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El Búho Revista Electrónica de la Asociación Andaluza de Filosofía. D. L: CA-834/97. ISSN 1138-3569. |
¿Comprender el mal?
José Antonio de la Rubia Guijarro
“A Rick le gustaba pensar así: su trabajo se tornaba más aceptable. Si retiraba – o sea, mataba – a un andrillo, no violaba la regla vital establecida por Mercer. Sólo matarás a los Asesinos, había dicho Mercer el año en que las cajas de empatía aparecieron en la tierra. Y en el Mercerismo, a medida que se desarrollaba hasta construir una teología completa, el concepto de los que matan, los Asesinos, había crecido insidiosamente. En el Mercerismo, un mal absoluto tironeaba el deshilachado manto del anciano que subía, vacilante; pero no se sabía quién ni qué era esa presencia maligna. Un merceriano sentía el mal sin comprenderlo. De otro modo, un merceriano era libre de situar la presencia nebulosa de los Asesinos donde le parecía más conveniente. Para Rick Deckard, un robot humanoide fugitivo, equipado con una inteligencia superior a la de muchos seres humanos, que hubiera matado a su amo, que no tuviera consideración con los animales ni fuera capaz de sentir alegría empática por el éxito de otra forma de vida, ni dolor por su derrota, era la síntesis de los Asesinos”.
Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Probablemente ningún otro hecho en la historia del ser humano ha provocado tantas reflexiones acerca de la naturaleza del mal como el holocausto de los judíos a cargo de los nazis pero la terrible singularidad del hecho ha obligado a hablar del mal en unos términos nuevos para los cuales nuestra tradición intelectual no estaba preparada. Hasta tal punto ha sido esto así que fue necesaria incluso la tipificación de nuevos delitos (“crímenes contra la humanidad”) para poder juzgar a los criminales nazis, tanto en los juicios de Nuremberg como en el caso que nos va a ocupar a nosotros, el proceso a Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961. Pero, además de un hecho singular, el holocausto se ha convertido en un paradigma absoluto de maldad que, con más o menos fortuna e incluso con cierta frivolidad, se sigue utilizando hoy en día: todo crimen masivo es un crimen contra la humanidad y todo malvado es un nazi porque “maldad” y “nazismo” son dos conceptos que se han hecho casi equiparables. Así, el nazismo ha marcado nuestra cultura de una forma como no lo ha conseguido ningún totalitarismo ni ningún crimen de masas. La simbología nazi, por ejemplo, goza de un poder maléfico y provocador como no la tiene la comunista; después de la caída del muro de Berlín la iconografía revolucionaria ha perdido todo su valor simbólico y se ha estetizado o incluso incorporado al kitsch, podemos llevar la hoz y el martillo en unos pendientes o en una camiseta pero eso mismo no podremos hacerlo con la svástica. Además, el nazismo se ha convertido en el arquetipo del racismo, no es ya que los nazis fueran racistas sino que todos los racistas han pasado a ser unos nazis o unos aspirantes a ello.
Hannah Arendt asistió al juicio de Eichmann en Jerusalén, enviada por la revista The New Yorker, y fruto del conocimiento y análisis de aquellas sesiones es este libro que ahora se reedita en castellano[1]. La información de las sesiones del juicio se complementan con un dominio de la bibliografía básica sobre el holocausto, especialmente del que está considerado el libro imprescindible sobre el tema: The Destruction of the European Jews, de Raúl Hilberg. El libro de Arendt fue muy polémico cuando se publicó, por los motivos que veremos más adelante, y en cierto sentido lo sigue siendo hoy en día. No quisiera extenderme mucho con detalles históricos, para los que sólo dispongo de un interés de aficionado, aunque algunas veces será inevitable, sino que quisiera abordar el fondo filosófico de la cuestión, especialmente el del problema del mal o, más precisamente, el de la comprensión del mal. Es más, quisiera plantear el problema de si necesitamos realmente comprender el mal y si esa comprensión es un requisito necesario para juzgarlo.
