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El Búho Revista Electrónica de la Asociación Andaluza de Filosofía. D. L: CA-834/97. ISSN 1138-3569. |
Filosofía y Ciudadanía: la trampa de ZP.
Así como no hay virtud, cuyo uso sea tan frecuente como el de la Urbanidad, así ninguna hay, que tanto se falsee con la hipocresía.
Benito Jerónimo Feijoo, Teatro Crítico Universal (1726-1740), Tomo VII, Discurso X, § 3, 13. (Proyecto de Filsofía en Español).
Desgraciadamente estas verdades, aunque triviales, se ocultan a muchos todavía en España; y la Instrucción pública no inspira a la generalidad de sus habitantes todo el interés que tan vital asunto reclama.
Antonio Gil de Zárate, De la Instrucción Pública en España, 1855 (Pentalfa, 1995).
Vivimos uno de esos veranos de cambio en los planes gubernamentales de educación. La táctica es ya vieja, consiste en aprobar una ley de educación cuando los interesados están de desbandada estival. Esta puñalada por la espalda que es, por tanto, el Proyecto de LOE viene además rodeada de peculiaridades que la hacen diferente a otras reformas y decretazos anteriores, estrategias por parte de los negociadores dirigidas a confundir a contestatarios potenciales o reales: falsas noticias, medias verdades, acuerdos fantasma, etc. El público interesado ha podido y puede seguir tan eficaces movimientos a través de diversas páginas en Internet: la de la Sociedad de Filosofía de la Región de Murcia, la de la AAFI, el Proyecto de Filosofía en Español, Sialafilosofía, etc. Sabrá entonces el lector que el documento definitivo que prefigura la LOE se ha aprobado de espaldas a los votantes de uno y otros signo, ya que ni siquiera estaba publicado.
No es, por tanto, cometido de éste breve comentario desglosar las estrategias ocultistas seguidas por el gobierno socialdemócrata español. Queremos centrarnos, más bien, en la nueva situación en la que queda la filosofía en el Bachillerato, supuesto que no se produzcan grandes novedades en los sucesivos trámites que la maquinaria democrático-formal impone a la Ley antes de entrar en vigor.
Brevemente, el panorama es el siguiente: la «Ética» de 4º de ESO pasa a denominarse «Educación ético-cívica», la «Filosofía» de 1º de Bachillerato se ve trocada por «Filosofía y Ciudadanía» y la «Historia de la Filosofía», al parecer, se queda como está. Si no queremos falsear la situación, es preciso dibujar un fondo sobre el que estas líneas curriculares se dibujan: en primaria y el primer ciclo de la ESO debuta una asignatura bautizada con polémica, la «Educación para la Ciudadanía». La asignatura de 4º de ESO y la de 1º de Bachillerato quedan adscritas al área de esta nueva materia de formación cívica, aunque será responsabilidad, por el momento y de modo no oficial, de los profesores de filosofía.
Este cuadro general podría ser matizado desde muchas perspectivas: la que estudia los primeros pasos por tierras anglicanas de la Educación para la Ciudadanía (como hizo Martín Calvente en la reunión de Mayo de 2005 de la AAFI), la que tritura la puesta de largo de la asignatura en suelo patrio de la mano de Peces-Barba y El País (vía que explora Miguel Ángel Navarro en el nº 40 de El Catoblepas), la que subraya los procesos de domesticación de los amplios sectores implicados contrarios a la apresurada reforma, y muchas otras.
Por el momento, aquí preferimos centrarnos en la acogida de estos planes por parte de los diferentes grupos de profesores de filosofía. Claro que ésta acogida no es homogénea, por que no los son esos grupos. Las mayores divergencias se constatan al comparar la indignación de muchos por la inclusión de las asignaturas antes pertenecientes administrativamente a filosofía de 4º de ESO y 1º de Bachillerato en el área de Educación para la Ciudadanía con el alborozo de otros por éste mismo hecho. Hay que aclarar que éste alborozo y ésta indignación existen, como existen muy diversas e incompatibles concepciones de qué sea la filosofía y cuál su función en la educación secundaria, obligatoria para todos los ciudadanos españoles hasta los 16 años.
