ANÁLISIS DE LOS MODELOS FEMENINOS CONTEMPORÁNEOS

PROLEGÓMENOS

Vivimos una época de indefinición individual, en donde los modelos masculinos y femeninos se entrecruzan, se entrelazan y se entremeten unos en otros aprisionando las naturalezas, empujando las esencias, inevitablemente espúreas, inexorablemente impuras.
Vivimos una época masculina por antonomasia, en donde el modelo imperante es el masculino y en donde el modelo femenino resulta reprimido. Desde un punto de vista interno, el modelo femenino entonces se ve hastiado, sustantivizado, hipostasiado en otro; porque desde un punto de vista externo es, contrariamente, el modelo femenino, el que sustenta al modelo masculino. “Así, la casa, la familia, las virtudes domésticas y el papel de las mujeres en el cuidado físico y emocional de los demás ha sido constantemente alabado y considerado el cimiento de la vida social” . El modelo masculino en este sentido se retroalimenta a través del modelo femenino, lo reprime pero vive de él, lo nutre, lo valora despectivamente, y lo limita, pero, a su vez, lo alaba y lo avala. El modelo femenino es el diamante del masculino, es la fuerza, la base emocional, y aquél su desdicha.
Pero el modelo masculino no solo se sirve del femenino como su doncella. En un tiempo como el actual en donde las relaciones de poder intentan crear nuevas esencias el modelo masculino prima sobre la feminidad, apropiándosela, impregnándola, usurpándola. Las féminas aprenden entonces a comportarse como hombres, interiorizan estos modelos que le son per natura impropios e intrusos.
Paralelamente a este suceso se encuentra otro fenómeno de no menor importancia que constituye otro de los polos en donde lo femenino se vertebra; en este caso el movimiento es inverso: la feminidad se dilata. Si bien encontramos una represión de la esencia de lo femenino en el acto de la masculinización, en el suceso del histerismo lo femenino se expande de un modo desmesurado. La histérica es un modelo femenino que exalta las propiedades propiamente femeninas hasta un punto sin medida, sin ninguna mesura. La histérica, así, pasa de ser una enfermedad catalogada a ser un modelo de personalidad social. La histérica se caracteriza por un desarrollo emocional desproporcionado, por una emocionalidad intensa e inmensa; ella no elige sus emociones, sus emociones eligen por ella, ellas la dominan en su actividad y experiencia.
La histérica tiene la contrapartida en el macho y supone una feminización de lo femenino, lo femenino llevado a su extracto y multiplicado ad infinitum. Lo femenino exagerado, en extremo, y por tanto, nuevamente reprimido, al no estar en su precisa medida, en sus precisos limites, en una suerte de desublimación represiva .
Masculinización de lo femenino e histerismo de lo femenino constituyen los dos emblemas represivos de la mujer en la actualidad. Dos modelos puros analíticamente, pero indisolubles empíricamente. Dos modelos dignos del presente ensayo.