Empecemos, brevemente, por los hechos. Adolf Eichmann no fue un jerarca nazi ni un ideólogo, sino un funcionario de medio pelo, terriblemente mediocre, que probablemente no hubiera sido nada en esta vida si las SS no le hubieran dado la ocasión de promocionarse. Mediocre pero inteligente, obediente hasta la aberración pero con la suficiente iniciativa como para mejorar las órdenes recibidas; un obediente creativo, por así decir. Obsesionado por el ascenso y la promoción, no era, como hemos dicho, un jerarca, no estaba a la altura de Himmler, jefe de las SS, ni del poco conocido Heydrich (el cual, sin embargo, es el verdadero diseñador de la “solución final del problema judío”. Heydrich no suele formar parte de la galería de retratos del nazismo aunque es el padre del holocausto; tal vez esto se deba a que no era miembro del aparato político del nazismo sino el jefe de los cuerpos de seguridad (RSHA y Gestapo), era de origen judío y, al parecer, era el jerarca nazi más querido por Hitler. Fue nombrado “protector” de Moravia y asesinado por la resistencia checa antes de que terminara la guerra). Todos estaban por debajo, naturalmente, de Hitler. Eichmann fue un alto funcionario de las SS, el encargado máximo de las deportaciones, con el suficiente rango, después de una lenta carrera de promoción, como para participar en la célebre conferencia de Wannsee, organizada por Heydrich, donde se planificó definitivamente la solución final[2]. Terminada la guerra huyó a Argentina, donde fue secuestrado por un comando israelí y trasladado a Jerusalén, y allí fue juzgado, condenado a muerte y ahorcado.
Arendt no sólo expone el desarrollo del juicio, los hechos, las declaraciones y las pruebas, sino que buena parte de su discurso se centra en el intento de comprensión de Eichmann, de su personalidad y su conducta. Eichmann no sólo era parte de un complejo engranaje sino que también tenía iniciativas propias, aunque raramente tomaba decisiones al margen de sus jefes. La política nazi con respecto a los judíos fue evolucionando y se tornó decididamente genocida a partir del inicio de la guerra. Arendt expone tres etapas de esta política: la primera fue la expulsión, la siguiente fue la concentración y la tercera el crimen. Según Arendt, Eichmann siempre fue un partidario de la deportación, siempre especuló con la idea de expulsar a los judíos a Madagascar y esta idea de la deportación le llevó a colaborar con organizaciones sionistas y a proclamarse él mismo sionista. Parece ser que los grupos sionistas rechazaban el asimilacionismo y veían como enemigo más a Inglaterra, que impedía la emigración judía a Palestina, que a Alemania. Este aspecto del libro fue muy polémico, así como el poner de relieve la colaboración de los consejos judíos en la política persecutoria de los nazis. La idea de Arendt es que allí donde hubo una auténtica resistencia a los nazis, como en Dinamarca, las repercusiones de la persecución fueron menores. Para desgracia de los judíos, no tuvieron dirigentes que estuvieran a la altura de las circunstancias. En cualquier caso, fueron este tipo de ideas las que motivaron el rechazo del libro de Arendt por amplios grupos de judíos (el libro no se publicó en hebreo hasta el año 2000)[3].
Arendt nunca exime de responsabilidad a Eichmann, ni por conocimiento ni por capacidad de juicio, y descarta el recurso fácil de la locura, que es precisamente la renuncia a la comprensión de las razones de la conducta:
“Durante el juicio, Eichmann intentó aclarar, sin resultados positivos, el segundo punto base de su defensa: “Inocente, en el sentido en que se formula la acusación”. Según la acusación, Eichmann no sólo había actuado consciente y voluntariamente, lo cual él no negó, sino impulsado por motivos innobles, y con pleno conocimiento de la naturaleza criminal de sus actos. En cuanto a los motivos innobles, Eichmann tenía la plena certeza de que él no era lo que se llama un innerer Schweinehund, es decir, un canalla en lo más profundo de su corazón; y en cuanto al problema de conciencia, Eichmann recordaba perfectamente que hubiera llevado un peso en ella en el caso de que no hubiese cumplido las órdenes recibidas, las órdenes de enviar a la muerte a millones de hombres, mujeres y niños, con la mayor diligencia y meticulosidad. Evidentemente, resulta difícil creerlo. Seis psiquiatras habían certificado que Eichmann era un hombre “normal”. “Más normal que yo, tras pasar por el trance de examinarle”, se dijo que había exclamado uno de ellos. Y otro consideró que los rasgos psicológicos de Eichmann, su actitud hacia su esposa, hijos, padre y madre, hermanos, hermanas y amigos, era “no sólo normal, sino ejemplar”. Y, por último, el religioso que le visitó regularmente en la prisión, después de que el Tribunal Supremo hubiera denegado el último recurso, declaró que Eichmann era un hombre con “ideas muy positivas”. Tras las palabras de los expertos en mente y alma, estaba el hecho indiscutible de que Eichmann no constituía un caso de enajenación en el sentido jurídico, ni tampoco de insania moral”[4].