No debemos olvidar que fue en el propio seno de las asociaciones en defensa de la filosofía donde se fraguó el rótulo que pone la filosofía de 1º de Bachillerato al servicio de la asignatura abanderada por el PSOE. “Filosofía y Ciudadanía” era para algunos profesores integrantes de esas asociaciones no sólo una etiqueta capaz de asegurar sus puestos de trabajo, sino una suerte de culminación de la filosofía y sus funciones más propias: servir a la vida del hombre en la ciudad democrática.
Asimismo, quienes se oponen a semejante ligazón entre el pensamiento filosófico y la formación cívica, lo hacen desde definiciones de la filosofía no siempre compatibles entre sí. Unos hablarán de saber «radical» previo a la constitución del verdadero ciudadano y otros de saber resultante de la vida en la ciudad, sus prácticas, sus lenguajes y sus contradicciones.
“Filosofía y Ciudadanía” es, por tanto, la relación que está en cuestión, y esta no dependerá sino de los valores que se den a los dos términos y a su yuxtaposición, tarea de este breve artículo. Una aparente claridad y distinción de estas ideas y su relación se ha transmitido por la unión gremial e inestable que las protestas de los últimos meses han generado; pero la unión solidaria frente a un ataque de terceros no debe hacernos perder de vista las disparidades internas que han seguido latiendo y laten con fuerza en las diferentes ideas qué se están defendiendo.
§ 1. Filosofía
«¿Qué es la filosofía sino una guía para aprender a vivir?» Esta pregunta, retórica para muchos, expresa una muy difundida acepción del término que nos ocupa. Responderla será superfluo para aquellos que llamen filosofía a las cosmovisiones grupales o individuales, pero también para los que estén pensando en una suerte de «saber radical fundamentador», o en un «punto de vista crítico» sobre un fondo de tradiciones, costumbres y saberes implantados, o en una guía para el desenvolvimiento cotidiano de la vida en la gran ciudad.
El problema aparece al constatar que la pregunta es vacía; aprender a vivir en una tribu de recolectores o entre montañas de papeles atrasados de oficina ni se logra del mismo modo, ni depende en modo alguno de la filosofía. El pescador, para aprender a vivir, tendrá que saber tender sus redes; el ejecutivo de Manhatan o Sevilla, deberá ser capaz de vender su producto y comprar otros que encuentre en su barrio, incluido un café filosófico al estilo de los de Lou Marinoff. Entonces, si la filosofía «ayuda a vivir», no es en genérico (lo que la haría equivalente al cocido madrileño o una donación de sangre) sino de un modo propio que la distingue entre muy diversas prácticas humanas.
Conviene insistir en que el fondo de la actividad filosófica son otras prácticas sociales sobre las que aparece; y es que se ha extendido la tendencia, cuyo argumento más sólido es el famoso «pensador» de Rodin, a considerar más bien ciertos sentimientos subjetivos individuales como fuente de la «reflexión crítica» filosófica. Concedamos que, para una persona concreta la actividad filosofía pudiera significar la satisfacción de una tendencia suya irrefrenable hacia la sabiduría, o el desfogue de ciertas pulsiones capaz de reconducir sus pasiones más inconfesables en el círculo familiar, o un pasatiempo vespertino tras la dura jornada laboral ¿serían capaces estas justificaciones subjetivas de explicar lo propio de la filosofía? Desde luego que no. Sería mucho más fácil poner entre paréntesis los deseos subjetivos de aquel que practica la actividad filosófica y emprender la tarea de comprender qué está haciendo cuando filosofa. El criterio que define lo propio del filosofar es la entrada en escena de las Ideas filosóficas.