LA CORAZA CARACTERIOLÓGICA

Wilhelm Reich caracterizó el totum de instancias que conformaban las resistencias al placer como una coraza caracteriológica. Básicamente el entramado se constituía como una “defensa del yo contra la angustia” siendo su función la de “proteger contra el displacer” al organismo. Sin embargo, esto llevaba intrínseco, una tasa, un arancel, mediante el que el organismo “pagaba por tal protección perdiendo gran parte de su capacidad de placer” .
La coraza caracteriológica consiste en una destructividad interna, fijada en energía de contención de los impulsos libidinosos en la forma de un pensar ante las acciones presentes y futuras, deteniendo “todo impulso activo y vivo del individuo” . Es un comportamiento lúgubre, mecánico, rígido y no dúctil. Da lugar a un carácter frío e inexpresivo, miedoso a las sensaciones del cuerpo. Las distintas tendencias destructivas ocupan el lugar de los impulsos eróticos, escondiendo cada una, una muerte del cuerpo en forma de actitud caracteriológica. Estas tendencias son resultado de conflictos del pasado provenientes de un odio causado por la decepción ante la consecución de metas que traza el principio del placer en su extensión. Odio concentrado, compacto, odio necrófilo. Odio que late por el cuerpo inerte y lo persevera en esa condición muerta.
Un análisis éste de Reich que se reduce fundamentalmente, en la actualidad, al cuerpo masculino, debido a que el cuerpo masculino, por causas sociales, está definido por una frialdad apabullante. Esto es evidente en la obra de Lawrence Kohlberg , en donde se expone un tipo de raciocinio moral carente de emotividad que, como ha mostrado Carol Gilligan , es propio del sector masculino.
El modo de pensar masculino se caracteriza según Gilligan por el uso de normas abstractas y principios. Es un hombre-hielo que se mueve en el ámbito de lo puramente técnico, lógico y racional. Es un hombre incoloro, tenue por dentro y pétreo por fuera.
El carácter sadomasoquista está de un modo muy concreto presente, impreso, en él. El Superyo contiene la energía libidinosa hacia adentro mientras el Ello permanece letárgico. De este modo el instinto tanático se alía con el Superyo y forma un muro invisible que impide el libre flujo de las emociones propias del Ello en la forma de mecanismos de defensa. Pero asimismo el Tanathos se canaliza como una apariencia externa pues la coraza caracteriológica implica una posición agresiva en las relaciones sociales. No es que el hombre-hielo no tenga emociones sino que sus emociones son vacuas, huecas y opacas, de un modo similar a como Erich Fromm habló de los estados emotivos del hombre cibernético .
El origen cultural de la coraza caracteriológica hay que buscarlo en la bipartición de los roles sociales en las sociedades primitivas en donde el hombre se dedicaba a la caza y la mujer a la recolección de vegetales comestibles, a la caza de pequeños animales, y al cuidado emocional y físico de la familia . El empleo de las capacidades racionales sobre todo en términos de medios-fines en el arte de la caza y en la construcción de utensilios para realizar la matanza de los animales, dio como resultado en los hombres el aislamiento de las emociones por su poca eficacia en la lucha por la supervivencia. Las emociones se vieron como un peligro para la supervivencia, y por tanto, como un elemento perturbador de la hombría entendida como una función determinada en la división del trabajo. En el paso difuso de la naturaleza a la cultura, las emociones se vieron intrusas, se sintieron extrañas y dolorosas. Esa vorágine de instintos agresivos que movían sus actividades racionales y físicas perdió su sentido en el paso de la sociedad cazadora-recolectora a la sociedad agricultora, volcándose sus instintos contra sí mismos en la forma de una coraza caracteriológica.

LA MASCULINIZACIÓN DE LO FEMENINO
           
            El hecho de la masculinización de lo femenino no es un acontecimiento nuevo, pertenece a un pasado que sume sus raíces en la época de Mary Wollstonecraft, en donde se proclama el sufragio universal de las mujeres y se formulan los derechos femeninos en términos de la cultura de los hombres. Mary Wollstonecraft incentivó los derechos de las mujeres desde un prisma de igualdad que equiparaba los derechos de las féminas a los de los hombres . La actualidad está presa de este origen; como comenta Carol Gilligan las mujeres dudan de la normalidad de sus sentimientos y cambian sus juicios por la evaluación que éstos tienen en una sociedad en donde los valores masculinos imperan. La mujer-hombre nació precisamente en ese uso de conceptos nacidos en la sociedad paterno-filial de dominación masculina, deviniendo éstos su medida. Lo masculino se constituye así como el baremo, la premisa de comparación, la tabula, de lo femenino.
            Evita Perón fue una pensadora feminista que denunció la virilidad de la mujer, denunciando el doble resentimiento que provoca el comportamiento masculino en las mujeres . Por un lado se sitúa un resentimiento contra las mujeres que son femeninas mas no feministas, por otro, las mujeres masculinas poseen un resentimiento ante su condición de ser mujeres, que confronta con sus ansias de ser hombres.
            De otra parte, Fred Adler estudió el comportamiento de lo femenino en base a lo masculino desde la perspectiva del comportamiento neurótico. Adler comprende que la mujer vive su condición femenina como un status inferior , lo que le produce deseos de superioridad con respecto al macho. En ese avatar conativo el rol femenino se relega a la nada y es sustituido por un rol que pueda medirse con roles de la misma especie. La mujer se vuelve dominante, fría y despreciadora. En este sentido Simone de Beauvoir avisaba a la mujer de dos bulos en los que podía verse anegada: “jugar a ser hombre será para ella fuente de fracaso; pero jugar a ser mujer es también un engaño” . Así la mujer vive apresada entre dos formas de vida, dos polos que delimitan sus posibilidades de esencia: su irremediable necesidad de seguir al hombre como modelo de vida ante su opresión social encontrando de este modo una salida dudosamente liberadora, o su esclavitud en el ámbito privado del hogar y del cuidado de la prole.