Si la psicología “científica” no tuvo nada que decir acerca de Eichmann cabría preguntarse por las razones de los denodados esfuerzos de Arendt por comprender a Eichmann. ¿Qué es lo que había que comprender y por qué había que comprender? ¿Comprender para qué? ¿Qué es lo que hace al holocausto algo cualitativamente diferente del resto del mal? ¿Por qué no bastaba nuestra comprensión, o nuestra incomprensión, del resto de maldad que ha habido, hay y habrá en la historia? La respuesta a estas preguntas la ofrece Arendt no en este libro, sino en Los orígenes del totalitarismo, en el capítulo dedicado al antisemitismo, donde dice
“Porque la misma Historia es destruida y su comprensibilidad – que se basa en el hecho de que es realizada por hombres y, por lo tanto, puede ser comprendida por los hombres - se encuentra en peligro siempre que los hechos ya no sean considerados como parte del mundo pasado y del actual y sean mal empleados para demostrar esta o aquella opinión”.
Es decir, el holocausto ha sido realizado por hombres y puede ser comprendido por los hombres, pero una cosa es la comprensibilidad humana de lo humano y otra, muy diferente, que la comprensión sea un requisito a priori del juicio.¿Por qué el discurso se hace mucho más apremiante en este caso que en el resto de las casuísticas, como cuando se habla de “las causas” de tal o cual conducta malvada, por ejemplo el terrorismo, diluyendo con ello la responsabilidad de los malos o ampliando el ámbito de la responsabilidad y la maldad mucho más allá de los sujetos que realizan las conductas en cuestión? Repitamos la pregunta ¿qué había que comprender en Eichmann y, en general, en el nazismo? Esta pregunta no sería tan central si no fuera porque el holocausto plantea un espacio en blanco en nuestros discursos acerca del mal. No es sólo un problema de cantidad de mal sino de cualidad. La maldad nazi es una maldad horrenda, como nunca la ha habido, pero es una maldad que Arendt califica de banal. Banal porque el holocausto se planificó de una forma burocrática, fría y eficiente, porque quienes lo llevaron a cabo en sus niveles más elevados lo interpretaron como una simple actuación administrativa, eran piezas de un engranaje que simularon no controlar ni dirigir. Era esto, precisamente, lo increíble del caso y lo que obligaba a hacer un esfuerzo de comprensión profunda que iba más allá de lo puramente psicológico, se trataba de una comprensión casi metafísica.
