REINVENTAR LA DIFERENCIA
Desde que a Pandora se le ocurrió abrir la fatídica caja, ha transcurrido mucho tiempo, pero no el suficiente, al parecer, para desterrar siglos y siglos de misoginia, agrupados por una forma de pensamiento que condena a la mujer al silencio o al desprecio por haber introducido la maldad en el mundo.
Nosotros vamos a investigar como se ha intentado legitimar y perpetuar el sometimiento del género femenino mediante una cobertura ideológica. Para abordar esta tarea hemos de remontarnos al mito, y, en particular, -por cuanto nos concierne especialmente-, a los mitos griegos, puesto que, junto a los mitos hebreos, encierran los grandes gérmenes ideológicos que, tras ser desarrollados por el derecho romano, el cristianismo y el Islam, conforman el núcleo de nuestra cultura.
A primera vista, diosas y dioses comparten el panteón heleno, sin embargo, una mirada atenta nos revela que las diversas generaciones divinas estuvieron encabezadas por un nombre masculino. Urano, Cronos y Zeus. Según los textos, no existe deidad alguna en el Olimpo por encima de Zeus, a quienes los poetas denominan con frecuencia el padre. Hera, su esposa, es descrita eventualmente con rasgos poco amable y, en varias ocasiones, nos la muestran doblegada, a su pesar, a la voluntad del soberano. Así, en los libros XIV y XV de la Ilíada se nos narra como Hera, llevada por un arraigado odio hacia los troyanos, trata de precipitar su derrota antes de tiempo. Para alcanzar su objetivo, debe alejar a Zeus, garante del destino, de la supervisión de la batalla. Con este propósito se acicala femeninamente, con esmero y, tras recabar con la ayuda de Afrodita (el deseo amoroso), consigue “embaucar” a Zeus y adormecerlo. Al despertar, contemplando cómo los aqueos, espoleados por Hera y Poseidón, están a punto de aniquilar a los troyanos, Zeus exclama:
“¡Ah, intratable Hera! ¡Seguro que tu engaño con malas mañas ha puesto al divino Héctor fuera de combate y en fuga a su tropa!
No sé si en pago de tus siniestras malas tramas Hacer que seas la primera en conseguir tu fruto y azotarte con mis golpes.
¿No recuerdas cuando estabas suspendida en lo alto y de los pies te colgué sendos yunques y te rodeé las manos con una cadena áurea e irrompible? En el éter y en las nubes estabas suspensa; y los dioses exigían venganza en el vasto Olimpo, pero no podían acercarse a desatarte (…).
Homero: Iliada. Madrid. Gredos. 1991. Canto XV Versos 14-22/ 32-33
Al analizar con detalle estos pasajes encontramos estigmatizadas en la figura de Hera, las armas consideradas femeninas: el acicalamiento, la seducción, son considerados “malas mañas”. Pero aún más, el texto muestra a Zeus ejerciendo brutalmente su autoridad, y también sugiere que cuando Zeus, el padre, esté ausente, y Hera, la esposa, campa libremente se subvierte el orden cósmico, amenaza el caos.
El panteón griego muestra un desequilibrio. Después de derrotar a los titanes, los tres hijos de Crono y Rea se reparten a suerte el universo: Hades obtiene el mundo subterráneo; Poseidón, los mares; Zeus, el ancho cielo; mientras “la tierra es aún común a los tres, así como el vasto Olimpo”.
Frente a esta impresionante acumulación de poder, las diosas detentan competencias más modestas: Temis simboliza la justicia, y Hestía el núcleo del lugar, pero ambas comparten estas funciones nada menos que con Zeus, quién posee la última palabra y por lo cual prioritariamente se le invoca. Por su parte, divinidades importantes como Démeter (madre de Perséfone) y Artemio, el poder virginal, recogen ya papeles muy concretos –la madre, la hija- y presiden acontecimientos específicamente femeninos: la menstruación, la maternidad, los partos. Más curiosos son aún los casos de Afrodita y Atenea, ambas nacidas sin el concurso de la madre, La primera, la fuerza pasional del amor, surge de l mar donde caen los genitales castrados de Urano y se la teme tanto como se la venera. La segunda, diosa y sabia guerrera, nace completamente armada de la cabeza de Zeus, y es en parte –por su origen y atrbutos- de naturaleza masculina.