LA NATURALEZA FEMENINA: LA MUJER-FUEGO

            La cuestión de una esencia femenina es extremadamente controvertida, en vista a que podemos caer en el desmán de pensar que la esencia femenina no es histórica y elaborada culturalmente. Sin embargo, se nos presentan propiedades permanentes de lo femenino inexcusables. La idea de una esencia de la mujer pertenece al ámbito de la superestructura, y como tal, puede perpetuar las relaciones sociales establecidas. Para Althusser la ideología representa las relaciones imaginarias de los individuos con sus condiciones reales de existencia, de modo que las ideas de un individuo se comportan como acciones materiales lideradas por los Aparatos Ideológicos Estatales. Los Aparatos Ideológicos Estatales son múltiples, distintivos, y relativamente autónomos; su misión estriba en expandir ideología, e indirectamente en la continua perseverancia de la estructura social .
Esto ocurre, históricamente, con el concepto de la feminidad, un concepto que desde la Inglaterra victoriana se exportó al resto de los países europeos, definiendo a la mujer como un ser destinado a la subordinación de su esposo y a la realización de las tareas de cuidado de la familia. Inspirada en el evangelio , esta idea fue objeto de debate al lado de otras tendencias más científicas -pero igualmente aliadas de la dominación femenina- a fines del siglo XIX. En ese debate se discutía acerca de si la antropología oficial era una forma ideológica que establecía fundamentos del sistema de valores de la burguesía .
Desde la posición de Althusser la economía tiene un papel primordial en el producto de las relaciones ideológicas, puesto que el rol productor de la ideología en la configuración de la acción material es indirecto. En realidad, la práctica social se vertebra en base a relaciones de poder que comprenden todos los dominios de lo social y los influjos provienen tanto del nivel económico como del nivel superestructural. Un crítico feroz del marxismo ha sido Michel Foucault para quien la economía no es lo fundamental en la praxis social sino las relaciones de poder que se ejercen en todos los ámbitos de la vida colectiva. Empero, este monopolio del poder es equiparable al monopolio de la economía en la versión más tosca del materialismo histórico . En el interior del sistema social está todo limitado, nada se escapa a las relaciones de poder , todo, cada fenómeno, tiene un significado primariamente anticipado. El poder es ubicuo, primario, y originario. Pero el problema no está en que sea el poder un primus agens, o esté in omnis loco, el problema está en que el poder no permite huecos para la libertad contingente, que es subsumida en la basta red de sus estructuras.
La consecuencia de este modo de análisis reside en que la producción de ideas válidas vitalmente se sitúa en los “focos de resistencia” (en el no poder) .  De este modo no es posible evaluar las iniciativas individuales aparte de su inserción en las relaciones de poder. Para Foucault las ideas no son más que relaciones de poder, midiendo al poder únicamente en su vertiente social, y obviando su vertiente individual.
Ahora bien, una mengua del concepto a las relaciones de poder obviaría sus razones, sus reglas propias, en donde el contenido del concepto se inviste de validez, reduciendo a éste a una mera relación extrínseca. La valoración del concepto intrínsecamente tiene que ser coetánea con la valoración del concepto extrínsecamente, en su relación con el entramado social que lo impulsa y lo mantiene. Esto no implica que la consideración intrínseca sea la única que debe tenerse en cuenta, sino que ambas deben ser evaluadas por partes, y ver su nivel de ensamblamiento. La falsedad de una noción supone una relación de poder en donde uno de los polos es reactivo. Una relación de poder depende de la cualidad de las fuerzas que operan en ella y sus producciones mentales son el correlato de esas fuerzas de modo que los criterios de verdad de sus proposiciones y sus valores morales coinciden. En un sistema social las relaciones pueden ser positivas o negativas para uno de los dos polos de la relación de fuerzas siendo para el otro del mismo modo positiva o negativa, dependiendo de las cualidades de la fuerzas en la relación. Positivo-positivo, negativo-positivo, negativo-negativo, y positivo-negativo son las posibilidades cualitativas de las relaciones que dos fuerzas pueden establecer entre sí. La verdad de una proposición va en relación a sus propias reglas de validación que coincide con la cualidad de fuerza en la que nace y de la que se inspira . La proposición impregnada por el acto creativo que la emite posee un valor de verdad inherente a ella misma que es usado en el entramado social en el que está inserta. La fuerza se imprime en la proposición y esto tiene efectos en la aplicación ulterior de la proposición a nivel práctico y en su comprensión por parte de los sujetos que la aprehenden. En este sentido pueden existir ideas que perseveren en el imaginario colectivo con relaciones de poder distintas a las que las motivan originariamente, en donde habrá que determinar la cualidad de la fuerza impresa en ella. Foucault desarrolla la regla de polivalencia táctica de los discursos , pero ésta se reduce a los discursos en sus relaciones de fuerza en situaciones de poder o no poder, sin atisbar que una resistencia puede ser reactiva a pesar de que se sitúe en oposición al poder que domina en un sistema social.