Ese es el esfuerzo que hace Arendt y el que han hecho muchos otros después de Auschwitz. Ello no quita para que nuestra autora eche mano también de la psicología aunque a un nivel superficial (de hecho hay autores que la han criticado por no utilizar el psicoanálisis[5], ya se sabe que el holocausto ha sido para los psicoanalistas un auténtico filón). Así, Eichmann es un mentiroso[6], no ingresó en el partido por motivos ideológicos sino para promocionarse[7], era sionista convencido[8], tenía una incapacidad absoluta para empatizar y considerar el punto de vista de su interlocutor[9], asimiló tanto el lenguaje burocrático del nazismo que era incapaz de decir una frase que no fuera una frase hecha[10]. En un mundo como el de la Alemania nazi, construido en torno al engaño y la mentira (lo cual incluía el lenguaje protocolario que no llamaba a las cosas por su nombre, donde “solución final”, “evacuación” y “tratamiento especial” eran todos eufemismos para referirse al exterminio), Eichmann también se autoengañaba a sí mismo. ¿Qué eran, en general, los nazis? Según Arendt, “estaba en la esencia del movimiento nazi el seguir adelante y llegar a mayores extremos a cada mes que pasaba, pero una de las características más sobresalientes de sus miembros era que psicológicamente tendían a situarse siempre un paso atrás del movimiento. Es decir, tenían suma dificultad en conservarse a la par con él, o, como Hitler solía decir, no podían “saltar sobre sus propias sombras””[11]. Una afirmación así es poco creíble. Por muy burocrático y jerárquico que fuera el movimiento es difícil creer que una empresa semejante fuera adelante sin la decidida voluntad de sus miembros, desde el nivel más alto al más bajo y esto es algo que la propia autora dice más adelante. De hecho, la propia Arendt presenta a Eichmann en ocasiones no como una mónada obediente sino como un agente con capacidad para tomar iniciativas, un agente que, a su manera, también teorizaba sobre qué había que hacer con los judíos, es decir, que Eichmann “pensaba”. Sin embargo, la máquina que pusieron en marcha Hitler y Heydrich estaba diseñada de tal forma, por su diseño, por su lenguaje, por la forma de sus órdenes, que parecía que no sólo era un entramado que funcionaba por sí mismo sino que casi no podría funcionar de otra forma. Leer un documento como el protocolo de Wannsee es estremecedor porque hace falta conocer los hechos históricos para saber realmente de qué estaban hablando, algo que resulta muy difícil entender sólo si nos atenemos a la letra del documento, que nunca habla de exterminio sino de “evacuación”. Parece ser que entre los nazis, incluso cuando se trataba de altos funcionarios que estuvieran en el mismo nivel, sólo hablaban utilizando eufemismos, y también que desconocían formalmente lo que hicieran otras oficinas o secciones del aparato burocrático. Arendt llega a decir, hacia el final del libro, que Eichmann “no sabía lo que hacía”, lo cual hay que entender en un sentido moral, no que Eichmann desconociera lo que se hacía con los judíos cuyo transporte él precisamente organizaba:
“Para expresarlo en palabras llanas, podemos decir que Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que se hacía. Y fue precisamente esta falta de imaginación lo que le permitió, en el curso de varios meses, estar frente al judío alemán encargado de efectuar el interrogatorio policial en Jerusalén, y hablarle con el corazón en la mano, explicándole una y otra vez las razones por las que tan sólo pudo alcanzar el grado de teniente coronel de las SS, y que ninguna culpa tenía él de no haber sido ascendido a superiores rangos. Teóricamente, Eichmann sabía muy bien cuáles eran los problemas de fondo con que se enfrentaba, y en sus declaraciones postreras ante el tribunal habló de “la nueva escala de valores prescrita por el gobierno [nazi]”. No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión – que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez – fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como “banalidad”, e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común. No es en modo alguno común que un hombre, en el instante de enfrentarse con la muerte, y, además, en el patíbulo, tan sólo sea capaz de pensar en las frases oídas en los entierros y funerales a los que en el curso de su vida asistió, y que estas “palabras aladas” pudieran velar totalmente la perspectiva de su propia muerte. En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana. Pero fue únicamente una lección, no una explicación del fenómeno, ni una teoría sobre el mismo”[12].