Detengámonos ahora en los orígenes. Hesíodo, en su poema Trabajo y días, nos relata desde el lejano siglo VII a. C. el mito de las Edades de la Humanidad:
“Al principio los inmortales que habitan mansiones olímpicas crearon una dorada estirpe de los hombres mortales. Existieron aquellos en tiempos de Cronos, cuando reinaba en el cielo; vivían como dioses, con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria; y no se cernía sobre ellos la vejez despreciable, sino que, siempre con igual vitalidad en piernas y brazos, se recreaban con fiestas ajenos a todo tipo de males. Morían como sumidos en un sueño; poseían toda clase de alegrías, y el campo fértil producía espontáneamente abundantes y excelentes frutos. Ellos contentos y tranquilos alternaban sus faenas con numerosos deleites y entrañables a los dones bienaventurados.”
Hesíodo, Trabajos y días. Madrid. Gredos. 2000 Versos 109-126
Esta estirpe de oro, sin que el mito nos ofrezca una razón, fue sepultada por la tierra y, en su lugar, los dioses olímpicos- posteriores a Cronos- crearon
“una segunda estirpe mucho peor, de plata, crearon después las que habitan las mansiones olímpicas, no comparable a la de oro ni en aspecto ni en inteligencia. Durante 100 años el niño se criaba junto a su solícita madre pasando la flor de la vida, muy infantil, en su casa; y cuando ya se hacía hombre y alcanzaba la edad de la juventud, vivían poco tiempo llenos de sufrimientos a causa de su ignorancia;”
Ibidem. Versos 127-135
Esta segunda estirpe ya albergaba una insolente violencia, y fue sepultada por Zeus por no otorgar el culto ni hacer los sacrificios debidos a los dioses del Olimpo.
El mismo Zeus creó una tercera estirpe, de bronce, tan terrible y vigorosa que solo estaba interesada por la guerra y por los actos de soberbia. Víctima de sus propias manos desapareció en el anonimato.
Como cuarta estirpe, más justa y virtuosa, Zeus creó a los héroes. Muchos de ellos murieron en las guerras de Tebas y de Troya, y a los demás Zeus accedió a concederles vida lejos de los humanos, en la isla de los Afortunados.
La quinta y última generación es la estirpe de hierro, a la que pertenece el mismo poeta. Aunque en un primer momento estos hombres aún “mezclaran alegrías con sus males”, Hesíodo nos narra un sobrecogedor pasaje apocalíptico en el que se apodera de ellos la hibris hasta el extremo en que
“nunca durante el día se verán libre de fatigas y miserias ni dejarán de consumirse durante la noche, y los dioses les procurarán ásperas inquietudes; pero no obstante, también se mezclarán alegrías con sus males. Zeus destruirá igualmente esta estirpe de hombres de voz articulada, cuando al nacer sean de blancas sienes.”
Ibidem, 177-182
El mito de las edades relata el proceso de degradación humano – exeptuando la época heroica, cuya estirpe mejora la precedente –simbolizado no solo en la menor nobleza del metal que las caracteriza, sino también por la edad de sus integrantes, pues mientras los de la edad de oro poseían siempre la misma vitalidad y los de plata permanecían 100 años infantiles, los hombres de hierro nacen viejos.
Precipitadamente, también se podría aventurar que nos narra los orígenes de la humanidad; pero, en rigor, al principio de este mito solo se habla del origen del hombre. Para hallar noticias concretas de la aparición de la mujer hemos de centrarnos en el mito de Pandora.
Hesíodo nos ofrece dos versiones, una en la Teogonía, otra en Trabajos y días. En el primer poema se nos dice que todo comenzó cuando los dioses y los hombres se separaron a causa de la falaz astucia de Prometeo –el protector de la humanidad según unos intérpretes, o el símbolo de la humanidad misma, según otros- que intentó engañar a Zeus en los sacrificios que les son debidos. Como castigo, Zeus no dio el fuego o lo escondió a los humanos; pero Prometeo lo engañó nuevamente y consiguió robarle el fuego. Ante esta segunda ofensa, Zeus montó en cólera:
“¡ Japetónida conocedor de los designios sobre todas las cosas! Te alegras de que me has robado el fuego y has conseguido engañar mi inteligencia, enorme desgracia para ti en particular y para los hombres futuros. Yo a cambio del fuego les daré un mal con el que todos se alegren de corazón acariciando con cariño su propia desgracia.”