No se trata ésta de una afirmación gratuita destinada a salvar un problema que yo mismo me he impuesto, se trata de un criterio que efectivamente opera en nuestras afirmaciones sobre la filosofía desde el origen griego del término. Aunque luego se intente justificar esta asociación entre la filosofía y el manejo de Ideas con explicaciones subjetivistas («deseo de saber», «reflexión radical», «fundamental», «crítica»), la práctica de la que se parte es anterior a esa justificación. Es más, el hecho de que no todas las justificaciones coincidan (no sólo las subjetivistas con otras de otro orden – economicistas, religiosas, etc.-, sino tampoco las subjetivistas entre sí), nos da la pista de que estamos ante tomas de partido ya filosóficas, que presuponen por tanto la existencia del saber filosófico en tanto saber peculiar dedicado a las Ideas.
Nuestro cometido es, entonces, decir algo acerca de esas Ideas a cuyo tejer y destejer se vienen dedicando las diferentes filosofías. Pues bien: estas Ideas no son secreciones de la conciencia pura ni dones celestes, sino que provienen de otras prácticas humanas, presuponen el lenguaje por ellas desarrollado, y parten de saberes organizados y los conceptos producidos en su seno. Desde luego, esta nuestra primera condición (el origen materialista de las Ideas filosóficas) no está exenta de prejuicios ellos mismos filosóficos, pero es que, en este y otros muchos casos, pretender partir de cero no es más que una operación metafísica de extracción de la conciencia filosófica del mundo del que parte en su actividad.
Partimos por tanto, de la existencia de ciencias y prácticas diferentes entre sí y no reductibles unas a otras. Es curioso constatar como el dogma cientifista de la Ciencia Unificada opera en los más diversos planes de estudio que claman por un saber integrador (quien posea ese saber será capaz de transmitirlo a los alumnos, pero ¿alguien conoce a semejante genio laplaciano o se trata de una construcción metafísica descendiente de la Idea de un Dios omnisciente?). Una cosa es constatar que las Ideas filosóficas se fraguan al calor de conceptos provenientes de saberes prácticos (técnicos, científicos, políticos, religiosos) y otra postular que la filosofía (como sí hubiera una sola y no muchas, aunque no infinitas, enfrentadas entre sí) debe ser capaz de integrar dichos saberes.
En este sentido, los lenguajes conformados en sociedades civilizadas (es en la ciudad donde la especialización del trabajo, las instituciones políticas, militares y religiosas, el nivel de desarrollo científico, etc., permiten el desarrollo suficiente) se van plagando de Ideas no reductibles a los conceptos categoriales que les dieron origen. Las mismas realidades serán conceptuadas de modos diferentes por distintas prácticas sociales; la imposibilidad del agotamiento de esas realidades por ninguna de esas prácticas obliga a que la Idea se convierta, como punto de confluencia de los varios conceptos implicados, en el modo de referirse a ella. Por ejemplo, el caso de la Muerte, que la biología tratará de modo diferente a las religiones, la medicina o el derecho; el hecho de que ninguna de esas disciplinas la agote ni todas sean compatibles entre sí, la constituye en Idea filosófica a la que hay que referirse con mayúsculas.
Según esto, hablar, como mucho se hace en la Facultad de Filosofía de Sevilla y aledaños, de la supuesta «filosofía aplicada a la vida cotidiana» como «filosofía práctica» es sumamente capcioso, en tanto implica pensar que otros tipos de filosofía son «especulativas», esto es, que ellas y el mundo del que surgen van a ritmos independientes. Lo propio de estos nuevos «cafés filosóficos», «consultorías filosóficas» o «talleres filosóficos» habrá que buscarlo en otro lugar. He argumentado en «Filosofía y Terapia» (El Catoblepas, nº 27; disponible en Internet), que ese lugar tiende a ser, por el propio planteamiento de la función de la filosofía en la sociedad actual, el del engaño; excepto en los honrosos casos en los que se trate de sacar a la filosofía sistemática de las aulas oxidadas de las universidades. Pero en estos casos, la perspectiva subjetivista y psicologista habrá de diluirse entre otras para que el tratamiento de las Ideas no sea reduccionista sino verdaderamente filosófico.