“Banalidad del mal”, es decir, irreflexión, ¿es esto suficiente? ¿A vueltas, de nuevo, con el intelectualismo moral? ¿Cómo de irreflexivo era Eichmann cuando, por ejemplo, daba prioridad a un convoy con judíos camino de Auschwitz sobre un convoy militar, o cuando viajaba por toda Europa organizando los transportes, negociando con los consejos judíos, etc.? ¿Cómo podían ser irreflexivos personajes que se jactaban de su ausencia de pasiones, de ser, precisamente, intelectuales que no se dejaban llevar por el simple odio hacia los judíos, a diferencia del propagandista y agitador Julius Streicher, condenado en Nuremberg, que fue quien instigó el antisemitismo a nivel popular? Personajes que en otra ocasión nos son presentados por Arendt como individuos cuyos conceptos básicos son “objetividad”, “administración” o “economía”[13]. Parece ser que el único momento en el que Eichmann perdió la compostura durante el juicio fue ante la acusación de un testigo de haber Eichmann asesinado a palos a un muchacho judío. Arendt insiste repetidas veces en que Eichmann repudiaba la violencia física, nunca la ejerció y no podía ni presenciarla, como ocurrió durante su visita a la retaguardia del frente ruso donde actuaban los temibles Einsatzgruppen, brigadas de las SS que efectuaban matanzas a tiros. No, los jerarcas nazis no eran monstruos sanguinarios que desayunaban niños judíos, de hecho la mayor perversión del nazismo fue que diseñaron un sistema en el cual no sólo culpabilizaban a las víctimas sino que consiguieron que, en cierta medida, fueran las propias víctimas las que ejercieran la violencia sobre sí mismas, como los kapos de los barracones o los Sonderkommandos de los que hablaremos más adelante, por no hablar de hechos como que los consejos judíos colaboraron con las deportaciones y los propios judíos pagaban sus billetes desconocedores de cuál era su destino. Marcelo Birmajer acusa a Arendt poco menos que de intentar humanizar a Eichmann al afirmar que este se sentiría aliviado con la aplicación del método de las cámaras de gas ya que repudiaba la muerte violenta[14] pero precisamente lo que hace nuestra autora es demostrar que la maldad, el asesinato, el exterminio, en definitiva, el horror, no pierde ninguna de sus cualidades aunque sea ejercido “a distancia” por seres que piensan que actúan dentro de un orden. Todo lo contrario, el mal banal es aún más horrible que el mal visceral, el pasional, en el que se supone que existen unos resortes instintivos que forman parte de los mecanismos de actuación violenta. En definitiva, el distanciamiento que los nazis, al menos en las escalas elevadas, realizaron con respecto a la violencia, aumentaba aún más la dimensión de su crimen y de su responsabilidad y también, de paso, convertía todo el holocausto en un proceso aún más incomprensible si cabe.
Si hemos entendido bien el libro de Arendt, la clave para entender un fenómeno como el holocausto no hay que buscarla en el sadismo ni en la locura sino que es precisa una interpretación más normativa o, al menos, que trascienda más el subjetivismo de los protagonistas. No se trata tan sólo de indagar en el grado de conocimiento y responsabilidad en los hechos, esa seria la línea trivial de pensamiento jurídico en la que se situaron los acusados nazis y que usaron como defensa: no sabíamos lo que pasaba, cumplíamos órdenes, no éramos responsables, etc. Arendt nunca niega la responsabilidad de Eichmann incluso cuando lo describe como banalmente irreflexivo. Una comprensión adecuada del holocausto hay que situarla en el espacio normativo en el que estaban situados los alemanes de la época y, singularmente, los jefes nazis. Ello no quita que fueran unos psicólogos magistrales. Arendt cita fragmentos de discursos de Himmler que resultan muy reveladores:
“ “La orden de solucionar el problema judío” [dice Himmler] “es la más terrible orden que una organización podía jamás recibir”, “Sabemos muy bien que lo que de vosotros esperamos es algo sobrehumano, esperamos que seáis sobrehumanamente inhumanos”. Aquí, nosotros tan sólo podemos decir que las esperanzas que las esperanzas de Himmler no fueron defraudadas. Sin embargo, debemos poner de relieve que Himmler casi nunca intentó hallar justificaciones desde un punto de vista ideológico, y que, cuando lo hizo, ello pronto cayó en el olvido. Lo que se grababa en las mentes de aquellos hombres que se habían convertido en asesinos era la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única (“una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años”), que, en consecuencia, constituía una pesada carga. Esto último tiene una gran importancia, ya que los asesinos no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza, y los jefes hacían un esfuerzo sistemático para eliminar de las organizaciones a aquellos que experimentaban un placer físico al cumplir con su misión. Las tropas de los Einsatzgruppen procedían de las SS armadas, unidad militar a la que no cabe atribuir más crímenes que los cometidos por cualquier otra unidad del ejército alemán, y sus jefes habían sido elegidos por Heydrich entre los mejores de las SS, todos ellos con título universitario. De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico. El truco utilizado por Himmler – quien, al parecer, padecía muy fuertemente los efectos de aquellas reacciones instintivas – era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, en dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: "¡Qué horrible es lo que hago a los demás”!, decían: “¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!””[15].