Así dijo y rompió en carcajadas el padre de hombres y dioses; ordenó al muy ilustre Hefesto mezclar cuanto antes tierra con agua, infundirle voz y vida humana y hacer una linda y encantadora figura de doncella semejante en rostro a las diosas inmortales. Luego encargó a Atenea que le enseñara sus labores, a tejer la tela de finos encajes. A la dorada Afrodita le mandó rodear su cabeza de gracia, irresistible sensualidad y halagos cautivadores; y a Hermes, el mensajero de Argifonte, le encargó dotarle de una mente cínica y un carácter voluble.
El mito de Pandora institucionaliza y legitima ideológicamente la naturaleza secundaria de la mujer. En primer término, se nos sugiere –sobre todo si contrastamos este mito con el de las edades-, que la creación de Pandora acaeció en la edad de Plata: la edad de oro, ese paraíso perdido al que sueña retornar todo pensamiento reaccionario, es un mundo sin mujeres. En segundo lugar, este mito inicia la larga tradición de descalificaciones misóginas. La mujer es un mal, se afirma. O el mal en sí mismo. O, como aparece en Trabajos y días, la portadora de los males encerrados en la caja de Pandora, que se esparcirán apenas la abra ese torpe Adán griego llamado Prometeo; desde entonces, “las enfermedades ya de día, ya de noche, van y vienen a su capricho sobre los hombres, trayendo en silencio penas a los mortales.”
Asombra constatar la precisión con que el mito recoge tempranamente las constantes del pensamiento machista: infravaloración y menosprecio del trabajo del hogar, al considerar a las mujeres holgazanas. Consideración de la sensualidad y los halagos como trampas femeninas. Descalificación de la mentira y la doblez del discurso femenino, desde la –supuesta franqueza- y el valor varonil de la palabra. Atribución del carácter voluble de la mujer, reservándose para el hombre la firmeza.
Si los mitos hesiódicos de la creación no son muy halagüeños, tampoco será más favorable la consideración de la mujer que trasluce la Orestiada de Esquilo, un poeta que marca ejemplarmente el momento de transición de la época arcaica a la Grecia clásica de la polis.
La Orestíada versa sobre el final de la saga de los átridas, un sangriento clan inmerso, desde los tiempos de Pélope, en un espiral de crímenes familiares que se renueva sin cesar de padres a hijos. En la primera pieza de esta Trilogía, el poeta nos relata el asesinato de Agamenón a su regreso de la guerra de Troya, llevado a cabo por su esposa Clitemnestra. El motivo se remonta a más de diez años antes, cuando Agamenón, tras ser nombrado jefe de la expedición aquea contra Troya, sacrificó a su hija Ifigenia, para conseguir los vientos favorables que auspiciaban los oráculos.
La segunda obra, las Coéforas, nos narra como Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, regresa del destierro y, por mandato de Apolo, venga la muerte del padre matando a su madre.
La última pieza de la trilogía, Las Euménides, nos interesa especialmente. En ella Orestes, perseguido por las horrendas Erinias, se refugia en Delfos, desde donde, una vez purificado por Apolo, se dirige a Atenas para ser juzgado por su delito. Ante Atenea comparecen las diversas partes. Las Erinias, antiquísimas divinidades que castigan los crímenes familiares, exigen la culpabilidad del matricida; Apolo defiende abiertamente a Orestes hasta el extremo de declararse inductor del “asesinato de la madre de éste”. Ante la presión de las diversas deidades, Atenea resuelve, en un primer momento, declarase incompetente y fundar el Areópago. Ante éste, mientras las Erinias lamentan el caos que pueden sembrar las nuevas leyes, Apolo construye su defensa: En primer término argumenta la tesis de que el hombre vale más que la mujer: es justo, incluso para Zeus Olímpico, “vengar la muerte del padre sin conceder a la madre honor ninguno”, pues no es lo mismo que muera un varón noble a quién se venera que aquella que lo mató valiéndose de engaños.
En segundo lugar, recurriendo a una curiosa teoría de la reproducción similar a la que siglos más tarde se conocería como encaje animalculista, no se conforme con reivindicar la primacía del padre sobre la madre, sino que los hijos en rigor, lo son sólo del padre:
“No es la que llaman madre la que engendra al hijo, sino que es sólo la nodriza del embrión recién sombrado. Engendra el que fecunda, mientras que ella solo conserva el brote con tal de que no se lo malogre una deidad. Voy a darte una prueba de este aserto. Puede haber padre sin que haya madre. Cerca hay un ejemplo: la hija de Zeus Olímpico.”