Las Ideas filosóficas, por tanto, no son frutos de secreciones psicológicas más o menos caprichosas, sino que tienen un origen y estructura concretos que las va relacionando a unas con otras, pero no a todas entre sí (según el fundamental principio platónico de la Symploké). Algunas de estas Ideas y su relación con problemas científico-categoriales del presente es lo que trata la actual asignatura común a 1º de Bachillerato. La asignatura correspondiente a 2º curso, la «Historia de la Filosofía», se centraba en el tratamiento que de esas Ideas se ha ido haciendo desde la tradición de la filosofía académica, instituciones ambas de cuño platónico y griego. La novedad de este tipo de filosofía cabe situarla en un ámbito inmune a posibles acusaciones de eurocentrismo: se trata del tratamiento sistemático de Ideas filosóficas y sus vinculaciones con el presente en el que se implantan: científico (sólo en Grecia se habían constituido la Geometría y la Astronomía en saberes comparables a los de las ciencias modernas), político, religiosos (el conflicto entre muy desarrollados sistemas ideológicos alcanzó en la época umbrales nuevos que obligaban al tratamiento dialéctico de muy diferentes cuestiones; la «crítica» no emana tanto de una rebeldía interior como de la contradicción entre diferentes perspectivas que obliga a remontar y clasificar, cribar).
Las virtudes del tratamiento académico (no se confunda con universitario, limitado en la práctica a indagaciones filológicas despreocupadas por los problemas abiertos en el presente) de los sistemas de Ideas se miden por su capacidad de neutralizar las diferentes ideologías que acompañan a esas Ideas por medio del ejercicio dialéctico de la contraposición entre unas ideologías y otras y su clasificación, su crítica. Que ésta crítica se haga a su vez desde una ideología (dado que, desde luego, sería absurdo hablar de una Razón filosófica exenta) no implica que el partidismo haga las veces de «velo de Maya», toda vez que la ideología puede convertirse en filosófica si es capaz de superar a las alternativas en el tratamiento sistemático de las Ideas y sus relaciones. Según esto, todos los hombres, en cuanto personas imbricadas en una sociedad dada, pueden tener contacto con Ideas filosóficas y por tanto filosofarán, pero de un modo más ideológico que filosófico, en tanto éste último exige una continua medición con filosofías alternativas, lo que a su vez obliga a referir unos grupos de Ideas a otros relacionados (así, algunas Ideas propias de la Gnoseología a algunas de la Ontología), aunque no a todos.
Requisito básico para la reflexión objetiva de unos sistemas de Ideas frente a otros es conocer la tradición propia de la filosofía académica, por lo que las asignaturas de filosofía de 1º de Bachillerato y 2º de Bachillerato tal y como estaban dispuestas actualmente, tienen plena justificación. Curiosamente, muchos de sus enseñantes no la compartirían. De hecho, hemos visto en los últimos meses quien se atreve a defender tales asignaturas para «enseñar a pensar», arrogándose para sí unas capacidades que antes debería probar y que, desde luego, no puede negar a otros (químicos, parlamentarios, artesanos, periodistas, gimnastas, etc.). También hemos visto quien las defiende como fundamento del «pensar crítico», sin darse cuenta que, si no ofrece los parámetros de dicha crítica (ideología filosófica, según dijimos), cae a su vez en la postura más a-crítica posible.
§ 2. Ciudadanía
Corresponde ahora tratar mínimamente el segundo término de la yuxtaposición que nos ocupa. La de ciudadanía parece una de esas Ideas filosóficas provenientes de muy diversos campos (arquitectura, derecho), pero no se puede decir nada sobre ella si no se dan parámetros básicos. Evidentemente, depende de modo directo de la Idea de Ciudad, en cuyo análisis entran en consideración preguntas por su origen y estructura que no corresponde a nuestro objetivo ni posibilidades elaborar aquí. Si podemos, en cambio, preguntarnos qué entienden por ella los defensores del área «Educación para la Ciudadanía», puesto que es por gracia de ésta nueva área por la que la Filosofía de 1º de Bachillerato cede parte de su rótulo y contenido a la «ciudadanía». Como hemos dicho, estos defensores se encuentran entre las filas del gobierno actual, pero también entre profesores de filosofía deseosos de servir a esta nueva ciudadanía que, al parecer, requiere ser educada en algunos valores que les cuesta comprender o asimilar.