Si bien es evidente que los nazis eran unos maestros en la manipulación psicológica, empezando por la que hicieron de sí mismos, y siguiendo por la que utilizaron con el pueblo alemán y con los propios judíos no lo es menos que sería muy difícil una comprensión del holocausto sin apelar al pervertido sentido que tenían acerca de su relación con la norma, con la ley. El protocolo de Wannsee, que no es una ley sino el acta de una reunión, deja bien claro que la creación de una oficina de emigración judía en 1939 tenía como objetivo “limpiar de judíos – por vía legal – el espacio judío alemán”. Los nazis estaban obsesionados por el cumplimiento de las leyes, por eso la primera medida que se adoptaba con los judíos a los que se quería asesinar era quitarles la nacionalidad y declararlos apátridas, es decir, dejarlos sin protección legal. Lo que entendían por ley, era también bastante peculiar porque el holocausto no estaba registrado explícitamente en ninguna ley, ni siquiera en las leyes de Nuremberg. Fue una orden directa de Hitler que seguramente sólo oyeron unos cuantos y no consta en ningún sitio, se transmitía en claves y con eufemismos (por eso el documento de Wannsee es tan importante). El problema es que para los nazis las órdenes de Hitler tenían el rango de ley[16]. En el capítulo dedicado a la conferencia de Wannsee, Arendt utiliza la figura de Poncio Pilatos, a la que el propio Eichmann se asimiló, para explicar su actitud ante las nuevas órdenes: él no era nadie para juzgar ni para tener opiniones propias sobre aquel asunto (aunque, cínicamente, él participó en la reunión)[17]. Para eludir su responsabilidad, Eichmann eliminó todo rasgo posible de conciencia y de autonomía lo cual no le impidió, durante los interrogatorios, declararse kantiano. Arendt, sin embargo, señala correctamente que toda la compleja maquinaria del holocausto, por muy perfecta que fuera, no podría haber funcionado por sí sola ya que había que salvar multitud de dificultades. Para colmo, no sólo había que contar con la obediencia de los nazis sino también de los propios judíos[18].
Esto nos da pie para hablar brevemente de los episodios de colaboración y seguir planteando la cuestión de si podemos juzgar sin comprender o, simplemente, de si tenemos derecho a juzgar. Eichmann no quiso juzgar, ni las SS ni el nazismo en general juzgaron y, por lo visto, ni siquiera la mayoría del pueblo alemán. Como nadie juzgó todo el mundo obedeció entusiastamente. Durante el juicio, el fiscal preguntó recurrentemente a los testigos judíos por qué no se rebelaron. Es una pregunta sin respuesta para la que sólo podemos suponer un indicio de empatía ¿qué hubiéramos hecho nosotros en su lugar? Lo peculiar del nazismo no es sólo que consiguieron que las víctimas interiorizaran un sentido de culpa y de vergüenza (como se ve en los textos de Primo Levi) sino que consiguieron que fueran judíos quienes participaran directamente en el exterminio. En Auschwitz, especialmente en Auschwitz-II (Birkenau) funcionaba un “comando especial” o Sonderkommando, compuesto por judíos, que eran los encargados del mantenimiento de las cámaras de gas y los crematorios, engañaban a la gente para que no cundiera el pánico, cortaban el pelo a los cadáveres, etc. Lo único que obtenían a cambio de hacer esto, aparte de ciertas comodidades dentro del campo, era sobrevivir cuatro meses más, ya que después eran asesinados y reemplazados por otros. Primo Levi analiza a estos hombres en Los hundidos y los salvados, denominándolos “la zona gris”, y su tesis es que no tenemos derecho a juzgarlos[19]:
“Aquellos de quienes tenemos noticia, la desdichada mano de obra de las matanzas, son, por consiguiente, el resto, los que una y otra vez iban prefiriendo unas semanas más de vida (¡qué vida!) a la muerte inmediata, pero que en ningún caso llegaron, y tampoco fueron obligados a ello, a dar la muerte con sus propias manos. Vuelvo a decir: creo que nadie está autorizado a juzgarlos, ni quien ha vivido la experiencia del Lager ni, mucho menos, quien no la haya vivido”[20].