Centrándonos en el concepto de mujer, éste tiene una concreción cultural e histórica, por lo que una formulación universal del concepto de mujer necesita como condición la concreción empírica de la idea de mujer, prescindiendo de fórmulas a priori . No obstante, la opinión que tiene Moore, avalada por Brown y Jodanota, de que la biología no proporciona principios inexcusables en el concepto de mujer, tiene que ser precisada . La biología no tiene poderes determinantes, aunque sí condicionantes, es decir, la biología es la tabla de los elementos inscritos en el cuerpo, elementos formales, que pueden ser desviados, simplemente inhibidos, o saciados , elementos formales del cuerpo que son extendidos, concretados, esgrimidos, vapuleados, dilatados o limitados, continuados en su meta o coartados. Pero no constituyen un destino previsto y anticipado.
En el caso de la mujer, las distancias biológicas con el hombre que causan determinados instintos, son la disminución de testosterona en el sistema endocrino, las caderas anchas adaptadas para las actividades de la gestación y el parto, y la intermitencia de las secreciones endocrinas involucradas en el aparato nervioso, que hace que el control del sistema nervioso sea más implicado. Precisamente una anatomía sesgada para la supervivencia que concuerda con el papel de recolectora y cuidadora que tenía en las primeras comunidades del Paleolítico superior.
La naturaleza femenina podemos formularla de la siguiente manera: como Mujer Salvaje “es la mujer prototípica; cualquiera que sea su cultura, cualquiera que sea la época, cualquiera que sea la política, ella no cambia” . La Mujer Salvaje, desde este punto de vista psicoanalítico, es la fuerza mental femenina, considerada instintivamente, que puede ser subsumida en sus avatares represivos bajo el imperio del Superyo. Se trata de una naturaleza sexual, una naturaleza mágica, astuta, intuitiva y creativa, de una naturaleza que proviene de las sociedades cazadoras-recolectoras que formaron los primeros homo sapiens en el Paleolítico, pero que se eleva de los límites puramente animales, y que se hace patente en las experiencias del embarazo, la lactancia o el amor.
Hay un paralelismo inverso entre la presencia de testosterona, la hormona sexual masculina por excelencia, y el desarrollo emocional de las mujeres, lo que perpetra una distinción genérica de caracteres. El descontrol emocional de las mujeres está motivado por los ciclos menstruales que median por el hipotálamo sus secreciones hormonales . La actividad del hipotálamo hace de éste un órgano más sensible a los estímulos externos que en el caso de los hombres. Así “en la medida que exista una determinación sexual del sistema nervioso central, esta determinación influirá sobre las predisposiciones a percibir los estímulos y responder a ellos” . Por otro lado, las habilidades sociales en las niñas parecen ser una constante desde las edades más pequeñas. En este sentido las mujeres son más inteligentes emocionalmente que los hombres, quienes por su alta cantidad de testosterona se comportan de un modo más agresivo. En la mujer primitiva el flujo de emociones encontraba un campo primario en el ámbito de la familia, por lo que el cariño y la simpatía, aparecen como mecanismos emotivos de tipo moral insertos en la lucha por la supervivencia, vía femenina. En esta línea se puede afirmar que el descontrol emocional está habilitado para la supervivencia, pues incentiva y posibilita la implicación emocional con los miembros del clan, en sus fases más infantiles, cuando necesitan más atenciones .
Una opinión contraria es la de Marvin Harris, para el que no existe ningún indicio genético de que las mujeres estén destinadas al ámbito del cuidado de la prole . El argumento de que pusieran en manos de nannys, dos o tres horas al día, dos veces por semana a los hijos mientras se dedicaban a recolectar o a la caza menor no rebate el hecho de que la mujer se dedicara a ese tipo de actividad normalmente. La agresividad del macho, por el contrario, que se hace patente en la caza mayor, supone un aumento del instinto de agresión que no tiene correspondencia en la mujer, que esta dotada de cierta agresividad natural en proporciones diametralmente opuestas a los hombres .