Efectivamente, no se trata de educar a cualquier ciudadanía en cualesquiera valores; más bien se trata de la hipóstasis de los famosos «contenidos transversales» en un área que, aunque en constante peligro de reunir una colección de «marías» académicas, queda así elevada en rango. Joaquín Robles (El Catoblepas, nº 36: «Educación para la Ciudadanía: Protágoras y Gorgias») ha desentrañado admirablemente el carácter idealista y la dirección ideológica que necesariamente debe tomar esta asignatura y área, en tanto solidaria de las perspectivas políticas (si se detiene en las éticas será un ejercicio vacuo) de una parte de el Estado (como parámetro para definir esa ciudadanía; parámetro, además, objeto de los mayores enfrentamientos políticos en la España actual) frente a otras.
Debemos suponer que no se quiere reproducir aquel Curso de Ciudadanía que en 1929 prologó Primo de Ribera (Depósito Geográfico del Ejército, Madrid). Aquel incluía conferencias sobre la «unidad nacional» (Pérez Agudo) o la «política hispano americana» (J. Pemartín y Sanjuán) que los mandatarios actuales sustituirían por equilibrios como «España: nación de naciones» o «Europa: crisol de culturas». Quien sostenga que la doctrina actual es mucho más válida, por «democrática» que aquella prologada por el General Primo de Ribera, esta reconociendo, como demuestra Joaquín Robles en el texto citado, «la instrumentalización de la enseñanza pública en beneficio de una parte: la misma que promueve la asignatura».
La creencia contraria acerca la Idea de Ciudadanía a la de Pueblo o de Sociedad civil. Pero tratar estas totalidades como si fueran sujetos políticos es ejercer uno de los mitos más confundentes actualmente. No existe en el seno de un Estado ninguna voluntad general que lo guíe con pulso firme y unívoco, sino más bien muchas voluntades enfrentadas, la más poderosa de las cuales impondrá la norma y la dirección de los asuntos políticos (tan diversos estos que cabe pensar que difícilmente saldrá siempre vencedor el mismo grupo: es decir, la política no depende, salvo abstracción idealista, de los debates parlamentarios, hay poderes económicos, militares, mediáticos, etc.) que definirán la dirección del Estado; que está, además, en constante competencia y relación con otros Estados. La asunción, común en nuestros días de la mano de los ideólogos del liberalismo, pero también de los grupos anti-globalización, de una sociedad civil universal, es todavía más mitológica que la anterior. Si una ejercita un fundamentalismo democrático atroz, la otra pretende ignorar las contradicciones reales que existen entre los derechos del Hombre y los derechos del ciudadano.
Por eso la segunda perspectiva de educación de una ciudadanía universal (arriba la llamamos perspectiva ética) aparece como utópica y vacua, y por lo mismo el cometido de la asignatura de 1º de Bachillerato será, en contraposición con la de 4º de ESO, la defensa de los intereses políticos de unos grupos de la ciudadanía frente a otros. Unos insistirán en inculcar ideologías pacifistas, otros a ser buenos ciudadanos euskéricos, y así sucesivamente.
§ 3. Filosofía y Ciudadanía
Ha quedado claro que el nexo entre estos dos términos tomará diversos valores según las acepciones que de éstos se tomen: la filosofía se da constitutivamente a través de escuelas enfrentadas («pensar es pensar contra alguien») y la ciudadanía no constituye una clase unívoca.