La muy posmoderna tesis de que no podemos juzgar si no asumimos la identidad de víctimas es aún más radicalizada por Levi: ni siquiera las víctimas pueden juzgar a los miembros del comando especial. Si llevamos esta tesis a sus extremos, nadie puede entonces juzgar a nadie y mucho menos a las víctimas. No es el mismo tipo de renuncia al juicio que hizo el supuestamente kantiano Eichmann pero plantea de nuevo la pregunta que nos hacíamos al principio: ¿es necesario comprender para juzgar? ¿Y si fuera imposible comprender nada, deberíamos renunciar entonces al juicio? ¿Por qué nos resultan tan relevantes las causas de las conductas hasta el punto de que tendemos a identificar la comprensión de la conducta con la identificación de causas?
Eichmann nunca renunció a los intentos de justificar su conducta, lo cual indica que tampoco era tan irreflexivo como parecía, aunque lo más probable es que siempre se sintiera un absoluto incomprendido, especialmente durante el juicio. De entre los clásicos intentos de justificación que siempre apuntaban hacia la no asunción de responsabilidad por parte de un ciudadano cumplidor de la ley, como lo califica irónicamente Arendt, el más llamativo es la invocación a Kant:
“Durante el interrogatorio policial, cuando Eichmann declaró repentinamente, y con gran énfasis, que siempre había vivido en consonancia con los preceptos morales de Kant, en especial con la definición kantiana del deber, dio un primer indicio de que tenía la vaga noción de que en aquel asunto había algo más que la simple cuestión del soldado que cumple órdenes claramente criminales, tanto en su naturaleza como por la intención con que son dadas. Esta afirmación resultaba simplemente indignante, y también incomprensible, ya que la filosofía moral de Kant está tan estrechamente unida a la facultad humana de juzgar que elimina en absoluto la obediencia ciega. El policía que interrogó a Eichmann no le pidió explicaciones, pero el juez Raveh, impulsado por la curiosidad o bien por la indignación ante el hecho de que Eichmann se atreviera a invocar a Kant para justificar sus crímenes, decidió interrogar al acusado sobre este punto. Ante la general sorpresa, Eichmann dio una definición aproximadamente correcta del imperativo categórico: “Con mis palabras acerca de Kant quise decir que el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de leyes generales” (lo cual no es de aplicar al robo y al asesinato, por ejemplo, debido a que el ladrón y el asesino no pueden desear vivir bajo un sistema jurídico que otorgue a los demás el derecho de robarles y asesinarles a ellos). A otras preguntas, Eichmann contestó añadiendo que había leído la Crítica de la razón práctica. Después, explicó que desde el momento en que recibió el encargo de llevar a la práctica la Solución Final, había dejado de vivir en consonancia con los principios kantianos, que se había dado cuenta de ello, y que se había consolado pensando que había dejado de ser “dueño de sus propios actos” y que él no podía “cambiar nada””[21].
