Kant y la idea cristiana todos los hombres
son iguales. Una relación política aparece en Don Carlos de Schiller.
Aquí aparece enunciado por primera vez que es deber del Estado velar por la
dignidad de los hombres, lo cual se convierte en un postulado político y
adquiere una nueva fuerza, que desde entonces no ha perdido. La dignidad
interna Kantiana y la cristiana luchan por los derechos humanos y se llega a
En el
siglo XIX la idea de dignidad humana en el contexto político y social adquirió
una importancia cada vez mayor a través de Schiller. Testimonio de esto son las
críticas de Schopenhauer y Nietzsche al concepto kantiano. Schopenhauer dirá: Me
parece que el concepto de dignidad, basado en un ser tan pecaminoso en
voluntad, tan limitado en espíritu, tan caduco y vulnerable en el cuerpo como
es el hombre, solo puede emplearse irónicamente. Para Nietzsche solo al
genio puede concederse dignidad. Así, en este culto al genio se separa el
elemento aristocrático romano del contexto político.
Las
terribles experiencias de nuestro tiempo, por el contrario, han dado un nuevo
impulso al concepto político de dignidad humana, y reaparece un elemento de la dignitas
romana: el derecho de la persona frente a la comunidad, derecho que reclaman no
solo las altas personalidades como en la Roma republicana, sino cada hombre. De
la dignidad humana ya no se deriva un deber, como en la Cristiandad, en la
filosofía platónica y en el Renacimiento italiano, sino más bien el derecho de
cada ciudadano frente a