Esquilo: Las Euménides. Madrid. Gredos. 2000, versos 658-664
Tras escuchar a las partes, los jueces emiten su votación; y, en último lugar, Atenea explica su voto:
“Esta es mi misión: dar el veredicto en último lugar. Voy a agregar mi voto a los que haya a favor de Orestes. No tengo madre que me alumbrara y, con todo mi corazón, apruebo siempre lo varonil, excepto el casarme, pues soy por completo de mi padre. Por eso, no voy a dar preferencia a la muerte de una mujer que mató a su esposo, al señor de la casa. Vence, por tanto, Orestes, aunque en los votos exista empate.”
Ibidem, versos 734-742
El veredicto de Atenea encierra una enorme trascendencia. No se trata únicamente de que la diosa de la sabiduría sancione, junto a Zeus y Apolo, la subordinación de la mujer, que resultaría ratificada así por las tres divinidades olímpicas más emblemáticas. Se trata, sobre todo, del lugar donde hallamos el mito: una obra de Esquilo, el más religioso de los dramaturgos griegos, cuyas obras pretender plasmar la existencia de la justicia divina. El Zeus de la Orestíada no es ya el dios omnipotente, pero caprichoso, de la Ilíada; un segundo atributo esencial se le atribuye desde Esquilo: la justicia; y es este mismo y, a la vez, nuevo dios, todopoderoso y justo, quien concuerda con los argumentos se Apolo y Atenea.
Resulta muy triste y significativo que la primera sentencia del primer tribunal de la nueva sociedad griega –el Areópago- sea la absolución de un matricida.
Veamos a continuación la tragedia Medea de Eurípides, un autor genial, pero con tal fama de misógino que, ya en su época, las mujeres le juzgaban su peor enemigo:
“De todo lo que tiene vida y pensamiento, nosotras, las mujeres, somos el ser más desgraciado. Empezamos por tener que comprar un esposo con dispendio de riquezas y tomar un amo de nuestro cuerpo. Y este es el peor de los males. Y la prueba decisiva reside en tomar a uno malo, o a uno bueno. A las mujeres no les da buena fama la separación del marido y tampoco les es posible repudiarlo. Y si nuestro esfuerzo, por agradar al marido, se ve coronado por el éxito y nuestro esposo convive con nosotras sin aplicarnos el yugo por la fuerza, nuestra vida es envidiable, pero si no, mejor es morir (…) Dicen que vivimos en la casa una vida exenta de peligros, mientras ellos luchan con la lanza. ¡Necios! Preferiría tres veces estar a pie firme con un escudo que dar a luz una sola vez”.
Eurípides. Medea, en Tragedias, Madrid. Gredos. Versos 230-251
Pues bien, resultaría inexcusable ahora saltar por alto las obras de Homero. Sus textos, especialmente la Ilíada, sirvieron de ejercicio de lectura, sus temas como objeto de disertación para los ejercicios de retórica, sus batallas como clases de estrategias; sus máximas fueron consideradas como guías de conducta ético; las costumbres en ellas descritas, manuales de urbanidad. Todo ello le valió a su autor el título de “educador de Grecia”, infundado por Platón.
En la Ilíada podemos entrever la concepción de la mujer como un botín para el guerrero, cuando no un objeto de venganza. Precisamente, la Ilíada comienza con la disputa entre Agamenón y Aquiles por el premio para el mejor –no por la mujer en sí misma-, que supone Briseida. Y termina con los lamentos fúnebres por el caudillo troyano Héctor, entre los que destaca por su descarnado patetismo el de su esposa, ahora viuda, Andrómana:
“¡Esposo! Te has ido joven de la vida y viuda me dejas en el palacio. Todavía es muy pequeño el niño que engendramos tú y yo, ¡desventurados! Y no confío en que llegue a la mocedad: antes esta ciudad hasta los cimientos será saqueada. Pues has perecido tú, defensor que la protegías y guardabas a los niños pequeños y a las venerables esposas, a quienes ahora pronto llevarán a las huecas naves, y a mí con ellas. Y tú también, hijo mío, o bien a mí me acompañarás a donde tendrías que trabajar en labores serviles penando bajo la mirada de un amo inclemente, o bien un aqueo cogido de la mano te tirará de la muralla, ¡horrenda perdición!”