EXCURSUS SOBRE EL MACHISMO

"Machismo" de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española significa: “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres” . Sin embargo, el machismo es más que un simple acto, el machismo soporta una carga ideológica que habitúa los impulsos en una determinada dirección e imbuye un sistema social de género. El machismo está presente en el patriarcado, late dentro de él, lo estructura, y lo motiva. El machismo es un mal que debe eliminarse como soporte previo del patriarcado, puesto que constituye su condición. Los argumentos para probar esta inferioridad supuesta de la mujer han tomado prestados elementos de la antropología, pretendiendo fundarse en hechos de índole natural. Lo que me interesa es sentar que el machismo se apoya en una falacia de tipo epistemológica, que confunde el ámbito de los valores con el árido campo de los hechos.
            Hume, en su Tratado sobre la naturaleza humana, indicó que las proposiciones de índole moral están presididas por un “debe”, y esta cópula verbal se sitúa en un entramado de proposiciones que delimita una clase concreta, la de las acciones en su dimensión normativa. Por el contrario, las proposiciones de la ciencia empírica están presididas por la cópula “es”, que aglutina proposiciones referidas a hechos, en sus relaciones empíricas. Las argumentaciones que tratan de probar el machismo se sitúan en este campo del “es”, e intentan por medio de la antropología aducir su base y deducir proposiciones de tipo normativo acerca de las relaciones de hombres y mujeres. Pero si establecemos en una oración la cópula “es”, como dice Hume en su escrito, no existe ninguna norma de razonamiento que pueda permitirnos deducir proposiciones que contengan la cópula “debe” . Jürgen Habermas trató de superar esta crítica mostrando que la práctica de la argumentación exige aducir fundamentos, uno tras otro, en una cadena discursiva entre los hablantes. De modo que el trasvase de proposiciones normativas a proposiciones fácticas procede de un modo habitual sin necesidad de explicitar ningún modo correcto de razonamiento, por el mero uso de la razón en su aspecto teórico discursivo. Las normas morales tienen que basarse y esa fundación se hace en proposiciones de hechos, siguiendo la ilación del discurso .
            La relación entre proposiciones de hechos y proposiciones de normas ha sido criticada asimismo por Thomas Kuhn, quien consiguió establecer en las proposiciones de hechos componentes normativos, de forma que éstos permanecen soterrados, presupuestos, en las proposiciones de hechos en el interior de un paradigma científico . Esto indica, como Laudan ha postulado después, pasando por la criba racionalista a la postura kuhniana, que la discusión sobre proposiciones de hecho puede contemplar la discusión de proposiciones normativas cuando los argumentos escinden ese nivel y se elevan a otros . Sin embargo, esto no prueba que el salto inferencial del “es” al “debe” esté asegurado, sino sólo que en determinado momento es necesario aducir argumentos relativos a normas. La cuestión se resume en la necesidad de encontrar premisas intermedias que aseguren el paso de las proposiciones fácticas a las proposiciones normativas. Un simple enlazamiento, un simple recurrir, describiendo una situación de facto, ya sea una situación fáctica del discurso entre dos hablantes o una situación de cambio científico, comete el mismo error que pretende subsanar, pues se cae en la misma falacia. Por tanto, estos dos ámbitos estarían desligados so pena de que encontremos una regla de inferencia que permita pasar de un dominio a otro.
Un tema relacionado es la indisoluble ligadura de los hechos con los valores en la ciencia social, puesto que la ciencia social por su objeto de estudio, está destinada al uso de valores. La Escuela de Frankfurt discutió la escisión positivista entre hechos y valores , pues el hecho no está meramente dado sino que está valorado previamente por los poderes fácticos que lideran la estructura social. Paul Ricoeur ha afirmado que el hombre es un ser que valora , pero no termina de precisar el sentido de los valores en la ciencia social, pues el hombre valora en base a algo que le hace ser un ser de valores.
El machismo aparte de basarse en una falacia metodológica puede ser destruido teóricamente discutiendo su base. Los argumentos en torno al machismo valoran la actividad cazadora de los machos en las comunidades primitivas -y la extrapolan al presente-, por encima de la actividad supuestamente relegada al hogar de las féminas. Empero, los datos indican que la mujer tenía un papel sumamente importante para la supervivencia.
Este argumento no contempla a) que esta pretendida superioridad depende de un contexto determinado, y por ende, histórico, b) que no está demostrado que sea más necesaria la caza mayor en las primitivas comunidades del Paleolítico superior que el cuidado de la progenie, la caza menor o la recolección de vegetales, labores éstas realizada por las féminas. Con esto la pretendida superioridad masculina aparece como un sofisma que tan sólo demuestra la escasa fuerza teórica de los argumentos machistas y delata la diferencia concreta de la mujer respecto al hombre así como su equitativa necesidad en el destino de la supervivencia. La mujer puede tener menos fuerza agresiva, sí, lo que implica un instinto de poder menor, pero eso no le hace ser inferior sino sólo resalta su específica singularidad.
Otra cosa bien distinta es encontrar un concepto mediador que nos permita eludir el problema de la “falacia naturalista”, como G. Moore ha lúcidamente denominado de motu proprio a la crítica humeana. De hecho por la ausencia de un concepto mediador sano se perpetra la falacia. Conceptos como el de superioridad que contienen componentes valorativos en la ciencia social, necesitan de una regla de inferencia que les permita realizar fórmulas imperativas. El concepto mediador que está presupuesto en el machismo antropológico consiste en suponer que el macho produce bienes de satisfacción de necesidades más urgentes que la hembra. La lectura que postula que el devenir de una sociedad acéfala a una sociedad patriarcal se debe a la posesión de las armas no tiene en cuenta las disposiciones psicológicas que han posibilitado el control de los medios de violencia. La sumisión que implica la toma de los medios de violencia solo puede deberse a una necesidad que posibilite ese paso, y esa sumisión obligada solo podría deberse a la imperiosa necesidad del macho en el fenómeno de la supervivencia. Pero, como tal, esa necesidad es inexistente.