Si la conclusión de Arendt es que ante la banalidad del mal que supuso el holocausto “las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”[22] entonces asume explícitamente que el propósito de su libro ha sido, a la postre, vano. Quiso comprender pero no pudo, ¿le impidió ello el juicio? Sencillamente no. Si podemos sentir el mal sin comprenderlo, como leímos en la cita de la introducción, también podemos juzgarlo sin necesidad de construir ningún tipo de teoría sobre él que, a la postre, nunca va a cambiar nuestro juicio. Determinados discursos significan una renuncia a la comprensión, entre ellos los que apelan a la locura (no-comprensión) o el nihilismo (no-valor), como recordaréis que hizo Safranski en El mal[23] en su capítulo sobre el nazismo, y ahora es el tópico de moda a propósito de Glucksman y su visión del terrorismo. Hablar de locura o de nihilismo es no decir nada, como tampoco es decir nada cualquier tesis naturalista o positivista, siempre determinista, que se le pueda ocurrir a las ciencias de la conducta. Para empezar, comprender una conducta no es conocer ninguna “causa” porque el concepto de causalidad no encaja con el de seres racionales que viven en un espacio normativo de “razones”. Como bien señala Arendt, toda ciencia social es determinista[24]. Y aunque lográramos una comprensión de la conducta ¿en qué medida puede eso afectar a nuestro juicio normativo sobre ella? ¿De qué nos sirve, en el fondo, saber que el nazismo tuvo causas? Si los nazis fueron personas “normales”, banales e irreflexivas en su formalismo normativo ¿significa eso que todos podemos ser nazis? La comprensión, aunque la hubiera, no aporta nada, no hay que comprender nada, sólo juzgar desde criterios normativos y esto se puede y se debe hacer con todo tipo de conducta sea cual fuere la condición de quien la realiza. Igual que juzgamos a los nazis también podemos y debemos juzgar a los judíos que colaboraron con ellos por más que un criterio de empatía o intersubjetividad nos llevara a la conclusión de que si nosotros estuviéramos en esas circunstancias nos comportaríamos como ellos. Y quien dice nazis y judíos también dice, naturalmente, el resto del género humano.
[1] La edición que he manejado es la de bolsillo: Eichmann en Jerusalén, De Bolsillo, trad. De Carlos Ribalta, Barcelona 2004. Curiosamente, esta edición no tiene el subtítulo que le puso la autora y que casi es más famoso que el título: Un ensayo sobre la banalidad del mal.
[2] Sobre la conferencia de Wannsee se ha publicado recientemente un libro muy revelador: Mark Roseman: La villa, el lago, la reunión, traducción de Claudio Molinari, RBA, Barcelona 2001.
[3] V. Carmen López Alonso: “Israel: ‘Shoah’ y ‘Nakba’”, Claves de Razón Práctica, nº 147, noviembre 2004. López Alonso acusa a Arendt de no matizar en casos y etapas la historia de la colaboración de los judenrat, así como de no mencionar los episodios de resistencia. Parecida tesis se sostiene en Marcelo Birmajer: “Hannah Arendt, la comprensión y lo inexplicable”, Lateral, octubre de 2004. Birmajer acusa a Arendt también de no mencionar episodios de resistencia como la rebelión del guetto de Varsovia y la incluye en el grupo de “judíos que se odian a sí mismos”. Sobre este artículo, no obstante, volveremos más adelante.
[4] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pp. 45-46.
[5] V. José Brunner: “Eichmann, Arendt and Freud in Jerusalem: On the Evils of Narcissism and the Pleasures of Thoughtlessness”, History & Memory Volume 8, Number 2 .
[6] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 47.
[7] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 56.
[8] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 67.
[9] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 77.
[10] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 78.
[11] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 96.
[12] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 418.
[13] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 104.
[14] Marcelo Birmajer: “Hannah Arendt, la comprensión y lo inexplicable”, Lateral, octubre de 2004.
[15] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pp. 156-157.
[16] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 216.
[17] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 168.
[18] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 172.
[19] Una de las mejores películas que se han hecho sobre el holocausto, La zona gris, inspirada en el libro de Levi, trata sobre estos comandos especiales y la rebelión que llevaron a cabo hasta el extremo de destruir varios crematorios antes de ser todos asesinados. Aprovecho para recordar que también existe un telefilme sobre la captura de Eichmann en Argentina. Lo he visto pero no me acuerdo del título.
[20] V. Primo Levi: Los hundidos y los salvados, Muchnik editores, Barcelona 2001, pp. 54-55.
[21] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pp. 199-200.
[22] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 368.
[23] R. Safranski: El mal, Ed. Tusquets, Barcelona 2000, pág. 228.
[24] H. Arendt: Eichmann en Jerusalén, op. cit., pág. 421.