Ilíada, XXIV, 725-735
La meta del héroe homérico es él mismo; la de la mujer, ser su esposa. Mientras el héroe sólo es fiel al destino con el que se identifica y batalla por su propia historia, la esposa carece de personalidad autónoma. El mismo día en que el héroe afronte la muerte que ha de reportar la plenitud de la gloria, la vida de su esposa quedará desolada y al desamparo.
La Ilíada y la Odisea nos han legado a Andrómana y Penélope como modelos de esposas. Su contrapunto, como no, Helena, la adúltera, quién en brazos de Paris abandonó la casa conyugal de Menéalo, desencadenando la guerra de Troya. Helena es sin duda una de las mujeres más injuriadas de la antigüedad. Sin embargo, lo fascinante de su historia consiste en descubrir hasta qué punto es más víctima que responsable de los males que se le atribuyen.
Todo empezó el día en que la Discordia arrojó una manzana en medio de una reunión frecuentada por las diosas, con una leyenda envenenada: “para la más hermosa”. Hera, Afrodita y Atenea se apresuraron a recogerla y, tras una disputa, Zeus ordenó a Paris, el más bello de los mortales, que eligiera. El príncipe troyano quiso rehuir el encargo –pues sabía que quien prefiere a un solo dios ofende al resto de las divinidades- pero forzado a ello, tuvo que oír, secretamente, como cada una de las diosas intentó sobornarle. Hera le ofreció el imperio de Asia, Palas la primacía en la prudencia y el combate, Afrodita simplemente el amor de Helena. París concedió la manzana a Afrodita, y la diosa le otorgó a Helena. A partir de este momento Helena es constantemente manipulada por la divinidad. Asombra comprobar hasta qué punto las intervenciones de los dioses coinciden con la voluntad de los héroes homéricos, excepto en el caso de Helena, quién de modo constante lamenta su errátil destino:
“Ojalá que aquel día, nada más darme a luz mi madre, una maligna ráfaga de viento me hubiera transportado y llevado a un monte o al hinchado oleaje del fragoso mar, donde una ola me hubiera raptado, en vez de que esto sucediera.”
Ilíada, IV, 345-348
Y reprocha a Afrodita la tiranía a que la somete:
“Desdichada ¿por qué anhelas tanto seducirme con embustes? ¿pretendes llevarme a algún otro lugar más lejano todavía, a una de las bien habitadas villas de Frigia o de la amena Meonia, si también allí hay algún mísero mortal que sea favorito tuyo?”
Ilíada, III, 399-402
Una interpretación racionalista nos diría que Afrodita representa la pasión, la fuerza irracional del amor que Helena no puede refrenar a pesar de su voluntad, pues es consciente de sus funestas consecuencias. Sin embargo, no debemos olvidar que la Iliada no es una tragedia estoica ¡estamos leyendo a Homero! Dentro del discurso mítico, Helena es la excusa, el medio del cual se vale Zeus para realizar sus designios. Así lo comprendió Héctor, quién siempre la defendió, y también el mismo Príamo:
“Ven aquí, hija querida, y siéntate ante mí y verás a tu anterior marido, a tus parientes políticos y a tus amigos. Para mí tú no eres culpable de nada; los causantes son los dioses, que trajeron esta guerra, fuente de lágrimas, contra los aqueos”.
Ilíada, III, 162-165
¿Pero qué o quién es éste simulacro por el que constantemente luchamos? ¿Helena?, ¿la mujer?, ¿la pasión amorosa?, ¿el destino? O ¿la existencia en sí misma?
Una ligera mirada emparentará siempre a Helena con la Pandora hesíodica y con la Eva bíblica: arquetipos sobre el origen del mal –se dirá- o modelos disuasorios que identifican libertad de la mujer y caos. Pero todo mito tiene un reverso y quién fije la mirada podrá descubrir en él a la mujer como chivo expiatorio de la creación fallida de unos dioses, a su vez, creados por el hombre.
Mujer, mito, tragedia ¿y la cotidianidad? La cotidianidad es ésta que acabamos de ver disfrazada e idealizada por el mito. El mito nunca es inocente y gratuito. La mujer habrá culminado su lucha el día que consiga poblar el universo ideológico con mitos favorables.