LA FEMINIDAD HISTÉRICA

La tendencia particular al descontrol de sus sentimientos debido al desorden en las secreciones endocrinas del sistema nervioso por parte de la mujer, como apunta Simon de Beavoir , ha sido utilizada por el Poder para manipularla. Las emociones de la mujer han sido usadas, pervertidas, metamorfoseadas, libertadas y limitadas, descentradas y concretadas, incentivadas y repudiadas por los poderes fácticos de género. Los sentimientos de culpabilidad son más fuertes y recurrentes en ella con respecto al macho , y la mujer se implica más, emotivamente, en las relaciones sociales. Esto crea tensiones que, como ha señalado Carol Gilligan , impiden que la mujer se tenga en cuenta a sí misma. Mientras en el caso masculino estas tensiones se resuelven de forma abstracta sin implicación emocional aparente, por una aplicación de reglas, las mujeres sufren estas aporías con una forma de duelo.
            Por otra parte el histerismo implica un movimiento emocional de dentro hacia fuera, detenido, concretado, y protuberante, en ciertos puntos débiles que hacen reaccionar a la histérica de un modo desmesurado : en un movimiento inverso a la compresión que subyace a la coraza caracteriológica. Los puntos débiles constituyen heridas que no se han curado plenamente en los que el sujeto, ante estímulos análogos a los de la situación traumática que dio origen a esas actitudes de respuesta, se comporta con una excitación incontrolada. De este modo se libera un torrente de emociones, pero de un modo diverso, en donde el principio del placer opera pero soterrado, sesgado, e inundado por las múltiples formas emocionales en las que se produce la explosión emocional. Los afectos placenteros son experimentados al lado de las emociones dolorosas en una amalgama de emociones sin límite, sin rumbo, sin orientación y sin demora que determine una perspectiva sensitiva del cuerpo.
El síntoma histérico responde a una etapa en donde los impulsos agresivos fueron reprimidos y vuelven a un estadio que ya no le es propio. El paso a la feminidad supone un impasse de ésta en un estado de impulsos agresivos, que por otro lado son necesarios para lograr la adecuación femenina instintiva . “La histeria es, por lo tanto, un accidente en el camino de la mujer dentro de la evolución que debe llevarla de la bisexualidad hacia la femineidad” . De acuerdo con Freud al sexo femenino pertenecen los impulsos pasivos y al sexo masculino los impulsos activos, sin negar que la feminidad comprende aún así impulsos activos .
Evidentemente Freud no conoció los adelantos científicos de los treinta años posteriores a su muerte, y especuló la teoría según la cual el origen de la histeria se encuentra en la bisexualidad de la mujer, que sería más pronunciada que en el caso de los hombres .