En todo caso, cabe relacionar de modo abstracto los dos términos oponiéndolos como clases booleanas entre las que cabe la intersección (y la clase vacía como caso suyo) y la inclusión (de la filosofía en la ciudadanía, de la ciudadanía en la filosofía, o de cada una en la otra). Es interesante constatar que unas opciones entre estas posibles se ajustarán más a determinadas concepciones de la filosofía que a otras. Así, la inclusión de la filosofía en la ciudadanía es una opción afín al diamat soviético, en tanto sitúa la conciencia filosófica como disuelta entre los ciudadanos de la sociedad comunista (nótese que también hoy el materialismo entiende que la filosofía sólo puede partir de ciudades ya constituidas como redes de ciudades). La inclusión de la ciudadanía en la filosofía, podría acompañar más bien a filosofías idealistas, como en el caso de Hegel, que presenta el Estado prusiano como resultado de la evolución dialéctica del Espíritu (nótese que también hoy el idealismo cree que la filosofía es necesaria para la formación de la ciudad: ¡sin filosofía, no hay ciudadanía! gritaban nuestros compañeros de manifestación, como sí el Bachillerato fuera obligatorio a todos los miembros del cuerpo de electores-consumidores españoles). El gnosticismo, que presenta el conocimiento filosófico como exento políticamente tenderá a ver la clase vacía como resultado de la intersección entre los dos términos. Un desarrollo magistral por parte de Gustavo Bueno de estas posibilidades y sus relaciones con la educación se encuentra disponible en Internet: ¿Qué es la filosofía? (Proyecto de Filosofía en Español).
La inclusión de la asignatura de 1º de Bachillerato en el área de Educación para la Ciudadanía pretende, como bien supo ver y denunciar en su día Rosa María Rodríguez Ladreda («Por qué la AAFI no suscribió el comunicado conjunto del MEC con FESOFI correspondiente a la reunión del día 1 de Junio»), hacerla subsidiaria de la nueva materia ideológica: Educación para la Ciudadanía. No debe esto asustar a los profesores de filosofía españoles, no olvidemos que si éste cuerpo es más nutrido que en otros países europeos se debe a su promoción en los tiempos franquistas, cuando la filosofía se consideraba de interés público en tanto subsidiaria de la Teología. Sí es cierto que, mientras la filosofía como ancilla theologiae al menos ponía en contacto con la tradición escolástica, la filosofía como ancilla democraticae (¿Qué es la filosofía?, pag. 61) seguramente no beba de fuentes tan dignas de ser llamadas filosóficas.
Eso sí, se han salvado puestos de trabajo y, probablemente, algún día unas oposiciones permitan a gente como yo aspirar a formar parte del cuerpo de funcionarios del (y para) el Estado. Esa es la trampa a la que hago alusión en el título; la manera de salir de ella esta clara: utilizar la asignatura para seguir haciendo verdadera filosofía.
En el número 2 de la 2ª época de esta misma revista, El Buho, Colau Mas Busquets en su presunta respuesta a, de nuevo, Rosa María Ladreda, nos obsequia con uno de esos ejercicios de ideología no filosófica en los que va a convertirse la asignatura que nos ocupa si el profesorado en su ejercicio no lo impide. Ignorante del origen y las modulaciones de la Idea de Nación (diferencias entre la nación étnica, la nación histórica y la nación política, etc.) construye el autor una argumentación psicologista ad hoc dirigida a defender su propia ideología que ha visto atacada con ideas.
El Bachillerato es la base de un país, la formación de sus gentes se fragua de forma decisiva en esos años. En este sentido, la formación política es necesaria, pero debe provenir de fuera de las aulas para ser efectiva. El Artículo 33 («objetivos del Bachillerato; el Bachillerato contribuirá a:») de la nueva LOE reza: «a/ ejercer la ciudadanía democrática y adquirir conciencia cívica responsable, inspirada por los valores de la Constitución española así como por los derechos del ciudadano». Esto va más allá de la formación política necesaria, y es, sin embargo, tan genérico que permite a cada grupo (a cada autonomía que quiera ser «nacionalidad histórica», por ejemplo) llenarlo de contenidos según sus intereses ideológicos. El Bachillerato, tan caro a la nación política española, queda así nuevamente dañado y al servicio de grupos de poder. Réquiem.