LA MORAL DE LOS SENTIMIENTOS Y SUS LÍMITES

            Carol Gilligan ha estudiado el tipo de raciocinio moral típicamente femenino y, como ha indicado Bauer , esta clase de razonamiento moral posee enormes similaridades con la ética que tiene su fundamento en el pensamiento humeano. Esta ética encuentra en el mecanismo de la simpatía el fundamento de todo comportamiento correcto. La mujer se nutre en sus acciones morales de la red de relaciones en las que se ve inmersa, y, motivada por el cariño que siente por los demás comete sus comportamientos morales en pos de satisfacer sus propias necesidades. Como dice Alison, una de las mujeres entrevistadas por Gilligan, la responsabilidad supone “que nos preocupamos de esa otra persona y la consideramos como parte de nuestras necesidades” . Es decir, las mujeres viven el comportamiento moral como una necesidad emotivamente propia. Interpretando tenazmente el aserto comprendemos que la moral de las mujeres es una cuestión de sentimiento, de emoción, de apego; que los mecanismos que producen la simpatía unen moralmente unas personas con otras hasta convertirse en relaciones de idas y venidas afectivas producidas por la interacción emocional de los individuos. El comportamiento moral muta de ser una obligación a ser una satisfacción. La moral se convierte entonces en un canal de relaciones libidinosas en donde los objetos de satisfacción representan las acciones hacia la otra persona. No se trata de una desviación del instinto sexual, como Freud indicó en Psicología de las masas y análisis del yo , en donde el sujeto se ve desposeído de parte de sus instintos individuales produciendo la unión con el colectivo. Pues la relación moral nace de un modo natural por el intercambio de placeres sin satisfacciones indirectas de los impulsos. De ese modo se inserta la experiencia inter homines de un modo fijo y perdurante en la estructura instintiva del individuo.
El límite de una moral auténticamente emotiva es oscuro porque los sentimientos de culpa y el sentimiento de compasión constituyen extrapolaciones de los sentimientos de simpatía hasta lugares en donde las vidas humanas no se han entrelazado.
En el tema de la moral auténticamente emotiva la mujer está por encima del hombre en un sentido evolutivo, pues biológicamente esta más capacitada que el hombre a la hora de experimentar sus emociones. El hombre, el macho, ha aprendido a reprimir sus emociones, a encorsetarse.
Hielo, que debe ser fundido con fuego…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ibidem.

Ibidem.

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Kofman, S.; El enigma de la mujer, ¿Con Freud o contra Freud?, Editorial Gedisa, Barcelona, 1982, pp. 139-149.

Ibid., p. 142.

Ibid., pp. 167-169.

Kofman, S.; op. cit., p. 144.

Bauer: A.C.; Hume, ¿teórico moral de las mujeres?, en Telos, VI, 1997.

Gilligan, C.; La moral y la teoría, Editorial FCE, México, 1985, p. 227.

Freud, S.; op. cit.